
Por decimoséptimo año consecutivo, Islandia volvió a ocupar en 2025 el primer puesto del Índice de Paz Global, el informe internacional que mide los niveles de seguridad y estabilidad en 163 países a partir de 23 indicadores. Desde 2008, el país nórdico lidera el ranking de manera ininterrumpida, consolidándose como un referente mundial de paz, cohesión social y eficacia institucional. Pero más allá de las estadísticas, ¿cómo se vive realmente en el lugar más seguro del mundo?. Carla Inés Valvo, una argentina que vive en Reikiavik desde hace seis años, le contó su experiencia a Infobae.
A diferencia de la rutina argentina —mirar si viene una motochorro, cuidar que no te arrebaten la cartera o te roben el celular—, en Islandia la preocupación al caminar por la calle es otra. “El mayor peligro no pasa por los robos sino por el frío y el viento”, sintetizó.
“En invierno es tan fuerte que te puede volar un a tasa de café, un guante o un gorro, pero no existe el manoteo como allá”, ejemplificó. En ese contexto, el clima extremo también cumple un rol inesperado: “Lo más peligroso no son los robos sino el frío y el viento.

El clima en Islandia en invierno presenta, en promedio, temperaturas cercanas a los 0°C, pero la sensación térmica es mucho más fría debido a los vientos fuertes y constantes, con ráfagas que pueden superar los 100 km/h, especialmente de octubre a marzo, con nieve y lluvia frecuentes, y heladas que bajan a -10°C en el interior del país.
Otro de las particularidades del clima hostil es que “no existen motochorros -porque prácticamente no pueden circular por la nieve- ni cartoneros, ni gente en situación de calle porque se congelarían». Y contó que “el Estado cuida mucho a las personas más vulnerables, como las refugiados o a los adictos, que les da un techo y un plato de comida”.
Las calles limpias y ordenadas revelan una sociedad donde el reciclaje es ley y la pobreza un fenómeno casi invisible. “Islandia no es un país al que cualquiera pueda venir con una mochilita a hacer temporada. Hay que estar preparado y tener un respaldo económico”, aseguró en comparación a otros países europeos que son más receptivos de los inmigrantes.

El testimonio de Carla cobra especial relevancia al contrastarse con la realidad argentina, donde la sensación de inseguridad atraviesa la vida cotidiana. “Acá podés salir a la calle en cualquier momento y no te va a pasar nada. No me da miedo andar sola de noche. La gente es muy tranquila”, explicó.
En el Índice de Paz, Islandia puntúa alto en todos; incluso en la eficiencia institucional. “Los policías camina por las calles sin armas de fuego, usando solo porras extensibles y gas pimienta. Normalmente, su único instrumento de persuasión ante un conflicto es la palabra”, describió Carla, que suele ver a los efectivos de seguridad únicamente en zonas turísticas o durante eventos. “Su presencia es más simbólica que amenazante”, aseguró.
En la vida cotidiana, la policía solo interviene en casos de discusiones, peleas o cuando hay gente borracha. “Cuando hay algún problema, suele ser una pelea a la salida de un boliche o alguien que tomó de más. No hay grandes delitos. La policía interviene para calmar los ánimos, nunca por hechos violentos graves”, explicó Carla, quien aseguró que los delitos, cuando existen, parecen sacados de una comedia absurda. “Una vez la noticia fue que un hombre estaba borracho y la policía terminó jugando a las cartas con él”, recordó entre risas,

La diferencia entre los titulares de Argentina e Islandia parece ilustrar dos mundos distintos. Mientras que en nuestro país, todos siguen de cerca el parte médico de la nena de 12 años alcanzada por una bala perdida la madrugada de Navidad, en Ramos Mejía, en Reikiavik la noticia más destacada fue “el mercado navideño”.
Con apenas 100 mil habitantes, los que viven en la capital islandesa mantienen una convivencia pacífica; algo casi impensada para quienes vienen de grandes urbes latinoamericanas. “Imaginate que nadie tocan bocina en este país”, contó sorprendida. Incluso, afirmó que el ruido doméstico es mínimo: “Tengo vecinos con un bebé recién nacido y ni siquiera lo escucho llorar. Son todos muy respetuosos del otro”.
La seguridad también se manifiesta en gestos simples pero elocuentes: “Me llamó la atención que existiera una oficina de objetos perdidos. La gente que encuentra un teléfono o una valija en la calle, lo llevá ahí para que lo pase a buscar su dueño”.

Sin embargo, Carla reconoce que no todo es perfecto. “Mucha gente puede aburrirse”, admitió en alusión al clima oscuro y frío durante gran parte del año que provoca depresión en algunos sectores de la población. Aún así, ella elige enfocarse en lo positivo. “Soy una persona positiva. Para mí es una oportunidad estar acá. Amo mi trabajo”, remarcó la joven argentina, quien conquistó Islandia con sus alfajores y dulce de leche casero.
La historia de Carla: creó la primera marca de alfajores artesanales en Islandia
La historia de Carla comienza en San Andrés, una localidad del partido bonaerense de San Martín, donde nació y creció. El diseño de modas fue su primer amor: “Estudié diez años en Argentina. Trabajé casi una década en Rapsodia, viajando por México, Panamá, Colombia, capacitando personal, armando vidrieras. Me encantaba, pero siempre tuve ese gen emprendedor. Desde chica vendía prendedores en el recreo”.
El impulso de crear y la necesidad de desafiar los límites la llevaron a fundar su propia marca, Intensa Joya Mart, especializada en camperas intervenidas con tachas y diseños únicos. Al poco tiempo, las prendas de Carla se vendían en treinta tiendas de todo el país.

Pero la crisis de 2019 desbarató los planes. “Mi sueño era abrir un showroom en Buenos Aires, pero de repente todo se frenó. Los negocios cerraban, los pagos se postergaban. No quería resignar mi sueño”.
El pasado familiar italiano se convirtió en tabla de salvación: “Pensé: me voy a Italia, hago la ciudadanía, junto unos euros y vuelvo a abrir mi showroom”. Así, en Catania, Sicilia, la historia viró: “Conocí a un chico, y a veces pasa lo que necesitamos, no lo que queremos. Los planes cambiaron”.
El aire mediterráneo trajo nuevos desafíos. Mientras esperaba la ciudadanía, Carla se animó a un mundo desconocido: la gastronomía. “Nunca había hecho empanadas, ni la masa, ni el relleno. Busqué recetas, llamé a mi mamá, y así nació Re Empanadas Argentinas. Empecé vendiendo por Facebook, por la calle. Se corrió la voz entre los argentinos que vivían ahí y fue un éxito”.

Un cliente inesperado—un salteño de vacaciones en Italia, residente en Reikiavik—le abrió otra puerta. “Nos contó sobre Islandia, sobre los sueldos, la tranquilidad, la economía. Decidimos probar suerte. Si no funcionaba, volvíamos”, recordó.
En octubre de 2019, con dos valijas y el corazón cargado de expectativas, Carla y su pareja aterrizaron en Islandia. “Imprimimos cincuenta currículums y dijimos: ‘Hoy mismo conseguimos trabajo’. Y así fue. En un restaurante necesitaban dos personas para la cocina. El mánager había vivido en Italia, hicimos la entrevista en italiano y empezamos a trabajar ese día. Acá se consigue trabajo rápido porque hay mucho recambio. La gente viene por un tiempo, gana bien y se va”.
“El sueldo mínimo es de unos 3.000 euros. Todo es más caro, pero se puede vivir bien”, señaló. La pandemia llegó al poco tiempo y la obligó a buscar un nuevo rumbo. “El clima era extremo, a veces menos veinte grados bajo cero. Islandia, que ya es tranquila, se volvió aún más silenciosa. Estaba encerrada en una casa chiquita y sentía la necesidad de crear. Empecé a hacer alfajores de maicena, a dibujar ideas, a comprar moldes de flores, lunas, hadas. Quería fusionar arte y sabor argentino”.

La separación de su pareja en 2024 fue otro sacudón vital, pero también una oportunidad. El 1 de agosto de ese año lanzó su marca: Re Argentina Alfajores. Aprovechó la Noche de la Cultura en Reikiavik para salir con una canasta de alfajores de maicena y globos, vestida con la camiseta de la selección y un blazer celeste. Los repartió gratis a cambio de que la gente le diera su opinión: “Les explicaba lo que significaba ‘me re gusta’, y se los hacía decir frente a una cámara porque quería que ese fuera mi eslogan”, recordó.
La recepción superó cualquier expectativa. “Me empezaron a seguir en Instagram y la marca no paró de crecer. El dueño de una importante cafetería céntrica fue el primero que se animó a vender mis alfajores, personalizados con forma de gatito. Se vendieron todos el primer día. Después, una tienda de souvenirs en la calle principal me puso un display gigante en su puerta y me dijo: ‘Quiero que seas el Louis Vuitton de los alfajores’”.

Carla supo adaptar el producto a la cultura local. “El dulce de leche es argentino, pero el chocolate es islandés, y usé regaliz, caramelo salado y sal marina de acá. Quería que los islandeses lo sintieran propio”, señaló. Pronto, más tiendas la contactaron. Compró sellos personalizados para cada cliente, aprendió sobre habilitaciones y montó su propia cocina profesional.
El salto llegó en 2025, cuando su contadora le propuso vender en supermercados. “La entrevista fue corta e intensa. Tenía quince minutos para convencerlos. Fui con alfajores de maicena porque el de chocolate lleva más tiempo. A los cuatro días me llamaron: ‘Queremos tu producto’. El primer pedido fue de 1.200 unidades. Pasar de repartir gratis en la calle a eso fue increíble, pero el gen argentino es así: lo sueña y lo crea”.

Hoy, Re Argentina Alfajores vende en 30 tiendas de todo el país: “Me piden versiones personalizadas, cajas navideñas, alfajores con formas de mariposa o hada. Trabajo catorce o quince horas al día”.
El próximo desafío es exportar a Noruega y otros países nórdicos. “Creció tan rápido mi emprendimiento que no fueron pasos de bebé, sino pasos de vikingo”, bromeó.
Cada año vuelve en febrero a la Argentina para el cumpleaños de su madre y no descarta abrir un local en Mar del Plata, su lugar soñado. “Mi alfajor no va a competir con las marcas argentinas. Lo mío es arte, es otra impronta. Quiero que me reconozcan como el re alfajor”, enfatizó con orgullo sobre su creación.

Entre la nostalgia, el trabajo y la creatividad, Carla hoy forja sus raíces en los hielos del norte, demostrando que los sueños, cuando se amasan con coraje, encuentran su lugar hasta en el país menos esperado.
Después de haber viajado por gran parte de Europa, Carla no duda: “Nunca vi un lugar así. Para mí Islandia es de otro planeta”. Un país donde la noticia es un rayo, la policía no porta armas y la mayor preocupación al salir de casa puede ser el viento. Un país que, según todos los indicadores —y la experiencia cotidiana de quienes lo habitan—, sigue siendo el más seguro del mundo.