
Definir a David Bowie lo limita, pero aquí va un intento. Transformó y se transformó a lo largo de cinco décadas, en 26 discos de estudio que operan como testimonio de cada uno de sus períodos de mutación. “Camaleónico” es un adjetivo que surge inmediatamente, aunque no alcanza.
En los años 60 del siglo XX, alcanzó notoriedad gracias a su capacidad para adoptar personalidades distintas y probar géneros variados. Creció en un suburbio londinense carente de recursos, ambiente donde jamás llegó a sentirse parte. Su inclinación por lo artístico superó cualquier otra vía y lo llevó a formarse en mimo con el bailarín y actor Lindsay Kemp, además de buscar inspiración en artistas como el comediante Anthony Newley y el cantautor Jacques Brel. Estas referencias pretenden reafirmar una imagen de su obra: aunque proyectaba la imagen de un “Gran Artista” fascinado por el potencial creativo del rock, en esencia elegía la variedad de las artes porque le ofrecía mayor libertad que cualquier alternativa explorada. Tal vez eso explique, un poco aunque sea, quién fue David Bowie.
Después, claro, están sus canciones. Esta es una selección arbitraria de 6 temas que, década por década, sirven para entender esos caminos de transformación.
Space Oddity (1969)
Esta canción en los días de julio de 1969 cuando el mundo estaba conmocionado por la llegada del hombre a la Luna, es una historia sobre un astronauta ficticio -el “Major Tom”, tal vez antecedente del “Capitán Beto” de Luis Alberto Spinetta-. Melancólica y sugerente, su sonido se aleja del music hall del fallido álbum debut hacia un tipo de folk psicodélico que recién alumbraba en el Reino Unido. Como tal, fue una de las composiciones musicalmente más complejas que jamás haya escrito. Y no solo fue el tema que catapultó su carrera, sino que también ha sido, tal vez, su canción más influyente de todos los tiempos.
Bowie contó en una entrevista en 2003 que se inspiró al ver la película 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick, admitiendo que estaba muy drogado cuando fue a verla varias veces, y que fue ahí donde finalmente encontró el flujo para componer la canción. A lo largo de los 5 minutos 18 segundos que dura, narra la experiencia de un astronauta que pierde contacto con la Tierra tras completar su órbita y queda a la deriva en el espacio. Bowie alterna las voces (su voz) hasta asumirse como el mismísmo Mayor Tom. Reinventándose: esa profunda desconexión con el resto del mundo que concluye con la sentencia “Y no hay nada que yo pueda hacer”. Deja que su propio destino tome el curso final de su vida. Como es tan usual de escuchar ahora: icónica.
Life on Mars (1971)
Otra canción de la nutrida colección “espacial” de Bowie, fue publicada como single del álbum Hunky Dory, solo dos años después del aterrizaje del Apolo 11 en la Luna. A pesar de su apariencia de balada, impulsada por un piano ornamentado y un delicado acompañamiento orquestal, encierra un universo de intensa emoción y belleza singular en apenas cuatro minutos de música pop. Inicia con el piano y la voz de Bowie, desarrollando progresiones armónicas cada vez más sofisticadas que intensifican la tensión hasta desembocar en un estribillo de corte cinematográfico.
Aunque la melodía resulta cadenciosa y casi inofensiva, la letra se adentra en la exploración de la mente humana, provocando una reflexión sobre política, corrupción, percepción, realidad, concepción y existencia. Frente a la dificultad de definir qué es exactamente, resulta más sencillo precisar lo que no es: bajo su disfraz de inocente canción de amor, plantea interrogantes sin ofrecer soluciones y evita cualquier tipo de respuesta evidente. Así era Bowie, por cierto.
Let’s dance (1983)
La colaboración con Nile Rodgers -el rey del funk como guitarrista y compositor de Chic– que marcó el ingreso de lleno de Bowie en los años 80, es una de las mejores canciones bailables de todos los tiempos (al final y al cabo, eso es lo que pide: “Bailemos”) con una intro brillante que -podemos intuir, casi asegurar, no hace falta ser un erudito- se tomó prestada de la progresión vocal original de Los Beatles en “Twist and Shout”. Dura 7.37 minutos, una pequeña transgresión para la música pop pero a la vez, coherente con su objetivo de llegar a las discotecas.
Eso mismo, su carácter extenso y enérgico permitió que por segunda vez en su historia, Bowie alcanzara el número uno en las listas estadounidenses. Casi ocho años después de la primera (“Fame”, en 1975), repitió la fórmula de sumergirse en el soul y la música de club, apostando por un sonido funky de largo aliento. En el medio, un electrizante solo de guitarra cortesía de Jimmy Ray Vaughan, nada menos. Con todo eso junto, la canción es una especie de milagro. es una especie de milagro. El ritmo es ligeramente irregular, pero también es colosal. Rodgers toca sus rasgueos de guitarra con eco mientras una línea de bajo gigantesca y divertida murmura debajo de él. La letra es una invitación a bailar, pero el cantor la declama con su tono de solemne barítono (cortesía de la casa). Única e irrepetible.
The Hearts Filthy Lesson (1995)
Viaje directo a los filosos años 90 de Pixies, Nirvana, Nine Inch Nails y también de la película Seven y la serie Twin Peaks. Y ahí estaba él otra vez. Esta canción de alguna forma representa ese tiempo y esa increíble capacidad suya para sintonizar con el clima de época. Publicada como primer single de Outside, un disco con pretensiones de “conceptual”, que cuenta de manera no lineal, la investigación del asesinato de una adolescente en un pueblo ficticio de New Jersey, por parte de un detective llamado Nathan Adler (un alter ego de Bowie). Subyacente, la canción (y el disco) muestras las nuevas ropas del emperador: paisajes sonoros densos e industriales, ritmos marcados y samples encuadrados dentro de ciertos toques de art rock, música industrial, jazz, electrónica y ambient.
La canción, que juguetea con la idea de los asesinatos con fines rituales, tuvo un particular destino: fue utilizada para musicalizar los créditos finales de Seven, la emblemática película de David Fincher estrenada justamente en ese 1995. Y otro detalle de color audiovisual: el video, dirigido por Sam Bayer (autor de “Smells like teen spirit” de Nirvana), muestra a un Bowie frenético, con los ojos delineados, acupuntura y artistas cortando partes del cuerpo y ensamblando una figura de minotauro. Imágenes inquietantes y poderosas que remiten al “arte de la sangre y las vísceras” del austríaco Hermann Nitsch.
New Killer Star (2003)
El tema de apertura, una marcha victoriosa de rock de dientes apretados, es el primer single del álbum Reality, el disco que lo metió de lleno en un siglo XXI que recién amanecía. “Supongo que es una pieza impresionista, y a la vez positiva: por la forma en que lo he escrito, proviene de tener toda esta unidad familiar y de tener una hija de tres años”, declaró en aquel momento, cuando el mundo había cambiado después de los atentados del 11/9 de 2001. De hecho, las primeras líneas de la letra ofrecen una poética figura del horror. “Mira la gran estrella blanca/Sobre Battery Park” evoca instantáneamente a las nubes de polvo y la devastación del sitio donde antes se encontraba el World Trade Center con sus torres gemelas.
Por cierto, vuelve a aparecer la palabra “star” (estrella), tal como ya había sucedido en “The Prettiest Star”, “Starman”, “Lady Stardust”, “Star”, “Ziggy Stardust” y “Shining Star (Makin’ My Love)”. Y el ‘New Killer’ del título es un juego de palabras con la pronunciación estadounidense de ‘nuclear’, que se escuchaba con frecuencia en aquella época por parte del entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush. El videoclip, dirigido por Brumby Boylston, de manera inusual no cuenta con la presencia de Bowie, sino que incluye una serie de imágenes de estilo años 50 presentadas de manera lenticular. Entre ellas la un astronauta dormido (¿El Major Tom?) cuyo despertar de último minuto evita una colisión con la Tierra.
Blackstar (2016)
El canto de cisne, oscuro y profundamente reflexivo. La canción que da nombre al último disco publicado en vida -el 8 de enero de 2016, cuando cumplía 69 años, dos días antes de su muerte- dura casi 10 minutos (curiosidad estadística: es la segunda canción más larga de su historia, después de “Station to Station”) y es una especie de autoepitafio: solo él sabía que se trataba de eso. Radical en su concepción art-rock y jazz de vanguardia, con un ritmo quebrado de drum’n’bass, suena a despedida en la voz grave de su protagonista.
Fue concebida desde el principio como dos secciones (“una suite en dos partes más que dos canciones diferentes”, según recordó el tecladista Jason Lindner) que serían unidas en el estudio con “una parte central libre”, de acuerdo con los correos electrónicos de Bowie a la banda. El guitarrista Ben Monder recordó las instrucciones de Bowie: “‘Vamos a hacer una sección y se va a disolver y transformar en la siguiente sección’, que es más como una canción pop, ‘luego va a volver a transformarse en la parte original pero con un ritmo más fuerte’”.
Todo suena inquietantemente premonitorio y así se mantiene, diez años después. Su voz pasa de un grito distorsionado digitalmente al inconfundible falsete elevado. “Algo sucedió el día que él murió / El espíritu se elevó un metro y luego se hizo a un lado / Alguien más ocupó su lugar y, valientemente, gritó / ‘Soy una estrella negra, soy la estrella de una estrella, soy una estrella negra.’” Pasadas 48 horas de que el mundo oía estas palabras, David Bowie murió y esta canción, se convirtió en su discurso de despedida.