“El juicio al cadáver del papa Formoso” (1870), de Jean-Paul Laurens, en el Museo de Arte de Nantes, Francia

A lo largo de la historia, cuando un poder busca convertirse en hegemonía intenta, a toda costa, borrar la pesada herencia del pasado: demonizar, difamar, ultrajar en pos de un nuevo orden.

La famosa “batalla cultural”, como la llaman los tecnócratas contemporáneos, tuvo en los siglos IX y X, en Roma, uno de sus episodios más llamativos, cuando un papa mandó sacar de la tumba a un predecesor para enjuiciarlo y así anular todo lo que había realizado durante su mandato, para darle el gusto al poder de turno: borrar el pasado, para borrar la Historia.

Aunque aquel papa no consideró que lo muertos, como en una película de George Romero, pueden salir de la tumba y estar más vivos que nunca. Y que esa Historia que se intenta eliminar, volverá.

“Es un cadáver político”, suelen decir los analistas, para referirse a figuras que ya no poseen el mismo ascendente sobre el hoy, otros van más allá y decretan la muerte de algún movimiento cuando los vientos favorecen la ideología que predican. De ellos se reíria Formoso, un sumo pontífice que falleció en circunstancias extrañas a los 80 años, y que sufrió uno de los episodios más insólitos en la historia de la Iglesia católica cuando, meses después de su muerte, su cadáver fue sometido a juicio en un evento conocido como el Sínodo del Cadáver.

Papa Formoso en 1879

En apenas 93 años, entre 896 y 904, la ausencia de estabilidad permitió que, en promedio, un papa ocupase el trono de San Pedro por solo un año. Veinticuatro en total fueron el reflejo de un periodo en el que la península itálica estaba dividida entre los aspirantes carolingios y poderosos clanes locales como los Spoleto.

En el seno de disputas familiares y alianzas cambiantes, el papado asumía un papel central en el tablero político de Italia y los carolingios, convertidos en protectores de la Iglesia, veían cómo su legitimidad era constantemente disputada por dinastías emergentes.

En este contexto, Formoso emergió como obispo de Oporto, desarrollando una activa carrera diplomática por Bulgaria, Constantinopla y la corte francesa. Sus inclinaciones políticas, en favor de Arnulfo de Carintia, futuro emperador germánico, lo convirtieron en enemigo del papa Juan VIII, quien ordenó su excomunión en el 876.

Así, don Formoso escapó buscando refugio en el norte de Lombardía bajo la protección de Guido III de Spoleto, donde pasó varios años alejado de su diócesis, para luego, durante el corto pontificado de Marino I, en 883, regresara a su puesto tras ver levantada su excomunión.

El episodio podría pasar por una historia de Game of Thrones (Foto: HBO)

“Los reyes están cayendo como moscas”, le dice el personaje en Tyrion Lanister a su sobrino Joffrey Baratheon, en la serie Game of Thrones, lo que se podía aplicar a los papas de aquella Roma, porque el siguiente papa Esteban V, tras seis años en el poder, dejó la silla vacante. Y llegó el momento de Formoso.

Una vez convertido en papa, confirmó la coronación de Guido III, un Spoleto, como emperador, pero no ocultó su preferencia por Arnulfo. Apoyar abiertamente al bando germánico cuando los italianos le habían dado refugio en tiempos aciagos no le saldría bien post mortem.

Tras cinco años en el solio papal, una muerte nunca aclarada tocó a su puerta. Y su cádaver se convirtió en el objeto simbólico de la disputa en la lucha por el trono. Bonifacio VI sucedió brevemente a Formoso, y tras él ascendió Esteban VI, inicialmente aliado del partido germánico pero pronto alineado con los Spoleto cuando Arnulfo abandonó Italia.

Entonces, el Spoleto de turno ordenó exhumar el cuerpo del pontífice, que fue ultrajado públicamente. Vestido con ornamentos papales y sentado en una silla delante del tribunal, su cuerpo fue “interrogado” por un diácono designado y defendido por un abogado asignado. Entre los cargos presentados figuraba la acusación de que el nombramiento de Formoso como papa era ilegal, ya que, según el derecho canónico de la época, ningún obispo podía cambiar de sede.

En este ridículo juicio póstumo se revocaron todas las decisiones eclesiásticas que Formoso tomó en vida, incluso los clérigos consagrados por él tuvieron que repetir sus procedimientos de investidura.

El castigo al cadáver no terminó con la sentencia. Se le despojó de sus vestiduras litúrgicas, se le amputaron los tres dedos con los que impartía bendiciones, y fue enterrado en una fosa común con ropajes profanos. Como agravante, poco después Esteban VI ordenó desenterrarlo de nuevo para lanzar sus restos al río Tíber.

Pero aquella ofensa tuvo un costo político alto, ya que se intensificó la inestabilidad institucional. El bueno de Formoso tenía, años después de muerto, más apoyo del que se esperaba. Así, su verdugo, Esteban VI, a los pocos meses fue encarcelado y ejecutado.

En el 899, el papa Juan IX devolvió el honor a Formoso, y prohibió para siempre los juicios póstumos y dispuso un nuevo entierro solemne para el pontífice ultrajado.

La leyenda relata que un pescador recuperó el cadáver de Formoso del Tíber. El hecho comprobado es que, tras aquellos sucesos, el cuerpo fue inhumado nuevamente en 897 con los rituales tradicionales, cerrando uno de los capítulos más peculiares y oscuros en el siglo turbulento del papado romano.

Ahora, sobre la obra podemos decir que fue realizada por el francés Jean-Paul Laurens (1838-1921), uno de los últimos academicistas, quien como otros de su estirpe centró su obra en hechos históricos y religiosos, aunque trataba de hacerlo desde una mirada crítica hacia la iglesia y la monarquía, siendo Le Pape Formose et Etienne VII (El Papa Formoso y Esteban VII), el nombre original de la pieza, donde alcanzó su máxima expresión.

Presentada duranta el Salón de París, organizado por la Academia de Bellas Artes en 1870, la pieza se encuentra en el Museo de Artes de Nantes.