El cine brasileño vive un momento de auge. El Oscar 2025 para Aún estoy aquí, una historia familiar sobre hechos reales ocurridos en tiempos de la dictadura militar que gobernó el país-continente entre 1964-1985 (21 años, no es poco) fue el impulso. La triunfal trayectoria por festivales y premiaciones varias -premiada en Cannes, ahora con cuatro nominaciones al Oscar 2026 que incluyen las ligas mayores de “mejor película” y “mejor actor”- que lleva ahora a El agente secreto, dirigida por Kleber Mendonça Filho, potencia la sensación.
Subyacente, detrás de cada película -cada uno en su estilo, la de Walter Salles estilizada y emotiva; la de Mendonça Filho potente e inquietante-, emerge la historia y la memoria de un tiempo que Brasil parecía haber dejado atrás pero que, recientes vaivenes políticos mediante (el clásico Bolsonaro-Lula por reducirlos brutalmente), ha vuelto en forma de mirada retrospectiva que intenta saldar cuentas con el pasado. A través de dos películas cuyos éxitos en festivales y premiaciones se viven en un país futbolero, como si se trata de triunfos futboleros precisamente, el fenómeno cultural cobra relevancia masiva. Y proyecta sus implicancias hacia la industria cinematográfica global.
En términos de relevancia e impacto camino al Oscar, hay también entre ambas películas, diferencias. Tras su lanzamiento en el Festival de Cannes en mayo de 2025, El Agente Secreto expandió su presencia durante ocho meses en certámenes internacionales, campañas de promoción y galas de premiación: ya reunió distinciones de influyentes asociaciones de críticos estadounidenses, como el New York Film Critics Circle, la Los Angeles Film Critics Association y el National Board of Review.
Previo a la gala de los Globos de Oro, celebrada el 11 de enero, la película ya sumaba 54 trofeos obtenidos en 35 eventos, entre ellos los reconocimientos a “mejor director” y “mejor actor” en Cannes. Para el mismo tiempo, la obra de Walter Salles había cosechado 17 galardones en 12 festivales, tanto en Brasil como en el exterior. El triunfo de El Agente Secreto en los Globos de Oro —“mejor película en lengua no inglesa” y “mejor actor en película dramática” para Wagner Moura— marcó un hito al ser el primer filme brasileño en recibir dos estatuillas en la misma edición.
De qué se trata ‘El agente secreto’
Con un enfoque que privilegia los recursos y excesos propios de los géneros populares, El agente secreto explora un período oscuro de la historia brasileña reciente -está ambientada en Recife, la gran ciudad del nordeste brasileño, en 1977 en los días posteriores al carnaval- pero elude la mirada del thriller político tradicional, y utiliza elementos como pantallas partidas, toques de gore -la presencia de una “pierna asesina” que acecha-, secuencias musicales y constantes guiños a la cultura popular de aquel tiempo.
La película, que se presenta como un extenso retrato de época, introduce múltiples personajes y subtramas, muchas veces sin aclarar de inmediato las motivaciones ni los objetivos de cada uno, y alterna escenas de la vida cotidiana con situaciones de tensión. El relato se despliega en una Recife filmada con la precisión de quién nació en esa ciudad, donde Mendonça Filho incorpora influencias en el filo político de Costa-Gavras, el tono paranoico de La conversación de Francis Ford Coppola o Contacto en Francia de William Friedkin, e incluso John Carpenter y más acá en el tiempo, Quentin Tarantino.

El realizador, como puede presuponerse, es un gran cinéfilo. No en vano, buena parte de la historia tiene como punto de partida (y llegada, no voy a spoilear), una sala de cine y se ubica en el tiempo de auge de Tiburón, la película de Steven Spielberg. Pero todo sucede en un clima tropical, propio de Recife: los rostros, la vestimenta, el paisaje la convierten, a pesar de todas las referencias, en una película inocultablemente brasileña.
La historia se puede contar así. Marcelo (Wagner Moura, el mismo de Narcos y Civil War, ahora un actor de moda para Hollywood), cuya verdadera identidad permanece incierta, regresa a Recife con el propósito de reconectar con su hijo e investigar cuestiones familiares relacionadas con su madre y esposa. La atmósfera de sospecha permanente se refuerza con la aparición de subtramas, desde la desaparición de una mujer a la presencia de un sobreviviente del Holocausto (cameo póstumo del actor alemán Udo Kier, por cierto).
El flashback que se toma como licencia narrativa, a su vez, viaja hasta el presente donde estudiantes universitarias reconstruyen la historia mediante grabaciones y diarios de la época. Con todos esos ingredientes narrativos y estéticos, la película -que se estrenará en Argentina el 26 de febrero– está preparada para hacer historia.