
La inquietud persistente en torno a la salud y el incesante escrutinio de los síntomas han cobrado un protagonismo renovado con la publicación de Hipocondría (Alpha Decay), el libro de Will Rees, cuya aparición coincide con un auge de la ansiedad médica amplificada por el acceso a información digital. El libro no solo propone una revisión personal, sino que recorre el trayecto histórico, filosófico y cultural de un trastorno tantas veces relegado a la incomprensión.
En los últimos años, la hipocondría ha sido reconocida por la investigación médica como una condición tan real como la depresión o el trastorno de estrés postraumático. Este diagnóstico implica que no se trata de un fallo de carácter (como hasta el momento se había hecho creer al paciente), sino de una afección legítima que afecta el modo en que las personas perciben y gestionan la incertidumbre respecto a su propio cuerpo.
De hecho, la Asociación Estadounidense de Psiquiatría ha determinado que tres cuartas partes de los identificados como hipocondríacos presentan un trastorno de síntomas somáticos, mientras que el resto padece trastorno de ansiedad por enfermedad. El auge de herramientas de ‘autodiagnóstico’ online ha introducido el término “cibercondría”, reflejando una nueva modalidad donde la búsqueda de información multiplica la ansiedad en lugar de apaciguarla.
Una experiencia en primera persona
Will Rees, tanto editor como académico británico, describe en primera persona su recorrido a través de la hipocondría, iniciándose en 2010 con un dolor de cabeza crónico. La negativa de Rees a paliar el síntoma recurriendo a analgésicos actúa como punto de partida de una introspección que adopta tintes kafkianos: antes que silenciar la alarma, decide “comprender el dolor”, abordando un periplo de observación minuciosa y creciente acumulación de síntomas percibidos. Olvidos cotidianos, tics, cambios en el gusto del café, e incluso una secuencia de hipo entre una y tres veces al día, configuran ese estado de vigilancia perpetua. Ante una búsqueda reveladora en internet (“¿puede el cáncer cerebral causar hipo?”), Rees se topa con una inquietante afirmación: sí, si la enfermedad está avanzada. A pesar de repetidas consultas médicas y de la falta de hallazgos patológicos, la duda persiste y se expande junto con nuevos indicios.

La comunidad médica ha establecido que la hipocondría no responde a una única definición ni a criterios infalibles, lo cual arroja una sombra de incertidumbre tanto sobre profesionales como pacientes. La mayor parte de los afectados se identifican con la sintomatología somática, mientras otros viven con una inquietud recurrente sin signos físicos manifiestos.
Entender qué es la hipocondría
El término incluso desapareció en 2013 del manual diagnóstico D.S.M.-5, lo que evidencia su carácter ambiguo y evanescente en la tradición clínica. La ‘cibercondría’, por su parte, ha extendido la posibilidad de autoexamen y diagnóstico erróneo a gran escala, con numerosos portales prometiendo identificar los “cinco signos para reconocer la cibercondría” o listados de advertencias que, lejos de tranquilizar, intensifican la preocupación.
El texto de Rees ahonda precisamente en este terreno movedizo: “La hipocondría es un diagnóstico que pone en cuestión cuán seguros podemos estar jamás de cualquier diagnóstico”, escribe el autor, desplazando el interés desde las etiquetas hacia la incertidumbre inherente a cualquier juicio médico. La obra se convierte, así, en una indagación sobre los límites del conocimiento y la imposibilidad de alcanzar una certidumbre absoluta respecto a la salud personal.
A lo largo del libro, Rees confronta la tradición literaria y filosófica en torno a la enfermedad, remitiéndose a autores como Virginia Woolf, Kafka, Immanuel Kant o Samuel Johnson, todos ellos sensibles al sufrimiento físico y a la dificultad de traducirlo al lenguaje.

Woolf, en su ensayo Sobre la enfermedad, subraya: “El inglés, capaz de expresar los pensamientos de Hamlet, carece de palabras para describir el escalofrío y el dolor de cabeza… Quien trata de explicar un dolor a un médico ve cómo el idioma se le agota.” La propia estructura del libro refleja esos desdoblamientos temporales y la superposición de relatos personales y ajenos, incluidas referencias puntuales a ensayos de otros autores y a episodios recientes del propio Rees en los que la sospecha de enfermedad nunca se resuelve del todo.
Cinco años para “entender” su enfermedad
El testimonio de Rees articula una experiencia que se extiende hasta su juventud, marcando casi una década de vaivén entre el alivio transitorio y la reaparición del temor. La lectura sobre síntomas y enfermedades, comparada por algunos médicos victorianos con la causa misma de la hipocondría, ahora encuentra eco en la economía digital de la salud, donde buscadores y plataformas especializadas han multiplicado las oportunidades para la inquietud. Rees llega a someterse a pruebas oftalmológicas, resonancias y variados estudios, recibiendo diagnósticos que a menudo solo refuerzan su inseguridad. Un episodio significativo se produce cuando, tras la publicación de un ensayo sobre el tema, un desconocido se le acerca para advertirle que debe realizarse otra revisión, reabriendo la espiral del cuestionamiento y la incertidumbre.
La reflexión final de Rees (que, llegada la treintena, ha logrado dejar de pensar de forma compulsiva en su salud) no implica la consecución de una certeza, sino una suerte de aprendizaje en torno a la aceptación de la duda. En palabras del propio autor, escritas en su libro: “Mi libro cubre cinco años de mi vida, que comenzaron cuando creía tener un tumor cerebral y concluyeron, ya en la veintena, al convencerme de que tenía un linfoma. Estos dos momentos, estas dos crisis en que la cuestión de la salud se cernía sobre mi rutina diaria, enmarcan Hipocondría, que también analiza la historia de esta dolencia y a quienes intentaron comprenderla”.