A veces el amor no avisa. Aparece lejos de casa, en otro idioma y en un momento en el que nadie estaba buscando cambiar su vida. Así empezó la historia de Ezequiel, argentino, y Anna, ucraniana: un encuentro casual en Europa que avanzó a una velocidad inesperada y los llevó a tomar decisiones que muchos considerarían una locura, pero que para ellos fueron simplemente una forma honesta de ser felices.

Un encuentro en Ámsterdam en un idioma prestado

En 2021, Ezequiel estudiaba en Alemania cuando su universidad organizó un evento internacional con otras instituciones educativas en Países Bajos. Anna, en ese entonces vivía en Polonia. Ambos estaban lejos de su familia, de sus costumbres y de cualquier certeza. “Conocerla a ella fue una luz en tantos días grises”, recuerda él sobre ese primer cruce.

Ninguno de los dos hablaba el idioma del otro. “Nos entendimos en un segundo, aunque hablábamos en inglés al principio. Yo no hablaba nada de español, ni una palabra”, cuenta Anna entre risas. Aun así, algo fluyó de inmediato. “Me enamoré en unos segundos”, confiesa sin vueltas.

Eze decidió jugar todas sus cartas. “Saqué todas mis armas: toqué el piano, la saqué a bailar, le hablé en español”, enumera. Y definitivamente su técnica funcionó…

Después de los días compartidos en Ámsterdam, Eze le prometió ir a visitarla a Polonia. Anna admite que al principio dudó. “Pensé que era un chamuyero. No creía que fuera a ir a verme de verdad”. Pero él cumplió: viajó diez días y compartieron algo más que una postal romántica. “Ahí pude conocerla en su rutina, terminando sus estudios, en el estrés, en lo cotidiano. Y entendí que era por ahí”, explica el argentino.

Ezequiel y Anna, juntos en la nota de Infobae (Cristian Gastón Taylor)

Unos meses de amor y una decisión sin red de contención

La historia avanzó rápido. Demasiado rápido para los estándares habituales. Apenas tres meses después de haberse visto por primera vez, Eze le propuso a Anna mudarse a Frankfurt y empezar una vida juntos desde cero. Él tenía que dejar el pueblo donde estudiaba y ella también estaba lista para terminar su capítulo en Polonia. “Era una locura. No nos conocíamos casi nada, no habíamos ni siquiera peleado una vez”, recuerda ella. Sin embargo, algo fue más fuerte que el miedo. “Por primera vez en la vida sentí que era mi persona y que quería llevar una vida con él”.

La ucraniana dejó Polonia y llegó a Alemania en un contexto especialmente delicado: el inicio del conflicto en Ucrania. “Entró como refugiada. No tenía papeles, no hablaba alemán y toda su familia estaba en Ucrania”, cuenta Eze. La convivencia se volvió también un espacio de contención. “No siempre estaba bien, tenía momentos muy difíciles por lo que pasaba en mi país. Y él siempre estuvo conmigo, escuchándome, acompañándome”, recuerda Anna.

Incluso viajaron juntos a Ucrania. “Le decía que no fuera, que era peligroso. Pero él me respondió: ‘Si vos vas, yo voy con vos’”, recuerda ella. Ese gesto terminó de sellar una confianza que ya no dependía de idiomas ni fronteras.

El sueño de infancia de Anna

Mucho antes de conocer a Eze, Argentina ya ocupaba un lugar especial en la imaginación de Anna. “De chica veía una serie que se llama Violetta y desde ahí me enamoré del idioma español. Siempre soñaba con tener un novio que hablara español”, confiesa. Cuando Eze le dijo de dónde era, lo sintió como una señal. “Dije: ya está”.

El primer viaje de Eze a la Argentina fue solo, y despertó algunas inseguridades en su novia. “Hablaba con todo el mundo, con amigas, con chicas. Yo lo veía en sus redes sociales y pensaba que estaba chamuyando”, admite Anna. Pero cuando finalmente conoció el país, todo cobró sentido. “Entendí la calidez de los argentinos, los abrazos, los besos, hablar con cualquiera en la calle. Me encantó y ahora también es parte de mí”, reflexiona la ucraniana, quien asegura que en su país son mucho más distantes.

Hoy, Anna no duda: “Amo Argentina con todo mi corazón. Me encanta su gente, la comida, la forma de vivir. Salís de tu casa y te saludan, te sonríen. Eso no tiene precio”.

Ezequiel, Anna y la tradición argentina del mate (Cristian Gastón Taylor)

Diferencias, acuerdos y un idioma propio

La convivencia también trajo desafíos culturales. Horarios, comidas, costumbres. “Ella quería comer a las seis y media, yo a las diez de la noche”, cuenta Eze. “Lo debatimos para llegar a un punto medio… y hoy comemos a las seis y media”, remata entre risas. La clave fue siempre la comunicación. “Yo hablo seis idiomas, pero con él tenemos nuestro propio idioma de amor”, dice Anna. “A veces ni hablamos: me mira y lo entiendo”.

El aprendizaje también fue emocional. La ucraniana reconoce que no estaba acostumbrada a decir lo que sentía ni a hablar de sus emociones con tanta libertad. “En mi cultura no es tan común expresar lo que te pasa. Yo me guardaba muchas cosas”, cuenta. Con Eze fue distinto. “Hablábamos mucho de cómo nos sentíamos, si algo nos molestaba”. Ese ida y vuelta terminó de construir una intimidad que fue mucho más allá de la conexión que uno puede sentir con alguien que comparte un lugar de nacimiento.

Durante más de tres años vivieron juntos en Alemania, hasta que algo empezó a incomodarlos. “Los días grises, la falta de sol, la frialdad. Sentíamos que no era el lugar para formar una familia”, explica Eze. Entonces apareció otra decisión grande: dejar la estabilidad y apostar por una vida distinta.

Apostar ahora, no después

Renunciaron a trabajos estables, a certezas y a una vida cómoda para empezar un viaje sin mapa fijo. Primero Argentina, después seguir recorriendo Latinoamérica y, más adelante, llegar a Estados Unidos para el Mundial. “No queremos esperar a tener 60 años para viajar con lo que ahorramos. Queremos vivir ahora”, resume Anna.

Hoy hacen base en San Jerónimo Norte, el pueblo santafesino de Eze, donde ella se integró como una vecina más. “Acá salís a la plaza y todos te conocen. Tiene alma de pueblo. Y yo la veo a ella muy en su salsa”, dice él. Ella sonríe: “Una argentina más”.

Ezeqiel y Anna, un amor que cruzó el mapa (Cristian Gastón Taylor)

La historia de Eze y Anna no es solo un romance internacional. Es la prueba de que animarse, incluso cuando todo parece inestable, puede abrir caminos inesperados. “El que no arriesga, no gana”, repiten. Eligieron confiar en su intuición, acompañarse en los momentos más difíciles y construir un proyecto propio, lejos de mandatos y cerca de lo que los hace felices.

Como en todas las historias de Amores que cruzan el mapa, no se trata solo de cruzar fronteras geográficas, sino de animarse a cruzar las internas. Y este argentino y esta ucraniana lo hicieron sin red, pero con algo mucho más fuerte: la certeza de que, juntos, cualquier lugar puede convertirse en hogar.