Los episodios recientes de violencia escolar pusieron en primer plano los desafíos del sistema educativo, las respuestas de las instituciones y el papel de las familias. El debate involucra a docentes, padres y organismos públicos, en una discusión sobre qué ocurre cuando los mecanismos de contención no logran evitar que los casos escalen.
En diálogo con Infobae en Vivo Al Mediodía, Lidia Arrausi, titular del Programa de Convivencia Respetuosa entre Pares del Ministerio Público Tutelar explicó cómo la integración entre escuela y familia se presenta como un eje sensible.
“La sociedad tiene una demanda específica sobre este punto. Puede que no se vea reflejada como creen algunos, pero está presente. A menudo llegamos cuando las situaciones ya sucedieron”.
Arrausi compartió cifras obtenidas en encuentros con alumnos de 8 a 12 años: “Un 13% frente a una agresión responde con violencia psicológica o física”. Otro 6% recurre a mecanismos compensatorios, como “comer, dormir, mirar TikTok” ante situaciones de maltrato. El 24% permanece en silencio y no lo comenta con nadie, ni amigos, ni familiares, ni docentes. Esta cifra alarma a los especialistas, ya que el aislamiento dificulta la detección temprana y la protección.

Al mismo tiempo señaló una dimensión positiva: “Un 40% busca a un amigo y pide ayuda ante el malestar, y un 17% consulta con un adulto de confianza”. El Ministerio Público Tutelar elabora herramientas y programas para fortalecer estos canales, aunque advierte que muchas veces los adultos a quienes los chicos acuden tampoco cuentan con recursos suficientes.
“El gran problema se produce cuando el adulto minimiza el hecho, lo naturaliza o directamente expone al chico, pidiendo expulsión o sanciones desproporcionadas”, explicó Arrausi. La organización enfatiza que primero abordan la situación con los adultos —autoridades, docentes, familias— antes que con los estudiantes, ya que “el diagnóstico debe ser compartido”.
Sobre el factor socioeconómico, Arrausi especificó: “No hay diferencia: recibimos denuncias y casos similares en todas las comunas de la Ciudad. Puede variar la modalidad del conflicto o la herramienta que se utiliza, pero no la presencia de la violencia o el malestar”. En algunos barrios prevalecen los episodios físicos; en otros, el ciberacoso resulta más virulento.

Los límites estatales y las expectativas de intervención
Asimismo, Arrausi indicó que si un alumnos manifiesta una problemática seria, corresponde activar protocolos y notificar a las autoridades judiciales y de protección de la niñes. “Por protocolo se da intervención” cuando hay indicios serios, sostuvo. Sin embargo, reconoció las limitaciones del sistema, que en ocasiones desemboca en frustración para quienes llevan adelante denuncias y gestiones: “Todos estamos llegando tarde a situaciones que los chicos están planteando desde mucho antes”.
La intervención estatal se distribuye entre el Ministerio de Educación, el Consejo de Niñas, Niños y Adolescentes y el Poder Judicial, entre otros organismos. Arrausi insistió en el enfoque preventivo: “Debemos hacernos la pregunta desde cómo intervenir ante las señales precoces, no solo sobre los casos extremos”.
El Ministerio Público Tutelar propone materiales digitales y encuentros presenciales para fomentar el diálogo entre padres e hijos. Arrausi ejemplificó: “Enviamos videos de dos minutos para que las familias conversen con sus hijos sobre sus emociones y conflictos”. El objetivo es ayudar a cortar la naturalización de la violencia y la crueldad, que —según los testimonios— siguen presentes en todos los niveles sociales.

Violencia, tecnologías y nuevas formas de expresión
El fenómeno de grabar peleas con fines de exhibición en plataformas digitales se instaló como nuevo elemento en la conflictividad. Los especialistas coinciden en que la búsqueda de pertenencia, el deseo de ser observado o la competencia por “likes” movilizan a chicos y adolescentes en sus vínculos con la violencia.
Arrausi remarcó: “La diferencia con otras épocas es que ahora todo se graba; los chicos buscan ser vistos, que los miren, incluso por adultos”. Subrayó que el trabajo con los adultos del entorno resulta insoslayable: “No trabajamos con los chicos si antes no trabajamos con los adultos. Hay que construir acuerdos sobre lo que está permitido, lo que se sanciona y la forma de resolver los conflictos desde la palabra”, concluyó.
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