
El arte y la historia tienen caprichos extraños. A veces, figuras monumentales permanecen en las sombras durante siglos, esperando el momento justo para ser redescubiertas. Tal es el caso de Plautilla Bricci (1616-1705), una artista, y, lo que es aún más asombroso para su tiempo, una “arquitectrice” (como ella misma se denominó en un documento contractual), cuya vida desafía las convenciones del Barroco romano. Su historia no es solo la de una mujer talentosa, sino la de una pionera que rompió moldes en un mundo donde el diseño y la construcción eran dominios exclusivamente masculinos.
Su figura ha emergido con fuerza en los últimos años, gracias a la labor de investigación de historiadores como Consuelo Lollobrigida y Yuri Primarosa, quienes han hurgado en archivos para confirmar su autoría en obras que, durante mucho tiempo, fueron atribuidas a otros, o simplemente olvidadas. Incluso la aclamada escritora italiana Melania Mazzucco la ha inmortalizado en su novela superventas L’architettrice (2019), un trabajo de ficción histórica que ha popularizado su legado y le ha valido el Premio Silvia Dell’Orso, colocando su nombre en la conversación global sobre las mujeres olvidadas por la historia del arte.
Para entender la magnitud de la hazaña de Plautilla, debemos situarnos en la Roma del Seicento. Una ciudad efervescente, epicentro del arte barroco, con figuras de la talla de Bernini y Borromini dominando el panorama, pero con estructuras sociales y de género inamovibles. Las mujeres artistas existían, sí (pensemos en Artemisia Gentileschi, aunque su lucha fue diferente y en un ámbito más acotado a la pintura de caballete), pero en el campo de la arquitectura, la presencia femenina era simplemente inexistente. El acceso a los gremios, a la educación formal y, sobre todo, a la supervisión física de las obras de construcción, estaba rigurosamente prohibido para el “bello sexo”.
Plautilla nació en una familia de artistas. Su padre, Giovanni Bricci, era un hombre polifacético: pintor, músico y dramaturgo. Su nombre aparece registrado en la Parroquia de San Lorenzo-in-Lucina, de Roma en el libro del Bautismo como hija de Giovanni Bricci y Chiara Recupita. También se registran los siete hermanos de Plautilla; sin embargo, solo tres, incluyendo a Plautilla, llegaron a la edad adulta, se dice que su hermana mayor, Albina Bricci, se casó con un pintor de la época. Nacido en 1621, se dice que su hermano menor, Basilio Bricci, se convirtió en pintor y arquitecto y más adelante en sus carreras, Basilio y Plautilla trabajaron a menudo juntos en encargos.

Este entorno familiar le proporcionó las herramientas, la formación inicial y, crucialmente, la protección para desarrollar su talento. Sin embargo, su salto de pintora a arquitecta, una transición casi impensable, se dio bajo el mecenazgo del abad Elpidio Benedetti, un influyente clérigo y diplomático, secretario del Cardenal Mazarino.
Benedetti se convirtió en su protector y cliente principal. Fue él quien le encargó el diseño y la construcción de una villa. Y aquí es donde la historia se vuelve fascinante: Plautilla no solo pintó cuadros para la villa, sino que se encargó del diseño arquitectónico, la supervisión de la obra y la decoración de la misma, desafiando todas las convenciones de su tiempo.
La obra maestra arquitectónica de Plautilla fue la Villa Benedetta, también conocida popularmente como “Il Vascello” (El Buque) debido a su forma inusual y su ubicación espectacular en la colina del Janículo, con vistas a Roma y al Vaticano. Era una villa que combinaba elementos campestres y urbanos, con una innovadora gruta artificial en la entrada, un elemento renacentista reinterpretado con un toque naturalista y atrevido que fascinaba a los visitantes.
Lamentablemente, Il Vascello fue destruida casi por completo durante el asedio francés de Roma en 1849, un daño colateral de la historia. De ella solo quedan algunos restos de la puerta de entrada y grabados de la época que nos permiten imaginar su magnificencia y su diseño audaz.

Elpidio Benedetti, consciente de la singularidad de la obra y de su “arquitectrice”, publicó en 1677 una guía detallada de la villa, bajo el seudónimo de Matteo Mayer. En este libro, si bien atribuía públicamente el diseño a Basilio (por las convenciones sociales de la época y para evitar el escándalo), los documentos contractuales, los registros de pagos y los planos originales, hoy estudiados meticulosamente por expertos, confirman sin lugar a dudas que la mente maestra detrás de la edificación era Plautilla. La historia fue reescrita por la sociedad, pero los archivos guardaron la verdad.
Si la Villa Benedetta es un fantasma de la historia, la obra más accesible y palpable de Plautilla se encuentra en el corazón de Roma, en la famosa iglesia de San Luigi dei Francesi (San Luis de los franceses), un lugar de peregrinación artística conocido por albergar las inmortales obras maestras de Caravaggio.
En esta iglesia, Plautilla diseñó la Capilla de San Luis, completada en 1677. Es un espacio íntimo y detallado, donde su pericia como pintora y su visión como arquitecta convergen de manera sublime. Realizó el retablo principal, que representa a San Luis IX de Francia entre la Historia y la Fe, y se encargó del diseño y la decoración de todo el entorno, desde los mármoles hasta los estucos, demostrando su completo dominio del espacio y la luz. Esta capilla es una joya del barroco que lleva su firma inconfundible y es prueba irrefutable de su talento y su rol como arquitecta consumada.
La historia de Plautilla Bricci es la de una excepción que confirma la regla brutal de su tiempo. En la Roma barroca, la esfera pública y, por ende, la arquitectura, eran territorios vetados a las mujeres. Los talleres artísticos (botteghe) operaban bajo un sistema gremial patriarcal, y la educación formal en disciplinas como la arquitectura estaba reservada exclusivamente para hombres.
Para que una mujer pudiera desarrollar una carrera, necesitaba cumplir condiciones casi milagrosas: pertenecer a una familia de artistas (su padre y hermano fueron su “taller-universidad”), contar con un protector poderoso (el abad Benedetti fue su escudo social) y, fundamentalmente, mantener la decencia y la fe. Plautilla nunca se casó. Su piedad y su vida monacal la protegieron del escrutinio social, a diferencia de otras artistas como Artemisia Gentileschi, cuya vida personal fue un campo de batalla pública.

Su condición de mujer arquitecta era tan anómala que tuvo que recurrir a la figura legal de la “feme sole” (mujer soltera), lo que le permitía firmar contratos y gestionar propiedades, algo impensable para una mujer casada, que estaba legalmente subordinada a su marido. El principal desafío no era solo social, sino práctico. La arquitectura barroca era una disciplina que requería presencia física en las obras, la gestión de equipos de albañiles y artesanos, y la negociación constante. Plautilla tuvo que navegar este mundo con una destreza diplomática notable, y su autoría a menudo se difuminaba intencionadamente para cumplir con las formas.
Plautilla Bricci no era solo una arquitecta; era una artista completa, una verdadera mujer del Renacimiento que floreció en el Barroco. Su técnica es una síntesis fascinante de sus habilidades como pintora y su comprensión de la escala y el espacio. Su estilo se caracteriza por un uso vibrante del color y una notable sensibilidad hacia la luz, elementos que trasladó con maestría a sus diseños arquitectónicos.
A diferencia del tenebrismo de Caravaggio, Plautilla favorecía una paleta más clara y luminosa, que recuerda a la escuela boloñesa, con fuertes influencias del clasicismo romano. Sus cuadros, como el Martirio de Santa Lucía o el retablo de San Luis, muestran figuras elegantes y una composición clara. En la Capilla de San Luis de los Franceses, su técnica arquitectónica se funde con su visión pictórica. Diseñó el espacio para que la luz natural interactuara con las superficies de mármol y la pintura del retablo, creando una atmósfera de piedad y revelación. No solo diseñaba la forma, sino también la experiencia visual y espiritual del espacio.
Como arquitecta, demostró una comprensión sólida de los principios vitruvianos y de la tratadística de la época. Su visión holística del diseño abarcaba desde el plano general de un edificio hasta el último detalle decorativo, como se evidencia en los contratos donde se especifica que ella es responsable de la “invención” (el diseño) y la “dirección” (la ejecución) de la obra.

Para dimensionar la hazaña de Plautilla, es crucial entender el destino de la mujer promedio en la Roma del siglo XVII. La vida estaba definida por la posición social y, en la mayoría de los casos, confinada al ámbito doméstico. Para las mujeres de clase alta y la pequeña nobleza, el ideal era la matrona, la esposa respetable dedicada a la administración de la casa y la crianza de los hijos. Realizar labores de costura e hilado eran símbolos de virtud femenina, y la educación se limitaba a prepararlas para el matrimonio o el convento.
Las mujeres de clases más bajas, si bien podían trabajar fuera de casa por necesidad, lo hacían en ocupaciones de bajo estatus y peor pagadas que las de los hombres: vendedoras ambulantes, cocineras, parteras o sirvientas. La prostitución y el teatro eran vistos como trabajos deshonrosos. Plautilla Bricci fue una anomalía. Su éxito se debió a esa combinación única de talento excepcional, que le otorgaba ciertas libertades legales que el 99% de sus contemporáneas ni siquiera podían soñar.
Tras la muerte de su hermano Basilio en 1692, Plautilla se mudó al monasterio de Santa Margherita en Trastévere, donde vivió una vida de fe y arte hasta su muerte en 1705. Está sepultada junto a su hermano en la Basílica de Santa María in Trastévere, un lugar destacado dentro de una de las iglesias más antiguas e importantes del histórico barrio romano.
Su historia, recuperada del olvido por el trabajo de investigación y la literatura, obliga a reconsiderar la historia del arte y la arquitectura. Su figura desafía la narrativa de que las mujeres solo podían ser musas o pintoras de naturalezas muertas. La exposición dedicada a ella en la Galería Corsini de Roma, titulada Una rivoluzione silenziosa (Una revolución silenciosa), marcó un hito en su reconocimiento oficial.
Plautilla Bricci no es solo la primera mujer arquitecta de Occidente; es el símbolo de que la historia, a veces, necesita ser reescrita para hacer justicia a aquellos que, en silencio, cambiaron el curso de las cosas. Su legado, ahora visible, nos recuerda que el genio no tiene género y que hay muchas más historias por descubrir, esperando a ser contadas.