
El 22 de enero de 1506, un grupo de 150 soldados suizos marchó por las calles de Roma para integrarse como la nueva fuerza de protección del Papa. Aquel contingente, dirigido por Kaspar von Silenen, no solo marcó el inicio de la Guardia Suiza Pontificia, sino que definió la relación entre el Vaticano y un cuerpo militar que, a lo largo de siglos, sobrevivió a guerras, crisis y profundas transformaciones.
Los orígenes de la Guardia Suiza se remontan a una Europa fragmentada por constantes conflictos y a una Suiza superpoblada donde la escasez de trabajo empujaba a muchos jóvenes a buscar oportunidades en el extranjero.

La reputación de los suizos como soldados mercenarios creció en el siglo XVI. Su destreza con la pica, el arcabuz y su disciplina profesional los convirtieron en los preferidos de reyes y príncipes, que los contrataban para reforzar sus ejércitos en el complejo tablero desplegado en Italia, donde había disputas territoriales todo el tiempo.
La iniciativa de crear un cuerpo de élite surgió del papa Julio II, quien buscaba no solo ampliar los territorios de la Iglesia, sino también asegurar su propia protección personal. El pontífice envió emisarios a la Federación de Cantones suiza con la misión de reclutar soldados experimentados, especialmente de regiones católicas, pues se consideraba que su fe los haría más leales al papado.

Al incorporarse al servicio papal, los suizos asumieron tareas que iban mucho más allá de la mera custodia del pontífice. Además de servir como guardaespaldas personales, participaron activamente en campañas militares, como las de Perugia y Bolonia. Esas acciones impresionaron al Papa, quien decidió establecer un acuerdo regular con la Federación Suiza para asegurar un flujo continuo de soldados.
En esos primeros años, la apariencia de la Guardia Suiza distaba mucho de su imagen actual. El uniforme colorido y característico que hoy identifica a esos soldados no existía entonces: cada uno vestía según su gusto, diferenciándose solo por una banda o brazalete de color, una práctica común entre los mercenarios de la época. Así los retrató Rafael Sanzio en los frescos de los apartamentos vaticanos, donde pueden verse cinco guardias arrodillados con atuendos completamente dispares.

Las armas de preferencia eran las espadas a dos manos y las alabardas, que les habían dado fama en los campos de batalla. Se protegían con distintas piezas de armadura y cascos, adaptándose a las necesidades del combate de cada época. La combinación de disciplina, armamento y coraje pronto quedó grabada en la memoria de Roma.
La Guardia Suiza fue creciendo y alcanzó los 189 integrantes hacia la época del papa Clemente VII. Durante su pontificado, el Vaticano enfrentó uno de los episodios más dramáticos de su historia: el Saco de Roma de 1527. Cuando el Papa se alió con Francia contra Carlos V, el ejército imperial avanzó sobre la ciudad. Tras vencer a las fuerzas defensoras, los mercenarios, en su mayoría alemanes protestantes, iniciaron una ola de saqueos y violencia en la capital pontificia.

Solo la resistencia desesperada de los guardias suizos permitió la huida del Papa. Fueron 147 soldados los que protegieron la basílica de San Pedro hasta el último hombre, mientras Clemente VII escapaba por un pasadizo hacia el castillo de Sant’Angelo. Aquel acto de sacrificio consolidó el mito de la lealtad suiza al papado y es recordado como uno de los momentos fundacionales del cuerpo. Sin embargo, derrotado Clemente VII debió disolver la Guardia Suiza y aceptar que lo vigilaran 200 alemanes.
Tras las guerras italianas y la firma de la paz de Cateau-Cambrésis en 1559, el papel militar de la Guardia Suiza cambió radicalmente. Ya no se trataba solo de combatir en el frente: la misión se centró en la protección de los palacios y los enviados del Papa. Los largos años de paz, sin embargo, debilitaron la capacidad combativa de la unidad. Cuando en 1805 Napoleón Bonaparte ocupó Roma y secuestró al papa Pío VII, los suizos no ofrecieron resistencia. Lo mismo ocurrió durante la unificación italiana en 1870, cuando la ciudad cayó sin que la Guardia pudiera evitarlo.

A lo largo del siglo XIX, la Guardia Suiza decayó. El reclutamiento en Suiza se fue abandonando y la pertenencia al cuerpo pasó a ser en muchos casos hereditaria, perdiendo su carácter original y transformándose en una institución puramente ceremonial con armas anticuadas y sin una función militar real.
La situación cambió radicalmente en 1910 con el nombramiento de Jules Repond como comandante. Repond emprendió una profunda reforma: reinstauró el reclutamiento exclusivamente en Suiza, impulsó un riguroso programa de entrenamiento militar con asesores externos y modernizó el armamento. También introdujo el uniforme moderno que hoy distingue a la Guardia Suiza y que se ha convertido en uno de los más reconocibles del mundo.

El uniforme, adoptado en el siglo XX, se utiliza en ceremonias y grandes eventos. Sin embargo, la vida diaria en el cuartel sigue marcada por la disciplina y la tradición militar.
Para ingresar a la Guardia, los requisitos siguen siendo estrictos: solo pueden postularse varones católicos de entre 19 y 30 años, con experiencia militar previa y dispuestos a firmar un contrato de dos años, medir al menos 1,74 y contar con una biografía “irreprochable” confirmada por su párroco y el obispo del lugar, según los estándares establecidos por Repond y mantenidos hasta nuestros días. Los guardias suizos cobran alrededor de 1.600 euros mensuales, trabajan en turnos de nueve horas, pueden casarse y vivir en el Barrio Suizo vaticano si aceptan renovar su enrolamiento de dos años. Al final del período reciben una medalla de oro (la Benemérita), que al regresar a Suiza les permite conseguir un buen empleo.

Se los conoce con diversos nombres como los Centinelas del Papa, el Más Pequeño y Antiguo Ejército del Mundo, la Cohorte Helvética y la Guardia Suiza Pontificia, que es la denominación oficial.
En la actualidad, la Guardia Suiza está compuesta por 135 efectivos encargados de proteger los principales accesos al Vaticano y los recintos más importantes, como la basílica de San Pedro. Su misión principal continúa siendo la protección del Papa y la seguridad de los asistentes a eventos de gran envergadura, como los concilios o el Cónclave de Cardenales.

Tal vez el escándalo más grande de los últimos siglos fue causado el 4 de mayo de 1998, cuando el “caporal” (cabo) Cedric Tornay, de 23 años, asesinó a balazos en su departamento del llamado Barrio Suizo del Vaticano a su comandante, el coronel Alois Estermann, de 44 años, que había asumido el cargo tan solo nueve horas antes. Tornay disparó y mató también a la pareja de Estermann, la venezolana Gladys Maza, ex policía en Caracas y funcionaria de la embajada de su país ante la Santa Sede. Aquel hecho, rodeado de misterio, puso a la Guardia Suiza en el centro de la atención pública, algo a lo que el bajo perfil del cuerpo de élite no estaba acostumbrado.
Durante más de cinco siglos, la Guardia Suiza ha transitado por numerosos cambios y desafíos. Lo que comenzó -hace 520 años- como una respuesta a las necesidades militares y políticas de un Papa en tiempos convulsos, terminó por convertirse en un símbolo de continuidad, disciplina y servicio al Vaticano. La historia de ese cuerpo revela tanto la evolución de la Iglesia como los vaivenes de la política europea, en los que la lealtad y el sacrificio de los soldados suizos quedaron grabados para siempre en los anales del papado.