En las aguas del Atlántico, a bordo del buque Maasvliet, se lleva a cabo una operación que cierra definitivamente un capítulo crucial en la historia de las telecomunicaciones globales. Un equipo especializado de la empresa Subsea Environmental Services comenzó la titánica tarea de extraer del lecho marino el TAT-8, el primer cable transatlántico de fibra óptica. Esta infraestructura, que entró en servicio en 1988, no solo marcó el inicio de la era digital moderna, sino que sirvió como la columna vertebral de las comunicaciones entre Estados Unidos y Europa durante el final de la Guerra Fría y el nacimiento de la World Wide Web.

La misión de recuperación es tan técnica como nostálgica, y según reporta la revista Wired, el proceso se realiza mediante una coreografía industrial precisa. El buque, equipado con tecnología diésel-eléctrica, navega y sigue coordenadas históricas exactas para localizar el cable inerte. Para izarlo desde las profundidades, la tripulación utiliza un anzuelo plano conocido en la jerga como “pez plano”. Este dispositivo se arrastra por el fondo oceánico a baja velocidad hasta enganchar la línea. Una vez asegurado, el cable es elevado a la superficie, donde comienza la fase más ardua: el almacenamiento manual.

Cuerda lista para ser bajada al océano para recuperar el cable

A diferencia de los cables modernos que se enrollan automáticamente, el TAT-8 requiere manipulación humana directa. En la bodega del barco, operarios como Stephen, un veterano con 15 años de experiencia citado por Wired, deben caminar en círculos constantes para enrollar el material recuperado, que tiene el grosor de una vela, en tanques de almacenamiento. Es un trabajo físico exigente, realizado en turnos cortos para evitar el mareo provocado por el movimiento del buque y la repetición del patrón circular. Además del cable, deben retirarse los repetidores de señal, pesados cilindros de 400 kilos que amplificaban los pulsos de luz a través del océano.

El retiro del TAT-8 también revive las historias que rodearon su instalación, ya que durante años, persistió el mito de que los tiburones atacaban activamente estas infraestructuras. La leyenda tenía una base real: en las pruebas previas con el sistema Optican-1 en las Islas Canarias, se encontraron dientes de tiburón incrustados en fallos de aislamiento. Esto llevó a los Laboratorios Bell a diseñar el TAT-8 con una capa protectora de acero, una técnica de “protección contra mordeduras” que se convirtió en estándar. Sin embargo, como aclaran los expertos consultados, los tiburones no son saboteadores naturales, sino que los ataques eran aleatorios y la fauna marina suele ignorar estos cables.

Una parte del cable TAT-8 recuperado durante la misión

La decisión de retirar esta infraestructura obsoleta responde a una lógica económica y ambiental. Aunque el TAT-8 dejó de operar en 2002 tras un fallo técnico costoso, sus materiales conservan un alto valor. Empresas como Mertech Marine se encargan de reciclar los componentes: el acero se reutiliza en la industria agrícola, el polietileno se transforma en pellets para plásticos no alimentarios y, fundamentalmente, se recupera el cobre, un recurso cuya demanda global amenaza con superar la oferta en la próxima década.

El impacto ecológico de la extracción es mínimo: estudios del Centro Nacional de Oceanografía del Reino Unido indican que retirar cables de zonas no sensibles altera poco el entorno, comparado con dejar “basura espacial” en el fondo del mar. Así, mientras el Maasvliet regresa a puerto, no solo transporta toneladas de chatarra, sino los restos físicos de la red que permitió a Isaac Asimov, en la inauguración del sistema, describir esa conexión como un “viaje inaugural a través del mar en un rayo de luz”.