
La historia del RMS Berengaria es la de un gigante de los mares que, tras la tragedia del Titanic, estableció un nuevo estándar de grandeza y lujo en los viajes transatlánticos. Construido en Hamburgo, Alemania, bajo el nombre original de SS Imperator, este coloso fue botado en 1913, apenas un año después del hundimiento que conmocionó al mundo.
Con una eslora de 276 metros, superó al Titanic en tamaño y se posicionó como el barco de pasajeros más grande del mundo en su época.
El ascenso de un gigante
El origen del Berengaria estuvo marcado por la competencia internacional y el deseo de superar los logros náuticos existentes. Alemania, en plena efervescencia industrial, buscó construir un navío que dejara atrás a todos sus rivales, especialmente al Titanic, símbolo del poderío británico.

El resultado fue un barco no solo más largo, sino también más pesado. El sitio Great Ocean Liners señala que el desplazamiento que superaba las 52.000 toneladas y una capacidad para transportar a más de 4.000 personas entre pasajeros y tripulación.
La Primera Guerra Mundial cambió el destino de este gigante. Tras el conflicto, el SS Imperator fue entregado a Gran Bretaña como parte de las reparaciones de guerra.
Fue entonces cuando la prestigiosa compañía Cunard Line lo adquirió y lo rebautizó como RMS Berengaria, en homenaje a la reina Berenguela de Navarra. Bajo su nueva bandera, el buque inició su etapa más reconocida, convirtiéndose en el emblema de los viajes de lujo entre Southampton y Nueva York.

Durante sus años de apogeo, de acuerdo con Liverpool Maritime Society, el Berengaria transportó a figuras célebres de la época, como el Príncipe de Gales y el actor Charlie Chaplin. Estos viajes entre Europa y Estados Unidos eran auténticos eventos sociales, donde la élite mundial se reunía para cruzar el Atlántico en un entorno de opulencia y sofisticación.
Un palacio flotante: lujo y tecnología a bordo
El RMS Berengaria no solo destacaba por su tamaño, sino también por el nivel de confort que ofrecía a sus pasajeros. El interior del barco estaba inspirado en los mejores hoteles europeos. El gran salón de baile, adornado con columnas de mármol, se convirtió en un símbolo de elegancia, mientras que la piscina, diseñada al estilo de los baños romanos, ofrecía un espacio de relajación único en alta mar.
Una de las características más llamativas era su jardín de invierno, poblado de plantas exóticas, que brindaba un ambiente inédito en los viajes marítimos de la época. Además, el barco contaba con una orquesta permanente que acompañaba las cenas de gala, reforzando la atmósfera de distinción y exclusividad. Estas comodidades, combinadas con su imponente tamaño, consolidaron al Berengaria como el buque insignia de la Cunard Line y como el referente en los viajes transatlánticos hasta la llegada de navíos más modernos en la década de 1930.

El Berengaria también se destacó por su robustez técnica. Su estructura permitía enfrentar las duras condiciones del Atlántico, y su capacidad para alojar a miles de personas lo convirtió en una auténtica ciudad flotante. Sin radares, ni comunicación por radio como la tecnología actual, la navegación dependía de la pericia de su tripulación y de la solidez de su construcción.
El ocaso del Berengaria
Pese a su resistencia y a la huella que dejó en la historia marítima, el paso del tiempo fue inexorable para el RMS Berengaria. Hacia fines de la década de 1930, comenzaron a aparecer problemas técnicos, principalmente relacionados con el envejecimiento de su sistema eléctrico, lo que provocó una serie de pequeños incendios a bordo. La situación, sumada al avance de nuevas tecnologías y la llegada de buques más modernos, llevó a la compañía a retirar al Berengaria del servicio activo en 1938.
El proceso de desguace fue extenso y complejo. Inició en Escocia y concluyó después de la Segunda Guerra Mundial, en 1946. Así terminó la vida útil de un barco que, durante más de dos décadas, había simbolizado el lujo y la innovación en los viajes marítimos.