
La Fuerza Aérea de Israel bombardeó en la noche del lunes decenas de instalaciones del régimen iraní en el centro de Teherán, en la que constituye la ofensiva más directa contra el aparato de inteligencia y seguridad interna de la República Islámica desde el inicio de la operación conjunta con Estados Unidos el pasado 28 de febrero. Según un comunicado de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), los ataques alcanzaron más de diez sedes del Ministerio de Inteligencia, un centro de mando de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria y múltiples bases de las fuerzas de seguridad interna, incluidas las del Basij, la milicia paramilitar que desempeñó un papel central en la represión de las protestas que sacudieron Irán en enero.
“La Fuerza Aérea de Israel, dirigida por la Dirección de Inteligencia del Ejército, atacó decenas de sedes del régimen terrorista iraní en el corazón de Teherán”, recoge su nota.
El Ejército israelí justificó los ataques contra las fuerzas de seguridad interna con un argumento que trasciende el ámbito militar convencional: afirmó que esos organismos eran responsables de sofocar las manifestaciones contra el régimen mediante la violencia y la detención de civiles. Al golpear esas estructuras, Israel busca debilitar no solo la capacidad bélica de Teherán, sino también su aparato de control social. El Ministerio de Inteligencia, sometido a sanciones estadounidenses desde hace años por su historial de actividades terroristas, reportaba directamente al líder supremo y operaba redes de espionaje a escala global, según las propias FDI.
La jornada incluyó, además, tres oleadas de ataques en el oeste de Irán dirigidas contra lanzadores de misiles balísticos y sistemas de defensa aérea. Las FDI aseguraron que la operación permite profundizar el control aéreo israelí sobre esa franja del territorio iraní, una declaración que sugiere una degradación significativa de las capacidades defensivas de Teherán. Desde el viernes, Israel ha destruido más de 600 objetivos con unas 2.500 municiones y ha movilizado a unos 110.000 reservistas, cifras que reflejan la magnitud de una campaña sin precedentes contra un Estado soberano situado a más de 1.500 kilómetros de sus fronteras.
El conflicto, bautizado como Operación León Rugiente por Israel y Furia Épica por Washington, comenzó con un ataque coordinado que descabezó la cúpula del régimen iraní. El líder supremo, Alí Khamenei, murió en el bombardeo inicial del sábado junto a varios altos mandos militares, entre ellos el jefe del Estado Mayor, Abdolrahim Musaví, y el ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh. Teherán formó un consejo provisional de Gobierno integrado por el ayatolá Alireza Arafi, el presidente Masud Pezeshkian y el jefe del Poder Judicial, Gholam Hosein Mohseni Eyeí. La ofensiva se desencadenó tras el fracaso de las conversaciones nucleares celebradas en Ginebra el viernes 27 de febrero, en las que Washington exigió a Irán el desmantelamiento de sus principales instalaciones de enriquecimiento de uranio.
La respuesta iraní ha abierto múltiples frentes. Teherán lanzó misiles y drones contra Israel, con un saldo de al menos diez muertos, y atacó bases estadounidenses e infraestructuras en Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Jordania. La Media Luna Roja iraní cifró en 555 los fallecidos en Irán desde el inicio de los bombardeos. Hezbollah, desde el Líbano, se sumó a la ofensiva con cohetes y drones contra territorio israelí en represalia por la muerte de Khamenei, lo que llevó a Israel a lanzar ataques contra más de 70 depósitos de armas y lanzadores del grupo chií.
El portavoz de las FDI, el general Effie Defrin, advirtió que la guerra no cesará hasta que Hezbollah se desarme y afirmó que todas las opciones, incluida una operación terrestre en el sur del Líbano, están sobre la mesa. El jefe del Estado Mayor israelí aprobó planes para una posible incursión destinada a establecer una zona de seguridad en la frontera norte. La apertura simultánea de un frente libanés amplía el alcance de un conflicto que ya involucra a media docena de países y amenaza con desestabilizar el tránsito por el estrecho de Ormuz, arteria vital del comercio global de crudo.