
A un año de su partida, la figura de Antonio Gasalla sigue despertando una mezcla profunda de admiración, nostalgia y tristeza en el mundo del espectáculo argentino. El actor y capocómico falleció el 18 de marzo de 2025 a los 84 años, tras atravesar un prolongado y doloroso proceso de deterioro en su salud que lo mantuvo alejado de los escenarios y de la vida pública durante sus últimos años.
La noticia de su muerte generó un fuerte impacto entre colegas, amigos y espectadores que durante décadas lo acompañaron en su extraordinaria carrera en teatro, televisión y cine. Detrás de ese adiós se encontraba una historia marcada por un progresivo deterioro cognitivo y una serie de complicaciones físicas que fueron agravándose con el paso del tiempo.
Desde 2020, Gasalla padecía demencia senil, una enfermedad que fue afectando de manera creciente su capacidad cognitiva y su juicio. Aquella condición lo obligó a retirarse definitivamente de la actividad artística después de una trayectoria inmensa, construida a lo largo de más de medio siglo de trabajo. En ese momento, sus médicos explicaron públicamente que el actor había sido diagnosticado con “una afección en su salud mental que ha afectado su capacidad cognitiva y su juicio”, motivo por el cual luego debió trasladarse de su domicilio y comenzar a vivir en un centro especializado, bajo cuidados médicos permanentes y acompañado por su familia.
Con el correr de los años, a ese cuadro neurológico se le sumaron distintas afecciones físicas que deterioraron aún más su estado general. El actor atravesó múltiples internaciones y tratamientos, principalmente vinculados a complicaciones pulmonares y gastrointestinales.
A comienzos de marzo de 2025, apenas semanas antes de su muerte, debió ser trasladado de urgencia desde el centro de rehabilitación psiquiátrico donde residía al Sanatorio Otamendi. El motivo fue un severo problema respiratorio que requirió atención médica inmediata. Allí permaneció internado bajo tratamiento con antibióticos hasta el momento de su fallecimiento.
Durante aquellos meses difíciles, uno de los voceros más cercanos al entorno del actor fue el periodista Marcelo Polino, amigo íntimo del humorista, quien en reiteradas oportunidades habló públicamente sobre su estado de salud. A fines de enero de ese mismo año, cuando trascendió una nueva internación, había compartido detalles que reflejaban la gravedad del cuadro: “Él tiene una enfermedad cognitiva que es progresiva y está cuidado con los mejores médicos del país, y toda su familia”.
El periodista también describió con enorme dolor cómo había cambiado la vida cotidiana del artista en esa etapa final: “Él está un poco complicado porque ya le cuesta caminar. Se alimenta a través de un botón gástrico, por un tema previo que tenía y que con la enfermedad se siguió agravando. Habla muy poco ya y la verdad que es muy triste verlo así, más siendo mi amigo. Es familia para mí”.
Las internaciones habían sido una constante durante los últimos años. En mayo de 2024, ya había sido hospitalizado en el mismo sanatorio a raíz de un cuadro de neumonía combinado con una úlcera en el esófago, una situación que obligó a un seguimiento médico exhaustivo. En aquel momento, su hermano Carlos Gasalla había brindado algunos detalles sobre el diagnóstico: “Tiene algunos problemas pulmonares y de otras cosas que él viene arrastrando desde antes y que cuando fue internado primitivamente, ante la revisación general, le aparecieron, cosas que él no se trataba”.
Tras permanecer diez días internado, el actor fue dado de alta y regresó a la residencia donde recibía rehabilitación especializada. Sin embargo, el deterioro general continuó avanzando.
Más allá de los altibajos clínicos, lo que más golpeaba a quienes lo querían era el avance implacable de la enfermedad neurológica. Con el paso del tiempo, la demencia fue borrando progresivamente fragmentos de su memoria y de su identidad.
En más de una oportunidad, Polino compartió con enorme pesar el estado en el que se encontraba su amigo: “No sabe quién soy, ni siquiera conoce al hermano ni recuerda que fue actor”, reveló en una de las declaraciones que más conmovieron al ambiente artístico.
Así transcurrieron los últimos años de uno de los grandes genios del humor argentino, un artista que durante décadas supo retratar con ironía, inteligencia y una mirada aguda las contradicciones de la sociedad.
Pero para comprender la dimensión de su legado, es necesario volver al origen. Porque Gasalla fue mucho más que un actor: fue un creador que transformó la risa en un espejo implacable de la sociedad argentina.
El hombre que desnudó con humor las contradicciones del país nació el 9 de marzo de 1941 en Ramos Mejía. En ese barrio del conurbano bonaerense transcurrió una infancia marcada por las rutinas familiares, las tardes de cine y las historias que circulaban en el ámbito doméstico.
Su padre era peluquero, un hombre trabajador que le transmitió desde pequeño la disciplina del oficio. Su madre, en cambio, era una mujer de pocas palabras pero de una intuición profunda, que entendió antes que nadie que aquel chico silencioso escondía una sensibilidad especial.
Sin embargo, la vocación artística no apareció de inmediato. En su juventud decidió estudiar Odontología, una carrera que prometía estabilidad y que respondía mejor a las expectativas familiares. Pero el destino tenía otros planes.
Cuando se inscribió en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático, a pesar del disgusto que provocó en su padre, descubrió que el teatro era el único lugar donde realmente se sentía vivo. Fue entonces cuando tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre: abandonar la facultad y entregarse por completo al escenario.
Allí conoció a Carlos Perciavalle, compañero fundamental en sus primeros pasos y cómplice en la construcción de un nuevo lenguaje escénico que marcaría época. A mediados de los años 60, acompañados ambos por Edda Díaz, formaron parte del grupo precursor del café-concert en la Argentina, un espacio donde el humor se mezclaba con la crítica social, el absurdo y la provocación. En ese circuito underground, en diálogo con el pop art y el espíritu vanguardista del Instituto Di Tella, comenzó a gestarse ese estilo único que luego lo convertiría a Gasalla en una figura irrepetible.
Los años 70 lo encontraron en plena ebullición creativa. No solo actuaba: también escribía, producía y dirigía. Junto a Enrique Pinti, desarrolló libretos que hoy forman parte de la historia del teatro argentino, como Pan y circo, Gasalla y Corrientes, Gasalla for export, Gasalla 77, El Maipo es el Maipo y Gasalla es Gasalla, Gasalla en terapia intensiva, Maipo 100% Gasalla y Maipo made in Gasalla.
En 1979 dio un paso decisivo: revolucionó la revista porteña y se instaló en el emblemático Teatro Maipo como director, productor y actor de sus propios espectáculos. Allí consolidó un estilo que desafiaba las convenciones, rompía estructuras y colocaba al espectador frente a un espejo incómodo.

El cine también fue parte de su recorrido, con intervenciones que dejaron huella. Participó en La tregua, dirigida por Sergio Renán, y décadas más tarde volvió a la pantalla grande con un rol coprotagónico en Dos hermanos, bajo la dirección de Daniel Burman, demostrando una vez más su versatilidad interpretativa.
Pero fue en 1985 cuando alcanzó una consagración definitiva y popular con su inolvidable Mamá Cora en Esperando la carroza, dirigida por Alejandro Doria. Ese personaje, tan frágil como incómodo, tan ingenuo como revelador, se convirtió en un ícono absoluto de la cultura argentina.
A partir de allí, la televisión se rindió ante su talento. Con ciclos como El Mundo de Antonio Gasalla y El Palacio de la Risa, desplegó una galería de personajes que trascendieron el humor para convertirse en símbolos sociales.
La sagaz Abuela, la sufrida Soledad Dolores Solari, la autoritaria Noelia, la filosa Mecha, Flora —esa empleada pública que parecía condensar toda la burocracia argentina—, y la excéntrica Bárbara Don’t Worry: cada uno de ellos era una radiografía precisa, una síntesis brutal de las conductas, obsesiones y contradicciones del país.

“A mí me hace reír la gente, su manera de ser; en el fondo me la paso averiguando cómo somos los argentinos”, dijo alguna vez. En esa frase se condensa toda su ética artística: observar, interpretar y devolver en forma de humor aquello que la sociedad muchas veces no quiere ver.
En 1989 recibió su primer Premios Martín Fierro, un reconocimiento que se repetiría a lo largo de su carrera. Un año más tarde firmó contrato con Telefe, donde estrenó A la playa con Gasalla y luego consolidó su éxito con El Palacio de la Risa, convirtiéndose en una figura central de la televisión argentina.
Ya en los años 2000, su talento volvió a conquistar nuevas generaciones. En 2009 estrenó en el Teatro Metropolitan la obra Más respeto que soy tu madre, basada en el texto de Hernán Casciari, donde volvió a demostrar su capacidad para emocionar y hacer reír desde un lugar profundamente humano.
En paralelo, sus apariciones en el programa de Susana Giménez con el personaje de La Abuela se transformaron en un ritual televisivo. Cada intervención era esperada como un acontecimiento: incómoda, filosa, impredecible.
El 9 de julio de 2023 recibió un emotivo homenaje en los Premios Martín Fierro, donde fue distinguido con el Premio a la Trayectoria. En esa ceremonia, tanto Marcelo Polino como Susana Giménez le dedicaron palabras cargadas de emoción, reconociendo no solo su talento, sino también su enorme influencia en la cultura argentina.
Ese reconocimiento fue, de algún modo, un anticipo de lo que vendría después. En 2024, la Secretaría de Cultura de la Nación llevó adelante un homenaje sin precedentes: Planeta Gasalla, una propuesta multidisciplinaria que colmó las salas del Palacio Libertad.
El tributo se desplegó en múltiples dimensiones: teatro musical, artes visuales y cine. Sus personajes volvieron a cobrar vida sobre el escenario, sus universos estéticos fueron revisitados en exposiciones, y sus películas se proyectaron en funciones a cielo abierto, donde el público volvió a emocionarse con cada escena.
“Fue uno de los más grandes actores y capocómicos que tuvo la Argentina. Ácido, crítico y honesto con su profesión. Lo homenajearemos por siempre”, destacaron desde la organización. Y quizás esa sea la síntesis más justa.
Porque Antonio Gasalla no solo hizo reír. Enseñó que el humor puede ser incómodo, que puede interpelar, que puede desnudar verdades profundas. Que puede, incluso, incomodar más de lo que tranquiliza.
Hoy, a un año de su muerte, su “planeta” sigue girando. Late en cada personaje, en cada escena, en cada frase que vuelve una y otra vez al lenguaje cotidiano. Y sobre todo, sigue vivo en ese gesto tan argentino de reírse… y, al mismo tiempo, reconocerse en el espejo.