Las heladerías de Nueva York ofrecieron a las mujeres un espacio seguro y respetado para cenar solas en el siglo XIX (Imagen Ilustrativa Infobae)

El 28 de agosto de 1900, Rebecca Israel, una mujer educada y bien vestida, intentó cenar sola en el Café Boulevard, uno de los restaurantes más populares de Manhattan. El establecimiento, ubicado en el distrito teatral judío de Nueva York, le negó la entrada bajo la política de no admitir mujeres sin acompañante masculino. Este rechazo, lejos de ser un hecho aislado, reflejaba una norma social extendida que impedía a las mujeres acceder a la gastronomía urbana. Ese día, Israel no logró cenar fuera de su casa.

Durante el siglo XIX, la presencia femenina en restaurantes resultaba inusual y, a menudo, mal vista. Se asumía que una mujer sola podía ser una prostituta, lo que reforzaba las prohibiciones formales e informales para este grupo. Los hombres dominaban estas mesas y los espacios de socialización gastronómica, mientras que las puertas de tabernas, asadores y comedores de lujo permanecieron cerradas para la mayoría de las mujeres.

Con la expansión de las ciudades estadounidenses, muchas mujeres encontraron cada vez más difícil regresar a sus hogares durante la jornada laboral para almorzar. Este cambio impulsó la aparición de las heladerías, establecimientos que ofrecieron un refugio respetable y seguro para ellas. Allí, las mujeres pudieron comer solas, sin comprometer su buena reputación ni exponerse a juicios sociales.

La política de no admitir mujeres sin acompañante masculino en restaurantes reflejaba la discriminación de género en la vida pública urbana (Imagen Ilustrativa Infobae)

El auge de las heladerías y la adaptación a nuevas clientelas

De acuerdo con Atlas Obscura, las primeras heladerías funcionaron como cafés sencillos que ofrecían principalmente helado, pasteles y ostras. Sin embargo, a medida que las mujeres se sintieron cómodas comiendo fuera de casa, estos sitios se transformaron en restaurantes elegantes con menús extensos.

De acuerdo con el historiador Paul Freeman, citado por Atlas Obscura, el menú de una heladería en Nueva York, fechado en 1862, alcanzaba las 57 páginas con platos detallados y servicio cuidado. Esta especialización permitió atraer a una clientela selecta y diferenciada.

Según Cindy Lobel, experta en historia gastronómica, las heladerías optaron por cuidar la decoración y el ambiente para resultar atractivas a las mujeres. Cortinas gruesas, sillones cómodos y chimeneas de mármol ayudaron a replicar la atmósfera de un salón particular. Los anuncios periodísticos de la época subrayaban el carácter refinado y seguro de estos locales como atractivo principal.

El auge de las heladerías permitió a las mujeres de clase alta disfrutar de la gastronomía fuera de casa sin comprometer su reputación (Imagen Ilustrativa Infobae)

El New York Times destacó en 1866 que las heladerías representaban prácticamente el único lugar donde las damas podían ir solas a saciar su apetito. Estos establecimientos aparecieron en masa en los distritos comerciales durante las décadas de 1850 y 1860. Las mujeres de clase alta frecuentaban estos lugares tras una jornada de compras en los grandes almacenes, interesadas tanto en el ambiente como en los productos.

Los grandes hoteles también comenzaron a reservar comedores exclusivos para damas y niños, restringiendo el acceso masculino, salvo que estuvieran acompañados por una mujer. Sin embargo, la falta de espacio y recursos limitó este tipo de opciones solo a ciertos sectores privilegiados de la sociedad.

A diferencia de otros espacios, las heladerías se mantuvieron abiertas tanto a mujeres como a hombres, sin discriminación formal. Buscaban diferenciarse priorizando gustos femeninos en decoración y carta, pero también admitían clientes masculinos. El Times señaló en 1890 que muchas mujeres optaban por platos ligeros, aunque no exclusivamente.

La competencia de cafeterías y nuevos comedores a fines del siglo XIX transformó el papel de las heladerías en la independencia femenina urbana (Imagen Ilustrativa INfobae)

En Nueva York, Taylor’s Saloon alcanzó fama nacional por su tamaño y sofisticación. Según Putnam’s Monthly, se trataba del “restaurante más grande y elegante del mundo” hacia 1853. El local poseía suelos de mármol, frescos en los techos y una fuente central de más de cinco metros. Sobre los mostradores se exhibían esculturas de azúcar, frutas y flores, creando una experiencia sensorial destinada a impresionar.

Este entorno refinado también atrajo a parejas de enamorados y a personajes que buscaban discreción. El New York Times observó que Taylor’s ofrecía oportunidades de encuentro para todo tipo de relaciones, lo que generó tanto entusiasmo como críticas sociales.

Sin embargo, la reputación trasgresora no ahuyentó a las mujeres respetables. Por el contrario, la posibilidad de una mayor autonomía y encuentros sociales diferentes incentivó la popularidad de las heladerías. De acuerdo con el Times, la fama de Taylor’s se mantuvo alta pese a los rumores de encuentros románticos o escandalosos en su interior.

Hacia el final del siglo XIX, la competencia de nuevos comedores y cafeterías modificó el panorama urbano. Las heladerías tradicionales perdieron parte de su exclusividad y adaptaron sus servicios a la clase trabajadora sin perder su importancia histórica. El helado, junto a estos establecimientos, permitió que las mujeres estadounidenses pudieran elegir dónde y con quién compartir una comida en la ciudad.