
En el abrazo de una casa llena de risas, aromas de cocina casera y el murmullo familiar de las charlas interminables, Carolina Giménez Aubert siente que el año nuevo se abre como una promesa luminosa. Las paredes guardan historias y el perfume del verano en Uruguay trae consigo un sentimiento de gratitud: el de seguir eligiéndose entre hermanos, hijos y amigos, cada vez que la vida lo permite. En ese refugio cerca de Manantiales, en Punta del Este, el tiempo se mide por los momentos compartidos, por la calidez de un desayuno tranquilo o el bullicio de una mesa repleta. Carolina, con esa serenidad que contagia, encuentra en lo cotidiano un motivo de alegría y en la compañía de los suyos, la fuerza para seguir adelante. En diálogo con Teleshow, relata sus días de descanso desde ese paraíso cerca del mar.

El comienzo de 2026 encuentra a la empresaria rodeada de afectos y agradecida por el simple y profundo privilegio de tener a los suyos cerca. Hermana de Susana Giménez, comparte sus afectos con Patricio Giménez Aubert y el menor de la familia, Kiko. Al lado de su esposo Diego Mejuto, la familia se completa con sus hijos Guadalupe y Francisco, a quien todos llaman Paco. Cada nombre representa una presencia, un soporte, un lazo de esos que no se rompen ni con la distancia ni con el tiempo.

Desde su rol como directora de la consultora Giménez Aubert y Asociados, Carolina transita los días entre compromisos laborales y el placer de compartir una casa llena de vida. “Arranqué el año muy bien, rodeada de amigos y familia. Con la alegría de tener a mis hermanos cerca, a mis hijos y a mi marido, y de compartir la casa llena de gente querida”, confiesa. En vacaciones, la cocina se convierte en refugio y excusa para reunir a los suyos. El simple acto de preparar una comida se transforma en celebración, en un modo de agradecer por esos encuentros que el ritmo diario a veces impide.
El verano la encuentra en Uruguay, ese lugar que Carolina elige para las fiestas porque “me permite estar cerca de mis hermanos”. La Navidad la vivió en su casa, con ellos y con Mercedes Sarrabayrouse, la hija de Susana. “Fue una Navidad muy especial. Cuando ya no son los padres los que te reúnen, tiene un valor inmenso seguir eligiéndonos para estar juntos en los momentos importantes”, comparte. El Año Nuevo sumó amigos a la mesa, y el cariño se hizo más grande.
Las vacaciones, admite, son hoy una mezcla de trabajo y familia. No desconecta del todo, y no le pesa. Amar su trabajo hace más liviana la carga, y el tiempo compartido con sus hijos cobra otro sentido. “No despertarme a las 6.30 ya es un plan en sí mismo —¡qué horror el horario escolar!—. Me encanta estar con ellos desde otro lugar, más relajado: sin apuros, sin mochilas ni listas, más abrazos, almuerzos juntos, juegos de mesa. Conectar más desde el disfrute y menos desde la rutina”, confiesa.
La experiencia trae aprendizaje, y Carolina se permite desear poco y agradecer mucho. Su mayor anhelo es ver bien a sus hijos, crecer como madre y tener la sabiduría para acompañarlos. Paco, su adolescente de 17 años, vibra con la música y produce todos los días. “Es increíble cómo el arte y la música se llevan en la sangre”. Guadalupe, a quien llaman Lupi, es compañera, luminosa y buena. Para Carolina, ambos son un regalo.
En lo laboral, se siente afortunada. Trabaja con clientes que respeta, y cada nuevo reto la motiva. “Tengo un adolescente, que es un gran desafío para cualquier padre. Encontrar la medida justa no es fácil: saber cuándo correrse para darles más libertad y cuándo seguir cerca porque todavía necesitan de tu mano. Hay momentos en los que construyen un muro, pero yo siento que, en el fondo, esperan que una esté ahí, del otro lado, disponible y presente”, reflexiona. Lupi tiene mucho de su mamá, y esa similitud le hace todo más fácil. “Tengo dos hijos increíbles, muy distintos entre sí, y absolutamente mágicos los dos”.
En 2022, la familia atravesó una prueba que marcó un antes y un después. Su hijo Paco, fruto de su primer matrimonio, sufrió un accidente automovilístico en Punta del Este junto a sus abuelos paternos. La tragedia se llevó la vida de los exsuegros de Carolina y dejó a Paco, de trece años, internado en estado reservado en el Hospital Británico. Fueron semanas de incertidumbre y miedo, de oraciones y esperas.
A Carolina le costó casi un año poder hablar de ese episodio. “Paco está recontra bien, creo que creció mucho con todo esto, maduró un montón, son estas cosas que no deberían pasar pero que cuando pasan en la vida te cambian mucho la cabeza y el alma”, contó tiempo después a Teleshow. La recuperación exigió tiempo, fortaleza y la voluntad inquebrantable de su hijo. “Constantemente tenía ganas de todo. Cuando le decían que todavía no podía ir al colegio, Paco quería ir, y después cuando se lo permitieron pero le dijeron que fuera menos tiempo, él quería ir todo el día. Se moría por volver a jugar al fútbol, entonces yo creo que esas ganas de vivir y esas ganas de todo que tiene siempre, lo sacaron adelante”.
El dolor de la pérdida y el miedo ante lo desconocido la hicieron más fuerte. “Cuando pasó todo lo de Paco yo no podía ni hablar del tema, me superaba el dolor, y cuando él estuvo internado muy grave, yo pensaba en situaciones similares de personas conocidas que estuvieron mucho tiempo en coma y que se recuperaron, entonces yo me aferraba a esa esperanza”. La fe se convirtió en refugio. El día del accidente, la Virgen del Cerro llegó al hospital y, como una señal, se repitió su presencia en distintas formas a lo largo de la recuperación de Paco. “Ese lugar es mágico. Y fue muy movilizante para mí. Así que me aferré a eso, a la Virgen del Cerro, que cada vez la tengo más presente en mi corazón, en mis oraciones. Yo creo que esas situaciones tan límites te acercan mucho a la fe”.
Carolina sintió la necesidad de compartir su historia para ofrecer un poco de luz a quienes atraviesan situaciones similares. “Si otra mamá pasa por una situación similar y en ese momento no se imagina otra cosa que no sea que su hijo se va a morir, quiero decirle que hay esperanza. Esas historias de recuperación que yo me iba enterando eran como la luz al fondo del túnel”.
Hoy, la vida para Carolina Giménez Aubert tiene el sabor de las pequeñas victorias diarias, el valor de los afectos y la certeza de que, a pesar de todo, la esperanza siempre encuentra su lugar.