El escritor argentino Pedro Mairal presenta una nueva novela que explora el paso de la adolescencia a la adultez en Buenos Aires. Desde los puntos de vista de tres jóvenes, la obra se adentra en los vínculos, las pérdidas y las transformaciones que atraviesan quienes empiezan a construir su identidad en una ciudad atravesada por contrastes.
Los nuevos, publicada por Emecé (Planeta), narra la experiencia de Thiago, Pilar y Bruno, tres amigos que experimentan rupturas, duelos familiares y desafíos emocionales mientras buscan su lugar en el mundo. El relato describe el esfuerzo de adaptarse a nuevas realidades y sostiene la tensión entre pertenencia y desapego, ante un entorno donde los adultos aparecen distantes o en conflicto con sus propios hijos.
Con el trasfondo de los lazos de amistad y el impacto de las ausencias, Pedro Mairal vuelve a la novela tras el éxito de La uruguaya. Su abordaje de temas universales como la identidad y el deseo propone un retrato contemporáneo sobre una generación que, ante la incertidumbre, sostiene sus vínculos como única certeza.
Nacido en Buenos Aires en 1970, Mairal saltó a la fama con su novela Una noche con Sabrina Love, que recibió el premio Clarín en 1998 y fue llevada al cine. Publicó además las novelas El año del desierto y Salvatierra, el volumen de cuentos Breves amores eternos, y los libros de poesía Tigre como los pájaros, Consumidor final y Pornosonetos. En 2013 publicó la novela en sonetos El gran surubí. Sus crónicas y columnas están reunidas en Maniobras de evasión y Esta historia ya no está disponible. Se ha traducido a más de catorce idiomas.
A continuación, un fragmento de Los nuevos:
Me llamo Thiago Vinter. Mi mamá falleció el año pasado. En unos días voy a cumplir diecinueve y casi no espero que nadie venga a visitarme por mi cumpleaños. Las únicas dos personas que querría ver son mi amigo Bruno, que se mudó a la Era del Hielo, y mi hermanito Vini, que solo aparecería si lo traen, porque tiene cinco años.
Ese podría ser un comienzo para el cuaderno. Aunque tal vez convendría empezar con el viaje del último verano, justo en el momento en que la brigada antinarcóticos de la provincia estaba apostada en la ruta 3, a mitad del campo. Con perro antidrogas y todo, frenaban autos y ómnibus al azar, según intuición o experiencia policial. Ese último auto al que dejaron pasar sin inspección, por pura casualidad, era el nuestro, el Megane gris de mi viejo. Yo vi la escena por la ventana, me puse pálido.
O podría contar el viaje a modo de infografía: en la ruta, el auto dibujado con líneas transparentes y flechas señalando a cada personaje y objeto. Al volante, mi padre (52 años); de copilota, su pareja (43 años); atrás, su hijo mayor (18), su hijo menor (5). En el baúl: sombrilla, pelota, inflador, sillas de playa, linterna con panel solar, una bolsa con alimentos no perecederos para veinte días, una valija con bikinis, vaporizador de cannabis, algodón, tampones, libro de yoga, bolsito con protector solar, dos pomos de gel íntimo, un dildo negro. El bolso de mi padre: ropa, talco, speedo de natación que no va a usar, blísteres de Viagra, gorra de Columbia University, Kindle que funcionará una semana, libro de neuroantropología. La mochila de mi hermanito con peluches, juguetes, una pala de jardinería, gorro de marinero y marcadores. Mi bolso: ropa y una larga soga náutica azul para Aguirre. Mi mochila negra inseparable: batería extra para el celular, lata de Nescau con cogollos, minibolsas ziploc, auriculares y una bolsa de Musimundo con el alma de mi mamá.
La bolsa secreta. ¿Qué lleva ahí, joven? Es asunto mío. Y en ese cuadro el auto esquiva controles policiales a 120 kilómetros por hora rumbo a la costa. El cielo estaba enorme, las nubes parecían montañas. Apenas se distinguía el campo, todo era plano y verde. De tanto en tanto Vini gritaba “¡Molino!”: teníamos la competencia de ver quién veía más molinos en la ruta. Yo solía perder porque me distraía pensando. Cuando tuve la edad de Vini, mi mamá estiraba el brazo y me acariciaba la cabeza. Me dormía o simulaba dormir mientras escuchaba las conversaciones de adelante. Recuerdo su mano, a veces me decía Triguito, mi apodo secreto. De chico era rubio, ahora tengo el pelo largo, por los hombros. Siempre decían que había salido a mi madre. Una amiga de ellos una vez murmuró “se le transparenta la mamá” y me marcó. Soy flaco, poco deportivo; logré que me mudaran de rugby a vóley en el colegio. Mis gestos llamaban la atención, intenté corregirlos, imitaba a los más firmes, controlaba mi risa, endurecí la voz. A los trece o catorce quise volverme menos vulnerable, inhibí las formas que me delataban, aunque en ciertos momentos, entre amigas, volvían a surgir. Después dejó de importarme. Bruno era mi amigo, ya formábamos parte de los invisibles del aula. Organizábamos bromas, los grandotes las ejecutaban. Una vez sugerí que la puerta se salía de las bisagras si se abría del todo, Lovric la quitó y la dejó apoyada, nos sentamos hasta que llegó el profesor y la puerta terminó en el suelo. ¿Quién fue? Nadie.
Antes de llegar a Necochea, paramos en una estación de servicio que mi papá conocía bien y donde siempre había un perro negro echado al sol, dispuesto a dejarse acariciar. Parecía más viejo, pero seguía allí. “Cuando me muera quiero reencarnar en perro de estación de servicio”, pensé. Ver pasar familias, camioneros, gente de ómnibus, deambular entre chatarra, correr liebres, dormir años. “¿Cómo se llama?”, pregunto Vini. Le digo que le pregunte él. “¿Cómo te llamás?”, pregunta. El perro bosteza. “Se llama Sueño”, invento. Vini lo acaricia. El perro cierra los ojos, como si supiera todo y lo hubiera olvidado. “No lo dejes tocar el perro, hay que lavarle las manos”, dice papá. Vamos al baño, papá y Side Boob nos esperan en el auto. Ella compró galletas de chocoarroz, las menos tentadoras del quiosco. Bruno la rebautizó Side Boob porque usa ropa que muestra los laterales del pecho. Se llama Mónica, es la pareja de papá y la madre de Vini. Desde ese verano, ella me va a odiar, o temer, y algo de razón tendrá. Bruno tiene talento para los sobrenombres y logra que queden instalados.
Papá puso música, acto temido: su playlist incluye las dos canciones más deprimentes de la historia, “Creep” y “On Melancholy Hill”. Radiohead tiene un momento en el que el sonido estalla y parece romperse todo. Es el punto en que la música mundial dejó de tener sentido y siguió solo por inercia. La canción de Gorillaz es peor, porque se pega. Side Boob prefiere dubstep, música de gimnasio, propagandas de bebidas. Vini elige María Elena Walsh. Con el turno democrático, tu cabeza queda destrozada. Cuando me toca a mí, pongo a Zitarrosa. Su melancolía uruguaya los desarma. Bruno se ríe de que me guste, pero a mí me fascina la sonoridad intensa. En mi segunda oportunidad paso a Chico Buarque. Papá se seca una lágrima y pide que cambiemos. Me arrepiento, pero ya está.
Paulina María Costa Bixú. Pau. El fantasma de Pau. ¿Venía custodiando el auto en la ruta? Hija de un embajador, nacida en Brasil, criada en Río, Montevideo y Buenos Aires. Paulina, con túnica naranja, ¿quedaba a la zaga del coche, apartando autos, despertando a camioneros dormidos, haciéndonos invisibles para los controles, despejando la ruta? ¿Protegía a su ex, a la mujer de su ex –que se ocupaba de la música y podría haber sido su amiga–, a su hijo y al hijo de su ex, mi hermanito, mi hermanastro, mi hermanoide?