
Nadie en la sala podía creer los cortes de pelo que veían. Mucho menos podían creer que, con esos cortes de pelo, esos cuatro hombres estuvieran a punto de recibir la Excelentísima Orden del Imperio Británico (MBE). Pero ahí estaban John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, listos para convertirse en los primeros músicos en obtener esa distinción otorgada por la Corona británica. Era octubre de 1965 y los Beatles eran algo así como el centro de la Tierra, al menos del lado oeste de la Cortina de Hierro.
Llegaron al Palacio de Buckingham rodeados de esa histeria que despertaban en cada lugar en el que ponían un pie y, con trajes oscuros confeccionados a medida, caminaron en fila sobre la alfombra que los condujo hasta la Reina. Isabel II los esperaba rodeada de sus asistentes más cercanos: tenía las cuatro insignias sobre un almohadón de terciopelo. Y tenía también sus intenciones políticas depositadas en ese acto.
Esa mañana, la música estuvo a cargo de la banda militar de los Coldstream Guards. El cardenal Lord Cobbold fue el encargado de pronunciar oficialmente cada uno de los cuatro nombres que iban a ser distinguidos por la Corona. A medida que eran nombrados, los Beatles dieron un paso al frente e hicieron la reverencia que les habían enseñado como parte del protocolo de esa mañana.
Isabel II colocó la distinción en cada una de las solapas de los sacos. Hasta que llegó a Ringo y preguntó: “¿Cuánto tiempo llevan juntos?”. Paul se apuró a responder: “Muchos años”, dijo, y le sonrió a la monarca. Ringo remató: “Como cuarenta años…”. El baterista era el mayor de los cuatro y tenía apenas 25, así que los cuatro se rieron con ruido. La Reina sonrió. Años más tarde, Ringo habló de ese gesto: “Parecía que quería reírse, o tal vez estaba pensando ‘¡que les corten la cabeza!’”.
Los Beatles volvieron a reverenciar a Isabel II y firmaron unos cincuenta autógrafos para los integrantes de la realeza y aristócratas que se habían disputado un lugar en el salón. Nunca antes la cultura popular había penetrado tanto en el corazón de la dinastía Windsor.
En busca del voto joven
La idea de que los Beatles fueran condecorados por la Corona la tuvo Harold Wilson, el laborista que, en 1964, había sido elegido para ser primer ministro británico. Los votos para acceder a ese cargo le habían alcanzado, pero no le sobraban. Así que, de cara a las elecciones de medio término, Wilson vio en la Beatlemanía una oportunidad insuperable para conquistar el voto joven.

Los Beatles no sólo habían conquistado el Reino Unido, sino que ya habían desembarcado en Estados Unidos. Eran una industria exportadora sin chimenea, un renglón importante en las cuentas nacionales. Así que el primer ministro le sugirió a Isabel II, con énfasis, que incluyera a los cuatro jóvenes de Liverpool en la lista oficial de condecorados que se publicaría en los primeros días de junio de 1965. La Orden del Imperio Británico se había creado casi medio siglo antes para distinguir a civiles que prestaran servicios no combatientes durante la Primera Guerra Mundial. Los Beatles serían los primeros ídolos de la música popular en recibirla.
La notificación de la distinción descolocó a los músicos. La Casa Real, tal como dicta la tradición, los había notificado secretamente para “sondearlos” y, de esa manera, asegurarse de que no rechazarían la premiación de manera pública. Brian Epstein, el histórico manager de la banda, fue el encargado de entregarles los sobres con la información oficial: todos reaccionaron diferente. Paul pensó en el orgullo que sentirían sus padres. Ringo se entusiasmó con ser recibido por la Reina. John se mostró apático, casi a la defensiva. Y George, siempre el más silencioso, guardó sus sensaciones para sí mismo.
Lennon incluso tuvo miedo de que se tratara de una citación a cumplir con el servicio militar. Eso fue lo primero que pensó cuando vio las siglas en el sobre: OHMS (On Her Majesty’s Service). “Brian me persuadió de que no rechazáramos la distinción, a mí me resultaba violento participar de todo eso”, contaría Lennon años después.
Epstein lo convenció cuando le dijo que si no aceptaban la distinción, nunca nadie iba a enterarse de que la habían rechazado. Lennon finalmente dijo que sí, pero llegó una hora tarde a la conferencia de prensa que dieron los Beatles tras el anuncio oficial de que serían distinguidos en Buckingham: su posicionamiento se adivinaba en esos gestos.
Fanáticas e indignados
La mañana del 26 de octubre de 1965, The Mall, la ancha avenida londinense que conduce al Palacio de Buckingham, estaba repleta e invadida por los gritos de las fanáticas de los Beatles. Lennon llegó en su Rolls Royce negro, oculto detrás de los vidrios polarizados. La mayoría de los gritos eran de las adolescentes eufóricas que rompieron cada uno de los cordones que la Policía intentaba montar en las inmediaciones del edificio real.

Cuando no gritaban, cantaban el estribillo de algún hit de la banda. Y cuando la Policía se distrajo, algunas chicas intentaron escalar las lujosas rejas del palacio. Se subieron a las luminarias públicas y se amontonaron para intentar ver a al menos a uno de sus ídolos de cerca. La guardia real intentó técnicas de contención que no había puesto nunca en práctica para intentar frenar esa marea. Los Beatles miraban detrás de los vidrios oscuros.
La contraparte de toda esa euforia en los alrededores del palacio fue la indignación que sintieron y transmitieron los sectores más conservadores de la sociedad británica. El malestar por la distinción a la banda se multiplicó entre los integrantes de la Cámara de los Lores y los veteranos de las Fuerzas Armadas, que vieron en ese nombramiento una afrenta directa a las tradiciones de la realeza.
Hasta ese momento, la Orden del Imperio Británico la habían recibido sobre todo algunos de los líderes militares más encumbrados durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, y algunos diplomáticos que también habían tenido alguna injerencia importante en esos conflictos. Para esos sectores, que la distinción fuera para cuatro músicos populares era una degradación imposible de aceptar.
Entre los indignados hubo algunos que fueron por más. Frederick Wagg, coronel británico durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, devolvió sus doce medallas y renunció al Partido Laborista para hacer público su rechazo a la iniciativa de Harold Wilson. Un diputado también devolvió su insignia e hizo público su repudio a través de una carta en la que aseguró que la Corona lo había puesto “al mismo nivel que un grupo de vulgares imbéciles”.
Isabel II no retrocedió ni un centímetro. Sabía que no había ninguna fuerza capaz de neutralizar la estampida arrolladora que eran los Beatles en ese momento. Le alcanzaba con asomarse por alguna ventana de su palacio y ver y escuchar a las adolescentes a los gritos, desmayadas o arruinando cualquier operativo policial.
La versión de la marihuana
Después de la ceremonia en el Salón del Trono, la banda se trasladó al Saville Theatre para ofrecer allí una conferencia de prensa. Paul dijo que Buckingham era “una vivienda estupenda” y que Isabel II los había tratado “como una madre”. A Lennon le preguntaron si había tenido miedo ante la Reina: “No tanto como otros”, respondió.

Años después, John contó públicamente que, unos minutos antes de la distinción y ante los nervios del acto protocolar, él y sus tres compañeros se habían encerrado en un baño del palacio para fumar marihuana. “Sonreíamos como tontos porque acabábamos de fumarnos un porro en el baño del Palacio de Buckingham. Estábamos nerviosísimos, no sabíamos qué decir”, dijo Lennon. Según su versión, habían entrado los cigarrillos de cannabis escondidos en el calzado.
George fue el primero en desmentir a John. Dijo que sí habían fumado en un baño, pero tabaco. Ringo, para no terminar de derribar el mito, siempre mantuvo una postura ambigua sobre los dichos de Lennon. Distintos biógrafos de los integrantes de la banda confirmaron los dichos de Harrison. La versión de la marihuana era incomprobable, y el olor hubiera delatado a los Fab Four en medio de un operativo tan estricto de seguridad y protocolo.
Dos de las cuatro insignias que los músicos recibieron esa mañana se ven en la tapa de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band: Paul y George las lucen sobre sus trajes. Ringo la guardó en su casa. Y John le regaló la suya a su tía Mimi, la mujer que lo crió. Mimi la lució orgullosa sobre la chimenea de su casa durante cuatro años, hasta que John dijo “basta”.
El rechazo de John
En 1969, John Lennon ya estaba en pareja con Yoko Ono y juntos protagonizaban distintas acciones pacifistas. Los Beatles estaban separándose en medio de una tensión cada vez más palpable. A fines de noviembre de ese año, Lennon envió a Les Anthony, su chofer personal, a la casa de la tía Mimi: quería recuperar la insignia.

Uno de sus asistentes escuchó la carta que John le dictó: “Su Majestad: estoy devolviendo mi MBE a modo de protesta en contra del involucramiento de Gran Bretaña en el conflicto entre Nigeria y Biafra, en contra del apoyo a Norteamérica en Vietnam y en contra de la caída de ‘Cold Turkey’ (N. de la R.: una de sus canciones solistas) en los charts. Con amor, John Lennon”.
Varios diarios de la época acusaron al músico de intentar, a través de esa carta, una estrategia publicitaria para hacer conocidas las canciones que editaba por fuera de la banda. Ante ese señalamiento, Lennon contó públicamente que llevaba años pensando en deshacerse de la medalla, incluso desde aquella carta enviada en secreto por la Corona para “sondearlos”.
Como siguiendo el argumento que le había dado Epstein para que aceptara la distinción, John aseguró que tener la posibilidad de devolverla públicamente le permitía llamar la atención sobre las guerras que estaban teniendo lugar en ese momento.
La Corona hizo público su malestar, pero no destruyó la medalla original cuando Lennon la envió de vuelta. Está archivada en la bóveda de la Cancillería Central de las Órdenes de Caballería en el Palacio de St. James, también en Londres.
Hace apenas diez años, un anónimo llevó una hoja manuscrita y manchada al museo The Beatles Story, en Liverpool. Se trataba de un documento que había permanecido más de veinte años dentro del sobre de un disco de vinilo. Ese disco se vendió como parte de un lote de 44 obras musicales: alguien compró esa colección por apenas 12 dólares en una especie de feria americana.
La hoja, según confirmaron expertos grafólogos y biógrafos, era nada menos que el borrador de la carta que Lennon finalmente le mandó a Isabel II para devolverle la distinción. Descartó esa versión por las manchas de tinta de la hoja y las tachaduras sobre algunas palabras. Al fin y al cabo, le estaba escribiendo a la Reina.
El borrador se subastó por algo más de 70.000 dólares. Es apenas un recordatorio de cuando los Beatles enloquecieron los alrededores del Palacio de Buckingham y convulsionaron a los británicos más conservadores mientras el poder político apelaba a ellos con fines electorales. Y de cómo John Lennon, que desde el principio no quería saber nada, puso a la Reina y a toda la Corona al servicio de su mensaje de paz.














