
Cuando en la medianoche del 31 Delcy Rodríguez alzó su copa para brindar y enumerar sus deseos habrá pensado, fugazmente, cómo sería su 2026. Quizás imaginó lo que está ocurriendo. Tal vez sabía que estos días llegarían. Será difícil saberlo con certeza en el corto plazo.
Delcy y su hermano Jorge Rodríguez -titular de la Asamblea Nacional- siempre fueron los negociadores más “creíbles y presentables” ante Europa y Estados Unidos. Incluso antes de la incursión militar que extrajo al dictador Nicolás Maduro de Caracas, la figura de ambos era vista en Bruselas y Washington como una posible garantía de reordenamiento en una transición. Pero para que eso ocurriera debía caer el tirano.
Acusado de gravísimos crímenes que podrían conducirlo a un pedido de pena de muerte por parte de la fiscalía -algo difícil que ocurra en Nueva York-, una fuerza de elite norteamericana capturó a Maduro y a su esposa Cilia Flores en la madrugada del 3 de enero. Los trasladaron al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn donde este lunes escuchó los gravísimos cargos en su contra: narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y posesión de ametralladoras y otros dispositivos. Como era de prever, se declaró “no culpable”.
Los fiscales federales sostienen que el depuesto dictador chavistas habría supervisado una red de tráfico de cocaína con alianzas con organizaciones transnacionales tenebrosas: carteles mexicanos como el de Sinaloa y Los Zetas, las FARC colombianas y el Tren de Aragua.
Con la caída de Maduro -y por ser su vicepresidenta constitucional-, el camino de Delcy Rodríguez quedó allanado. Su anhelo histórico de ejercer el poder coincidió con la necesidad de Washington de intentar garantizar un reordenamiento interno que no termine con botas en el terreno ni con enfrentamientos civiles que conduzcan a una crisis humanitaria de proporciones bíblicas.
¿Es Delcy Rodríguez el ideal democrático? La respuesta a ese interrogante no guarda lugar para dudas. Pero la extracción de Maduro es el primer paso de un largo proceso para el fin de un régimen sangriento. Resulta algo cándido creer que la reinstauración democrática en Venezuela podría producirse de forma automática sin una estructura política opositora que pueda abarcar cada uno de los espacios que deben cubrirse después de 26 años de narcochavismo sin que se caiga en el caos.
Cuando Donald Trump dijo que María Corina Machado no tiene apoyo dentro de Venezuela se refería a eso: la falta de una estructura para ocupar con fuerza cada uno de los estamentos estatales.
Administrar esta delicada transición -que algunos analistas dicen que podría durar entre seis y ocho meses- es un reto que no implica sólo liquidar sueldos. Implica luchar y negociar contra fuerzas internas -de las que aún participa Cuba y su agente Diosdado Cabello– que se sacudirán con la fuerza de un oso y que sólo aquel que conozca los resortes actuales del poder podría contener. Delcy Rodríguez no está sola en esa misión: su hermano la acompaña sin descanso y cada vez más militares se cuadran ante ella. Por conveniencia, claro está. Las lealtades no existen.
Edmundo González Urrutia es quien ganó las elecciones el 28 de julio de 2024. Esa realidad fue incontrastable gracias al coraje de María Corina Machado y su brillante estrategia de exponer las actas al mundo. Pero de haber tomado el poder en aquel entonces, González Urrutia lo habría hecho en un contexto de intercambio constitucional ordenado. Con las dificultades lógicas de un país deshecho, pero dentro de un marco institucional. Hoy la realidad es otra.
Ese reordenamiento institucional y transicional -por ahora- quedó en manos de la menor de los Rodríguez. Estados Unidos monitorea cada paso que da. Ya dio señales: Trump anunció este martes que la administración interina estaba en vías de desarmar uno de los antros más lúgubres del chavismo, “una cámara de torturas de Caracas”. ¿Hizo referencia al Helicoide? No quedó claro. Sin embargo, es probable que el régimen no anuncie nunca con pompa que cerró un “centro de tormentos”, algo que negó siempre ante los organismos internacionales.
Otros dos hechos fueron conocidos ayer: por un lado, Caracas mantiene suspendidos los envíos de petróleo a China desde hace cinco días. El régimen de Beijing era, hasta el sábado, el principal cliente de Venezuela en ese sector. “Compraba” los barriles a precio irrisorio como forma de pago de una deuda milmillonaria contraída por Hugo Chávez y Maduro.
Datos de seguimiento marítimo y documentos internos de la estatal PDVSA confirman que solo se estaban cargando embarques destinados a la petrolera estadounidense Chevron. Lo informó la agencia Reuters. Uno de los problemas que advirtió la administación Trump en su momento fue el envío de crudo ilegal a China, Irán, Rusia y Cuba que no se traducían en beneficios para los venezolanos.
Casi al mismo tiempo en que se conocía esta suspensión de envíos a Asia, Trump emitió un comunicado sobre el mismo tema: “Me complace anunciar que las Autoridades Interinas en Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad, sancionado, a los Estados Unidos. Este petróleo se venderá a su precio de mercado, y ese dinero será controlado por mí, como Presidente de los Estados Unidos de América, para asegurar que se utilice en beneficio del pueblo de Venezuela y de los Estados Unidos”.
Trump volvió a hablar de petróleo, un tema que irrita a muchos. Sin embargo, es uno de los asuntos centrales que provocaron el actual desmadre venezolano. El chavismo destruyó la capacidad de producción petrolera dejándola en la actualidad a menos de un tercio de lo que fue su máximo histórico hacia fines de los años 90, cuando llegó a ser de unos tres millones de barriles diarios. Y regaló el bombeo a sus socios internacionales a cambio de una ayuda que nunca se materializó para los venezolanos de a pie.
No será fácil el camino por delante. De acuerdo a cálculos internacionales para retornar en 2040 a la producción de 3 millones de barriles por día sería necesario “un flujo de inversión estable de entre 8.000 y 9.000 millones de dólares por año desde 2026 hasta 2040”, además de los 53.000 millones de dólares que se requerirían en infraestructura para mantenerla estable, de acuerdo a un informe de la consultora Rystad Energy citado por Nikkei.
Hasta ahora, ni China, ni Rusia, ni Irán -los amigos del régimen- invirtieron esas cantidades. ¿Las compañías norteamericanas se animarán a retornar a Venezuela? ¿Invertirían esas sumas? Chevron corre con cierta ventaja por nunca haberse ido del todo del país. Las demás podrían recibir llamadas desde Washington en los próximos días para que pongan manos a la obra.
Pero contrariamente a lo que piensen algunos, el mayor desafío de Delcy Rodríguez no es el mercado del crudo. O mantenerse en el poder. O la institucionalidad. Eso debería poder hacerlo y controlarlo con ayuda internacional.
Su reto máximo será cortar los circuitos de narcotráfico que contaminaron todas las instituciones venezolanas. Esa metástasis de cocaína cuyos brazos se extendieron a Estados Unidos y Europa, también golpeó a los demás países de América Latina. Muchos políticos fueron financiados desde Caracas con ese dinero sucio.
Venezuela se convirtió en un centro logístico clave de la región. El Cartel de los Soles dentro de las instituciones armadas y el Tren de Aragua no podrán continuar como hasta ahora. Se deberán desarticular las redes que se tejieron durante décadas con los carteles mexicanos y colombianos.
Esas estructuras criminales también tendrá que desarmar Delcy Rodríguez. Para diferenciarse de Nicolás Maduro y no ser el próximo objetivo militar de los Estados Unidos en una “segunda ola”. Es, sin dudas, la asignación más difícil que tiene por delante.
X: @TotiPI