El sector pesquero de Tailandia se enfrenta a una presión creciente, ya que la escasez de diésel y el aumento de los precios del combustible amenazan con mantener a muchos buques pesqueros en puerto durante las próximas semanas (NYT)

La crisis en Medio Oriente obliga a los gobiernos regionales a buscar el delicado balance entre comprar combustible en dólares y trasladar lo menos posible el incremento de precios a la población. En toda Asia, los países que ya eran vulnerables a la interrupción sostenida de los suministros energéticos procedentes del golfo Pérsico se enfrentan ahora a un ominoso efecto secundario. Sus divisas están siendo asfixiadas por un dólar cuyo valor aumenta.

La guerra en Medio Oriente prácticamente ha detenido el petróleo y el gas que viajan a través del estrecho de Ormuz, un angosto pasaje que se ha convertido en el cuello de botella más peligroso del mundo. Los combates han puesto de manifiesto un segundo doloroso punto de congestión. Alrededor del 90 por ciento del comercio internacional de mercancías –incluidos el petróleo y el gas cuyo precio se está disparando– utiliza la divisa estadounidense.

Y como suele ocurrir en tiempos de agitación mundial, los inversionistas están sacando dinero de las regiones de mayor riesgo para ponerlo en activos estadounidenses. Eso está haciendo subir el dólar, que se acerca a su nivel más alto frente a las divisas asiáticas en las últimas dos décadas. El resultado es que muchas divisas se están debilitando justo cuando más se necesita de su poder adquisitivo. El efecto combinado de estas presiones ha debilitado las economías de toda Asia, donde algunos costos energéticos locales son incluso superiores a los precios de referencia mundiales y los inversionistas bursátiles están huyendo.

El lunes, el principal índice bursátil de India perdió un 2,5 por ciento de su valor horas antes de que el presidente Donald Trump anunciara un aplazamiento de cinco días en su plan de bombardear la infraestructura energética de Irán, tras haber caído casi un 13 por ciento desde que comenzó la guerra. Esas pérdidas bursátiles han sacado dinero de India, presionando a la baja su divisa, la rupia. La divisa surcoreana, el won, acababa de igualar su tipo de cambio más bajo frente al dólar, por primera vez desde la crisis financiera mundial de 2008.Ambos países han experimentado cierto alivio de la tensión financiera en los últimos días, enfocados en las señales de que Trump busca una salida a la guerra. Pero se han afianzado riesgos más profundos.

El lunes, varias personas hacían cola para repostar en una gasolinera de Ahmedabad, en la India (REUTERS)

En Filipinas, el aumento de los precios del petróleo y el debilitamiento del peso filipino representan un “doble golpe que duplicará la inflación en los próximos meses, afectando con mayor dureza a millones de familias filipinas pobres”, dijo el viernes la Fundación IBON, un grupo de investigación económica. El presidente del país, Ferdinand Marcos Jr., declaró el martes unaemergencia energética nacional. Filipinas importa el 90 por ciento de su petróleo de Medio Oriente. En Corea del Sur, el presidente Lee Jae Myung inició el martes una campaña nacional de ahorro energético. Casi el 70 por ciento del suministro de crudo de ese país pasa por el estrecho de Ormuz.

El mundo entero lucha contra la nueva escasez de petróleo, que los analistas consideran peor que las crisis de la década de 1970. Incluso en Estados Unidos, que se convirtió en exportador neto de energía durante el auge del gas de esquisto, el precio promedio del galón de gasolina ha subido a 3,98 dólares, más de un dólar más alto que antes de la guerra.

Compárese con lo que está ocurriendo en Asia. En primer lugar, la escasez de suministro es peor. El precio del barril de crudo Brent negociado a través del océano Atlántico ronda ahora los 100 dólares, frente a los 70 dólares de hace un mes. Pero como los países asiáticos compran gran parte de su petróleo a Medio Oriente, la intensa demanda ante una oferta repentinamente menor ha hecho subir aún más los precios. El segundo golpe se produce cuando esos precios se convierten en divisas que se debilitan frente al dólar. La rupia india se ha estado debilitando durante el último año, incluso cuando el propio dólar se depreciaba frente a la mayoría de las divisas. Un dólar cuesta ahora 93,2 rupias, un 8 por ciento más que hace un año.

Así que los compradores indios ahora deben pagar 14.748 rupias para tener exactamente la misma cantidad de energía que obtenían por 6087 un año antes de la guerra. “Que suba el precio del petróleo cuando sus tipos de cambio ya son débiles es doblemente doloroso”, dijo Kenneth Rogoff, economista de Harvard.

El precio del barril de crudo Brent negociado a través del océano Atlántico ronda ahora los 100 dólares, frente a los 70 dólares de hace un mes (EFE)

Gastar tanto en un producto esencial es una fría realidad en toda Asia. Los conductores de camiones tailandeses, por ejemplo, han dicho que carecen de diesel, que al igual que la gasolina se refina a partir del crudo y ha subido de precio, para llevar y traer mercancías de los puertos.

La moneda de cualquier país que gaste más en bienes importados mientras gana menos con las exportaciones está perdiendo valor ante el resto del mundo. Y cuando los inversionistas ansiosos desplazan su capital -a menudo hacia el dólar, tradicionalmente el depósito de valor más seguro- eso deprecia aún más la moneda en apuros. La divisa tailandesa, el baht, había iniciado el año con más fuerza que la rupia india. Pero rápidamente ha caído a un mínimo de 10 meses, y se espera que siga hundiéndose mientras dure la guerra.

Las industrias del turismo y de exportación de Tailandia suelen beneficiarse de un baht débil. Sin embargo, esta vez el nerviosismo por los viajes en todo el mundo ha provocado la cancelación de vacaciones.La pregunta para los gobiernos nerviosos pasa a ser: ¿cuál es la mejor manera de distribuir el golpe? Las compensaciones abundan.

Jahangir Aziz, economista de JPMorgan Chase en Nueva York, dijo que para cualquier país “la pregunta es: ¿cómo quieres absorber el impacto?”. Los gobiernos y los bancos centrales deben tomar decisiones que acaban determinando quién se perjudica más. Por un lado, el banco central de un país podría quedarse de brazos cruzados y dejar que el valor de la moneda se contraiga. Entonces, las importaciones del país se encarecen, pero sus exportaciones se abaratan. Las exportaciones más baratas ayudan a algunas empresas locales, y los trabajadores que ganan dólares en el extranjero pueden enviar más a casa en remesas para apoyar la economía nacional.

Sin embargo, las importaciones más costosas hacen que los hogares y los consumidores de un país deban soportar precios más altos. Y eso puede desestabilizar la sociedad e incluso derrocar gobiernos. Bangladesh y Sri Lanka derrocaron dinastías políticas durante crisis financieras recientes. La crisis monetaria asiática de 1997 acabó con una autocracia de 31 años en Indonesia. Cuando un gobierno se propone defender su moneda del aumento del dólar, dijo Aziz, se enfrenta a una dura elección: “La única forma de hacerlo es gastando grandes cantidades de reservas de divisas, o dejar que suban las tasas de interés”.

Varias personas esperan junto a sus autorickshaws en una cola para repostar en una gasolinera, debido a la preocupación por el suministro de combustible en medio del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, en Colombo (Sri Lanka) (REUTERS/Thilina Kaluthotage)

La crisis que afecta hoy a los países no se parece en nada a la crisis monetaria asiática, dijo Aziz, en parte debido a las lecciones aprendidas entonces. Ahora se permite la flotación de los tipos de cambio, lo que significa que el valor de las divisas fluctúa en sincronía con la oferta y la demanda. Y los países han acumulado grandes reservas de dólares y otros activos extranjeros que pueden utilizar en momentos como este. Los gobiernos también han empezado a recortar el gasto, realizando cientos de ajustes pequeños y grandes para reorientar el dinero. Los países han ordenado a los empleados públicos que trabajen desde casa, por ejemplo, y han impuesto racionamientos de combustible.

El banco Maybank Philippines publicó el lunes un informe en el que afirmaba que era crucial vigilar cómo “responden las autoridades al aumento de los costos del combustible, que podría influir en las expectativas de inflación y en la estabilidad de la moneda”. Ni siquiera los gobiernos de los países más ricos de Asia tendrán recursos para librar a sus ciudadanos de todos los impactos si esta contracción persiste.

El ministro de finanzas de Corea del Sur, Koo Yun-cheol, advirtió el domingo que el petróleo caro y la debilidad del won harían subir los precios en general. Los agricultores coreanos que necesitan calefacción para cultivar tomates, mandarinas y pimientos en invernaderos ya se habían empezado a quejar del aumento de los precios del combustible. Aun así, Koo prometió mantener precios tope en gasolina, diesel y el queroseno para calefacción, costos que afectan directamente a los votantes comunes. También prometió congelar los precios de los servicios públicos y subvencionar algunos bienes de consumo.

Se espera que un enfoque mixto como este caracterice las respuestas de todos estos gobiernos durante muchos meses, incluso si la guerra termina pronto. El primer ministro indio, Narendra Modi, había evitado hablar de la crisis con el Parlamento de su país, hasta el lunes, cuando anunció que la situación era grave pero estaba bajo control. Los indios la afrontarían, dijo, como hicieron con la pandemia de covid.

El primer ministro indio, Narendra Modi (Reuters)

Rogoff, de Harvard, dijo que el dolor soportado por Asia este año probablemente haría menos atractivo al dólar en el futuro.“Cualquier cosa que ponga obstáculos al comercio mundial y cree fracturas geopolíticas es mala para una moneda que pretende dominar al mundo entero”, dijo.

Pero la necesidad del momento en toda Asia es conseguir suficientes divisas fuertes para comprar la energía que se necesita urgentemente. El futuro del papel del dólar, dijo Rogoff, se responderá más adelante con una pregunta “sobre la confianza en Estados Unidos: ¿Sigue siendo un refugio seguro y un socio seguro?”.

© The New York Times 2026.