Fue un desahogo para Vélez. No hay otro contexto ideal para cambiar la cara, volver a ser el que fue el año pasado e, incluso, potenciarse de la mano de Guillermo Barros Schelotto. Así se entendió en la tribuna y en el campo el agónico triunfo sobre Peñarol, en el debut por la Copa Libertadores. Explotó el José Amalfitani. Con empuje, sacrificio y el aporte de los chicos Maher Carrizo y Álvaro Montoro, revirtió el desarrollo y se impuso 2-1, después de que Leo Fernández había abierto la cuenta para la visita. Una noche que puede significar un punto de inflexión en el trabajo y la tranquilidad.
Es ineludible no volver al pasado no bien se enfrentan fortineros y carboneros. Cualquiera fuere el contexto deportivo, pero aquella imagen se potencia al sentir el ambiente copero. Máxime, si el desarrollo sobre el césped de Liniers, donde habita un amargo recuerdo. Copa 2011, el penal en los pies de Santiago Silva para adelantarse en el global a falta de 15 minutos y acercarlo a la final, el resbalón y el desenlace mega conocido. Hubo otros cruces, antes y después, pero ninguno como ese.
Era uno de los lados que unían el triángulo de este miércoles. Vélez puso en marcha el recorrido ante el mismo rival que le ahogó la chance más cercana de acercarse al título (en 2022 protagonizó la misma instancia, pero un tremendo Flamengo lo despojó directamente en la ida). Ese título que en 1994 supo conquistar Carlos Bianchi, el técnico magistral que genera “un orgullo notable por estar en el lugar de uno de los que más me marcó en mi carrera”: esas fueron primeras palabras que utilizó en la presentación Guillermo, el entrenador que querrá emularlo y también tomarse revancha del golpazo que significó caer en la final superclásica de Madrid, en 2018, resultado que lo alejó del fútbol argentino y las competiciones sudamericanas de clubes. Pasaron, hasta entonces, 2.306 días desde aquel 9 de diciembre.
Muy lejos de aquel gran equipo de Ricardo Gareca, pero a la vez cercano a raíz de lo ocurrido a lo largo de 2024. Compitió en cada frente nacional y se consagró campeón de la Liga Profesional, pero Sebastián Domínguez suplantó a Gustavo Quinteros este año, por los ocho encuentros sin triunfos en el Torneo Apertura debió marcharse y el desafío del “Mellizo” era claro: recuperar al Vélez campeón (más allá de las idas en el plantel) imponiendo la identidad ofensiva que lo caracteriza.
El primer paso en la Libertadores no tenía opción: debía ganar los tres puntos en casa para olvidar el tropiezo con Deportivo Riestra en el debut del ciclo (0-1) y evitar un resultado disconforme que ya lo pusiera en aprietos en la zona de grupos.
La energía con la que salió a jugar el conjunto de Liniers, dominando el trámite durante los primeros quince minutos (sin generar situaciones peligrosas), obligó a los uruguayos a limitarse a contragolpear. Sin embargo, el local empezó a apurarse y, al querer mostrarse tan ofensivo, empezó a exhibir un parado largo, con varios espacios en la mitad de la cancha: el doble ‘5’ que impuso Quinteros, mantuvo Domínguez y utilizó Marcelo Bravo en su interinato, los Barros Schelotto lo modificaron por tres volantes (el 4-3-3 sigue siendo la preferencia del cuerpo técnico), aunque el mediocampista central –el chileno Claudio Baeza- toma cierta distancia con respecto a los internos. Esos espacios eran aprovechables por el “Manya”.
Es cierto, Peñarol no hizo trabajar demasiado a Tomás Marchiori, ni se destacó en lo colectivo con la circulación de la pelota. De hecho, la gran chance que tuvo en el primer tiempo fue una grandiosa maniobra de su figura, Leo Fernández: gambeteó a dos en el área, pero esa calma no fue prioridad cuando remató violentamente a la parte de afuera de la red. Vélez, por su parte, tuvo su situación en los pies de Agustín Bouzat, que la pescó dentro del área y se topó con el gran achique de Martín Campaña.
El partido se equilibró porque ninguno se imponía. El Fortín arrastraba tres triunfos en los últimos doce compromisos, mientras que los montevideanos sólo dos de nueve jugados en la liga uruguaya. Las carencias de ambos hicieron que el duelo fuera entretenido permanentemente: avanzaron más con apuros, imprecisiones y empuje que con claras ideas que hicieran más amenazantes los ataques.
El gol del visitante fue un baldazo helado. No había llegado el tercer minuto del segundo tiempo cuando Javier Cabrera desbordó por derecha y sacó un centro rasante hacia atrás que encontró la definición de primera de Fernández. Desde ahí, Peñarol empezó a ordenarse y priorizar el tapado de cada intención que tuviera el desesperado Vélez. En pocas palabras, se conformó con la ventaja.
A los 21, el quiebre. El DT velezano decidió el ingreso de Álvaro Montoro y, sin cambiar la estructura, leyó perfecto el ingreso. El chico hizo estragos con su conocida habilidad. Gambetas, aceleraciones y pases llenos de visión.
Porque, a los 34, el empate fue similar al gol sufrido en el arco de Marchiori: Elías Gómez escaló por la izquierda y sacó un centro bajo para que Maher Carrizo, otro de los jóvenes valores, sacara el zurdazo de primera y la colocara sobre la esquina izquierda.
Los charrúas se apagaron más y el anfitrión se agrandó, se lo llevó por delante. La gente olía el segundo y se levantó más cuando el ex arquero de Independiente le tapó una tijera potente a Michael Santos en el primer minuto adicional de cinco.
En ese lapso, apareció el tiro libre conseguido por Gómez. Pateó Braian Romero al palo del arquero, que dio un rebote muy largo y frontal, capturado por Montoro: el chico, de 17 años, definió de zurda, le dio el triunfo a Vélez (el primero de los “Mellizos” al mando) y se consagró como la gran figura de una levantada clave. Para escaparle a la actualidad irregular del equipo y llenarse de confianza de cara al final del semestre.