Los protagonistas de la nueva

Nunca pensé escribir esto pero 50 sombras de Grey es un buen libro: es auténtico, no pretende nada más de lo que cuenta y lo hace bien. Escenas de alto contenido sexual que cumplen su función al gestar en miles de lectoras alrededor del mundo una mirada diferente sobre la pornografìa y la autogestión del placer. Nosotras también podemos escribir porno. Y leerlo, y disfrutarlo. A la vista de la nueva versión cinematográfica de Cumbres borrascosas parece ser que la directora consumió 50 sombras de Grey y quiso hacer lo propio en su extremadamente libre interpretación de una de las novelas acerca de las relaciones amorosas más inolvidables que se hayan escrito. Y no le sale nada bien.

Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, es una novela acerca de la obsesión, la venganza y la exclusión social escrita en el mejor estilo gótico de voces, paisajes escabrosos, fantasmas y frustración. Narrada de manera compleja por un inquilino, Lockwood, y el ama de llaves Nelly Dean, la historia se cuenta de manera fragmentada y estas miradas desde la periferia producen incertidumbre, mientras que la prosa concisa y lírica y los motivos recurrentes -casas, páramos, fantasmas y los dobles representados en las diferentes generaciones- hacen que la pasión sea legible no tanto como fuerza emocional sino como mecanismo de opresión social.

Los páramos funcionan como un paisaje moral sublime, y la novela transforma esos hilos conceptuales góticos en sondeos sobre la clase, el género y la ética de la posesión: la fusión de amor y dominación de Heathcliff y Catherine engendra una ruina cíclica en lugar de la redención. El fracaso de su amor, la imposibilidad de consumarlo en una relación aceptada socialmente resulta en que nadie, pero nadie es feliz.

El pulso del tiempo de Emily Brontë anticipa las preocupaciones modernas por la subjetividad y la lucha del deseo propio frente a las restricciones impuestas por la sociedad. Heathcliff y Catherine no son simplemente amantes frustrados; son motores cuya pasión impulsa una cascada de cuestionamiento social y ético a través de generaciones. El poder de la novela deriva de ambigüedades sostenidas: quién es la víctima, quién es el perpetrador; cuándo el apego se convierte en posesión; ¿cómo el paisaje mismo hace legibles los estados interiores? Estas no son ocasiones para la exhibición erótica, sino fuentes de inquietud existencial.

Jacob Elordi es un Heathcliff desvirtuado.

¿Hay algo de todo esto en la última adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas de Emerald Fenell? Pues no. Claramente la directora hubiera querido escribir o dirigir 50 sombras de Grey (O para el caso Bridgerton, otro claro ejemplo de honestidad intelectual, que no pretende otra cosa que lo que bien logra hacer) y en un desparpajo de estilo rococó brillante y totalmente alejado de la estética de la novela, llega con una clara ambición comercial: traducir la grave y ambigua novela de Emily Brontë a un cine de efecto inmediato y búsqueda erótica. Ella misma comentó en una entrevista en The Guardian: “Hay una enorme cantidad de sadomasoquismo en este libro”. Y vaya si lo logra: el lenguaje del drama erótico en esta versión cinematográfica es impecable: primeros planos íntimos (el abuso de su lengua que tuvo que hacer el pobre Elordi), contacto coreografiado y un diseño de sonido que acentúa la inmediatez y, por sobre la densa red de causas y consecuencias de la novela, reduce la historia a una serie de momentos intensos. El resultado es un Heathcliff y una Catherine que son nuevas versiones de Christian y Anastasia mas que las figuras históricamente fundamentadas y moralmente ambivalentes que Brontë creó.

En la novela, la ferocidad de Heathcliff es inseparable de las violencias sociales que lo crearon: el desprecio de clase, las insinuaciones racistas y las estructuras legales que le impiden acceso a la propiedad o al ascenso social. Las decisiones de Catherine están entrelazadas con las limitaciones de sus circunstancias y la economía de género de la época. La insistencia de la película en la química erótica a menudo deja de lado estos contextos.

Cuando aparecen la coacción, la venganza o la crueldad, se estilizan como parte de un cuadro apasionado en lugar de cuestionarse como fuerzas éticas o sociales. De este modo, la adaptación reduce la ambigüedad moral a la emoción de los personajes, invitando a la simpatía sin exigir responsabilidad. En esto se parece mucho a lo que hizo Guillermo del Toro con Frankenstein. Pareciera ser que estamos en una “era Disneylandia” en la que todo tiene que ser tamizado para no herir susceptibilidades o peor, debemos asistir sin cuestionar a los delirios, traumas de infancia, fantasías sexuales o simplemente caprichos de directores que, con todo el dinero del mundo, se apropian de textos fundamentales de la literatura universal para hacerles decir lo que ellos consideran que tendrían que haber dicho.

El encuadre no lineal de Brontë —la narración mediada de Lockwood y las repercusiones generacionales— es fundamental para la forma en que la novela transmite la inevitabilidad y la insistente fuerza de los mandatos. El cine, por necesidad muchas veces comprime y ordena la cronología , pero la última adaptación elige una compresión que favorece el avance del argumento de contratapa de bestseller por sobre las infinitas capas de la historia que se cuenta. El aplanamiento temporal aumenta la accesibilidad, pero sacrifica la lenta revelación de la causa de la novela, y hace que la tragedia sea meramente sensacionalista.

Los páramos de Brontë no son solo el escenario, sino también la atmósfera moral: el paisaje exterioriza la brutalidad del deseo y el aislamiento de los personajes. En la novela, la oscuridad, el clima siempre adverso, la falta de colores en lo diario no solo reflejan sino que alimentan esa oscuridad del alma. Todo esto se pierde en la película que exagera en telones de fondo eróticos y reduce la frecuencia de los páramos a un cuadro romántico que sirve de apoyo a los cuerpos y las miradas.

Acuerdos básicos

Todos tendríamos que estar de acuerdo en dos o tres cosas a la hora de adaptar un clásico. Tal vez una de ellas debiera ser respetar los hilos conductores de la trama, que se haga visible de la manera que los directores y su arte decidan. Una responsabilidad fundamental al adaptar a Brontë es mantener el cuestionamiento del poder entre géneros y clases. El lenguaje erótico moderno de la película de Emerald Fenell borra toda la ecuación del deseo vs el deber ser e invita con demasiada frecuencia a la complicidad al suavizar la incomodidad, la frustraciòn, el dolor y la angustia con glamour. Al poner en primer plano el espectáculo, la película disminuye drásticamente la insistencia del libro que las relaciones humanas son complejas cuanto más atravesadas están por los constructos sociales, las ideas religiosas y las premisas legales que intervienen en la vida privada.

Emily Brontë, la autora de

Emily Brontë, nació el 30 de julio de 1818, el mismo año en que Mary Shelley, con 18 años, publicó Frankenstein. Escribió Cumbres borrascosas a mediados de la década de 1840, por lo que tenía entre 26 y 27 años cuando la creó y 29 cuando se publicó en diciembre de 1847. La firmó bajo el seudónimo masculino “Ellis Bell” porque por su condición de mujer no le estaba permitido publicar. La recepción crítica en su momento fue en gran medida hostil y escandalosa: los críticos condenaron la crudeza, la ambigüedad moral y la pasión violenta de la novela, calificando a sus personajes de antinaturales o brutales y objetando su falta de moralismo convencional. Los defensores eran escasos hasta que la influyente nota biográfica y el trabajo editorial de su hermana Charlotte Brontë para la edición póstuma de 1850 ayudaron a rehabilitar la reputación de Emily. Desde ese momento, los críticos y lectores comenzaron a reconocer la originalidad y el poder psicológico de la novela. Mucho de eso lo cuenta de manera brillante Laura Ramos en su precioso Infernales: la hermandad Brontë.

Es por lo menos extraño que 179 años más tarde tenga que ser una mujer la que retroceda 179 años. En otra entrevista para Elle Emerald Fenell aseguró: “No puedo decir que estoy haciendo Cumbres borrascosas. No es posible”. Claramente no lo hizo, una pena que le haya puesto el mismo nombre.