Célebre autorretrato del escritor mexicano Juan Rulfo, de cuya muerte se cumplen 40 años

Juan Rulfo (16 de mayo de 1917-7 de enero de 1986) publicó poco. Muy poco. Dos libros bastaron para fundar una de las obras más influyentes de la literatura latinoamericana del siglo XX. En una época que premia la productividad constante, la visibilidad permanente y la opinión inmediata, esa economía extrema parece hoy un gesto casi subversivo. Pero el silencio posterior de Rulfo no fue un vacío: fue la consecuencia de haber dicho todo lo que tenía para decir.

Durante décadas, Pedro Páramo fue leída bajo el cómodo rótulo del realismo mágico. Fantasmas, voces que hablan desde la muerte, un pueblo suspendido en el tiempo. Sin embargo, en la novela de Rulfo no hay hechizos ni maravillas: hay tierras robadas, caciques impunes, padres ausentes y una violencia que no necesita explicaciones sobrenaturales para volverse insoportable. Los muertos hablan porque en vida nadie los escuchó.

El silencio como decisión estética

El mito del Rulfo bloqueado persiste, pero resiste mal la lectura atenta de su obra. No dejó de escribir porque no pudiera hacerlo, sino porque ya había llegado al núcleo de su mundo literario. No le interesaba repetirse ni convertirse en administrador de un estilo exitoso. Escribir, para él, no era producir sino escuchar. “Yo escribo lo que oigo”, dijo alguna vez: no lo que invento, no lo que imagino, sino lo que permanece como eco.

Ese oído literario se entrenó en la escasez. En El llano en llamas, un personaje condensa una experiencia colectiva con una frase mínima, casi administrativa:

“Nos han dado la tierra.”

No hace falta explicar nada más. La tierra entregada es estéril, inhabitable, inútil. La tragedia está completa en esas cuatro palabras. Rulfo nunca explica de más porque entiende que el exceso es una forma de falsificación.

'Pedro Páramo', la obra cumbre de Juan Rulfo, enfoca la violencia, el caciquismo y la desolación del México rural posrevolución

Un mundo sin magia

Asociar a Rulfo con el realismo mágico es una forma de neutralizarlo. Pedro Páramo se abre sin misterio ni encantamiento:

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.”

Lo que impulsa la novela no es la maravilla, sino la deuda: la búsqueda del padre, la orfandad, la promesa incumplida. Comala no es un pueblo mítico, sino un territorio devastado por la violencia histórica. El propio narrador lo advierte:

“Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno.”

No hay magia en ese infierno. Hay despojo, caciquismo, abuso de poder. Pedro Páramo no es una figura fantástica: es un terrateniente reconocible, producto del México rural posterior a la Revolución, donde la promesa de justicia social se diluyó en la concentración de tierras y en la impunidad local.

Cuando alguien dice en la novela:

“Aquí no hay más que muertos,”

no está describiendo un prodigio, sino una consecuencia. Rulfo no inventa fantasmas: registra lo que queda cuando la historia arrasa con los vivos.

El lenguaje de Rulfo, breve y cargado de silencios, refleja la aridez de los paisajes y la resignación de sus protagonistas

Violencia sin épica

Tanto en El llano en llamas como en Pedro Páramo, la violencia aparece sin adornos ni moralejas. No hay aprendizaje, no hay redención. En “Diles que no me maten”, la súplica desesperada resume una vida entera atravesada por la culpa y el miedo:

“Diles que no me maten, Justino.”

La frase se repite como un eco inútil. La violencia llega tarde, como casi todo en Rulfo. No enseña ni purifica: persiste.

En “Talpa”, el destino se enuncia con la misma sequedad:

“Yo sabía que a Tanilo Santos se le iba acabando la vida.”

Saber no implica poder evitar. Ese es uno de los núcleos más perturbadores de su literatura: la conciencia no salva, el arrepentimiento no corrige, el daño ya está hecho.

El campesino rulfiano no es héroe ni emblema identitario. No hay folclore ni exaltación de lo popular. El campo no aparece como origen ni refugio, sino como callejón sin salida.

Una fotografía de Juan Rulfo que transmite las características de su obra literaria

Decir poco para decir más

La economía de Rulfo no es solo cuantitativa, sino formal. Frases breves, diálogos cortados, repeticiones mínimas, silencios que pesan más que las palabras. El lenguaje parece tan erosionado como el paisaje que describe. En Pedro Páramo, una de sus frases más citadas condensa esa poética:

“El ruido de tus pasos me despertó.”

Una línea mínima que abre un mundo entero: presencia, memoria, regreso, muerte. Nada sobra. Nada se explica.

Rulfo escribe como si supiera que hablar de más sería una forma de traición a sus personajes. Por eso su obra envejece mejor que muchas narrativas expansivas: no depende de la coyuntura ni de la moda estilística, sino de una experiencia humana elemental.

Un autor del presente

Leer a Rulfo hoy no es un ejercicio nostálgico. Su mundo dialoga con debates contemporáneos: la violencia estructural, el abandono estatal, las comunidades desplazadas, las voces expulsadas del relato oficial. Cuando uno de sus personajes confiesa:

“Se me fue formando un nudo en la garganta,”

No habla solo por sí mismo. Habla por generaciones enteras.

En una época saturada de discursos, Rulfo sigue imponiendo una lección incómoda: a veces, decir menos es la única forma de decir la verdad. No escribió poco. Escribió lo justo. Y todavía alcanza.