
La galería Travesía Cuatro de Madrid exhibe hasta el 20 de febrero la muestra À Gisèle, una propuesta que trasciende la narración del caso Pelicot y plantea la urgencia de un diálogo para reinventar el contrato social frente a la violencia sexual. La curadora Laura López Paniagua ha reunido las obras de cuatro artistas de diversas generaciones y países, con la intención de rendir homenaje a la mujer que desafió el anonimato, impulsando una mirada colectiva sobre lo innombrable.
En el corazón de la exposición gravita la figura de Gisèle Pelicot, quien se negó a aceptar el papel de víctima anónima previsto por la ley francesa para las sobrevivientes de violencia sexual. En uno de los juicios más mediáticos de Francia, Pelicot decidió mostrarse públicamente, enfrentar a sus agresores y renunciar a ocultarse, asegurando en palabras que ya son símbolo: “Que la vergüenza cambie de lado”. Una declaración que, según López Paniagua, convierte la muestra en “una dedicatoria en sentido íntimo: un acto de atención profundo, un deseo respetuoso de cercanía, y el intento de desplegar un paisaje donde la experiencia de lo inconcebible pueda empezar a formarse, aunque sea de manera tentativa e inconclusa, sin quedar reducida a un único relato”.

La decisión de Pelicot de acudir cada día al tribunal, solicitar una vista pública y no permitir que sus abusadores controlaran la imagen de su dolor, reformuló el alcance de su lucha. En 2024 la editorial Leamos publicó un libro electrónico donde se despliega el caso. El documental de RTVE Mi marido violó a Gisèle Pelicot, que reúne testimonios de siete mujeres, familiares de algunos de los condenados, mostró la amplitud social de su denuncia al revelar “un quiste social mucho más grande del que se reconoce”. Este acto expuso la hipocresía latente en la estructura privada y demandó la apertura de un debate capaz de abandonar el silencio que históricamente ha protegido la subordinación sexual femenina. Y por estos días acaba de publicarse en español Un himno a la vida: mi historia, autobiografía de Pelicot. En marzo llega a las librerías argentinas.

La exposición À Gisèle articula distintos lenguajes para representar la imposibilidad de reducir la experiencia de la violencia a una sola imagen. En las esculturas de Maya Pita-Romero, únicas comisionadas para esta muestra, el cuerpo adopta formas ambiguas: lenguas, gargantas y cavidades que oscilan entre lo erótico y lo inquietante. Pita-Romero, galardonada con el Premio Artista Joven 2026 de la Casa Encendida, utiliza materiales heredados de mujeres de su familia y plásticos reciclados, imbricando lo doméstico con lo abyecto. La obra Venus, marrona rajada (2023) de La Chola Poblete avanza sobre la frontera entre lo público y lo privado: el personaje descansa, la mujer retorna a su nombre de soltera y confronta la imagen de sí misma tras la violencia.
En su trabajo, Poblete, artista trans y marrona nacida en Guaymallén (Argentina), introduce la protesta en la materia artística. Según López Paniagua, Poblete “se afirma frente a los mecanismos de exclusión que marcan a los cuerpos racializados, feminizados, diferentes”. En consonancia con Pelicot, exclamó: “La vergüenza ya no es mía”. La pieza de Poblete, una escultura de pan, tienta al espectador pero exhibe heridas y vísceras, metáfora de un pasado de dolor físico y legado colonial.
Las contribuciones de Armineh Negahdari, artista iraní afincada en Francia, emergen como grafitos sobre papel que parecen brotar de un lugar anterior al lenguaje. Las marcas, evocadoras de gritos, remiten a los acontecimientos recientes en Irán y conectan los relatos de dolor femenino más allá de las fronteras. Presentar estos dibujos en Madrid revela afinidades profundas y compartidas.
Por su parte, Kiki Smith plasma el cuerpo femenino en paneles de papel y tejido donde la fisicidad de los materiales cobra autonomía. Sus piezas, como UnItled (1992), sugieren la necesidad de reformular la percepción del cuerpo ante los embates de la violencia estructural, aportando una mirada que desafía la representación tradicional. Ninguna de las obras seleccionadas se deja aprehender plenamente a través de una imagen digital. Asistir personalmente se convierte en la única vía para aproximarse a la experiencia que propone la exposición, tal como indica Laura López Paniagua al interpelar al visitante: “Para este homenaje es necesario desplazarse, estar presente, volver al ágora”.