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Un puente levantado, una niebla espesa y un tranvía que nunca pudo frenar: la tragedia que dejó más de 50 muertos en el Riachuelo

El tranvía 75 cae al Riachuelo desde el puente Bosch en una mañana de niebla y llovizna (Asociación Amigos del Tranvía)

“Yo viajaba sentado en uno de los asientos delanteros del lado de la ventanilla. Todas estaban cerradas por el frío y el pasillo estaba repleto de pasajeros. Cuando el tranvía dio vuelta para llegar al puente, vi las luces rojas de peligro y me extrañó que no se detuviera. Sentí una sensación parecida a la de los ascensores que bajan rápido y me encontré en el agua. Todavía no me explico cómo salí del tranvía. Debe haberse roto el vidrio de mi ventanilla, porque tengo una herida en la frente y otra en la mano izquierda. Sin saber nadar, estuve chapoteando un rato hasta que me sacaron”, le contó esa misma mañana, todavía con las ropas húmedas y un susto de muerte, el obrero Remigio Benadasi al poeta Raúl González Tuñón, cronista enviado por el diario Crítica al lugar de los hechos.

El italiano Benadasi, de 56 años, fue uno de los cuatro sobrevivientes del peor accidente de tranvías de la Argentina, cuando una unidad de la Compañía de Tranvías Eléctricos del Sur que cubría el trayecto entre Temperley y Constitución cayó al Riachuelo y dejó un saldo de 56 o quizás 58 muertos, porque la cifra nunca se pudo establecer con exactitud. Ocurrió a las 6.23 de la helada mañana invernal del sábado 12 de julio de 1930, momento en que la unidad 75 de la línea 105 se precipitó desde las alturas del Puente Bosch a las turbias aguas del curso fluvial que separa Avellaneda de la ciudad de Buenos Aires.

El tranvía, pintado con el color rojo que caracterizaba a esa línea de transporte había salido menos de una hora antes desde su cabecera en Temperley, conducido por el motorman Juan Vescio, un italiano de 31 años, casado, con tres hijos y otro en camino, que vivía en Gerli. Hacía apenas dos meses que había conseguido el empleo y era uno de los primeros viajes que hacía solo al frente de una unidad. Lo acompañaba el guarda Ángel Rodríguez y ambos murieron ahogados en el accidente. Era un tranvía modelo Brill 21E, fabricado en Estados Unidos en 1913, con capacidad para 36 pasajeros sentados y 22 parados. Tenía un motor eléctrico de 50 caballos de fuerza y podía alcanzar una velocidad máxima de 40 kilómetros por hora.

Tanto el motorman como el guarda perdieron la vida en el accidente

Del puente al agua

La mañana era oscura y gris, con una niebla reforzada por una tenue llovizna y el vehículo iba repleto, tanto que algunos pasajeros viajaban colgados del estribo, desafiando al frío. Casi todos eran obreros, muchos de ellos inmigrantes que iban a tomar sus puestos de trabajo en las fábricas y los frigoríficos de la zona. El tranvía se movía rápido, porque a tener su capacidad colmada, el conductor Vescio había dejado de detenerse en las paradas porque no podía cargar a nadie más. Venía por la avenida Pavón y dobló por la calle Bosch para dirigirse al puente levadizo del mismo nombre, que estaba levantado para dejar pasar a una lancha petrolera que se aproximaba por el Riachuelo. Como era habitual en esas circunstancias, había una doble señal para alertar a los vehículos que querían cruzar por el puente: una luz roja encendida y una alarma sonora.

Poco después de las 6 y 20, el encargado de la garita, Manuel Rodríguez, vio atónito como a pesar de esos dos avisos el tranvía se aproximaba sin bajar la velocidad. “En ese momento me pareció escuchar el ruido de un tranvía y sentí un sudor frío. Me asomé por la ventana de mi garita y vi, entre la niebla, las luces de las ventanillas de un vehículo que acababa de entrar al puente. Medio desesperado, empecé a gritar para que el motorman me escuchara, pero fue inútil. Era el tranvía 105, que venía muy ligero. El conductor no podía escucharme; tampoco tenía tiempo ya de frenar. Pasó debajo mío como una tromba y lo vi caer al vacío en forma espectacular, hasta que se hundió completamente en el río; en ese momento se apagaron los chirridos de las ruedas y se sintió el ruido del impacto con el agua. Después todo fue silencio aterrador. Bajé de la garita y me encontré con otras personas que también habían presenciado la escena y empezamos a pensar cómo diablos podríamos sacar a esa gente de allí dentro”, le contó a un periodista de la revista Caras y Caretas.

Bomberos, buzos de Prefectura y policías participan del operativo de rescate y recuperación

Dos o tres de los pasajeros que viajaban en los estribos del tranvía salvaron sus vidas por puro reflejo arrojándose al pavimento antes de la caída. De inmediato, algunos transeúntes se tiraron al agua para tratar de rescatar a las víctimas atrapadas dentro del vehículo. Solo pudieron salvar a cuatro, entre ellas al obrero Benadasi y a una mujer llamada Gabina Carrera. Un rato después se sumaron al salvataje los bomberos de la zona, buzos de la Prefectura y policías de las comisarías más cercanas. Ya era tarde: se recuperaron 56 cuerpos y se cree que dos más fueron arrastrados por las aguas o quedaron enganchados en el lecho del Riachuelo para no aparecer más. El último cadáver recuperado fue el del motorman Vescio.

La noticia del tranvía caído corrió como un reguero de pólvora y pronto se congregó en las cercanías del puente una multitud de curiosos, periodistas y funcionarios. Entre los primeros en llegar, las crónicas nombran al ministro de gobierno provincial, Luis Domingo Rodríguez Yrigoyen; al intendente porteño, Luis Cantilo; al intendente de Avellaneda, Alberto Barceló, y al jefe de la policía de la ciudad de Buenos Aires, el coronel, Juan José Graneros. Los cuerpos fueron llevados a la morgue que funcionaba en la isla Demarchi, frente a Dársena Sur, mientras que al tranvía recién pudieron sacarlo del agua al día siguiente con grúas del Ferrocarril del Sud y del Ministerio de Obras Públicas de la Nación. Se lo necesitaba para hacer las pericias que permitieran determinar las causas del accidente.

Un caso sin procesados

La investigación estuvo en manos del Juez Federal, Miguel Jantus. Al principio, se sospechó que el responsable era el conductor Juan Vescio, a quien se le practicó una autopsia que dio negativa en alcohol. Luego se comprobó que, si bien en un primer momento Vescio no vio la señal, cuando la advirtió e intentó frenar se encontró con que la manivela de freno del tranvía se hallaba trabada por el desgaste, lo que le impidió reducir la velocidad. Con muy poco tiempo y presa de la desesperación, en lugar de interrumpir el suministro eléctrico, como debía hacerse reglamentariamente en estos casos, intentó forzar la manivela para destrabarla, pero no tuvo éxito.

También fue detenido brevemente Manuel Rodríguez, el encargado de la garita del puente, quien no tardó en ser descartado. Finalmente, la Justicia determinó que el accidente del tranvía en el Riachuelo se produjo por una falla mecánica causada por el desgaste en el comando que accionaba el freno. Y señaló a la empresa propietaria como la responsable debido a la falta de control mecánico de las unidades. El juez, además, señaló la ausencia de fiscalización por parte del Estado, pero decidió no procesar a ningún funcionario. No hubo condenas penales por el accidente y nadie fue preso.

En los alrededores del puente se congregaron familiares de las víctimas y curiosos. Foto Revista Caras y Caretas.

Por su parte, la Dirección Federal de Ferrocarriles declaró a la Compañía Tranvía Eléctricos del Sur como la responsable civil del accidente por la impericia del empleado y por no haber contado con un mecanismo que impida al tranvía pasar con el puente levantado. La empresa era la misma que había construido el puente Bosch en 1908.

La misa y las crónicas

Ese mismo sábado, en la catedral de Avellaneda se realizó una misa solemne por las víctimas, de la que participaron el presidente Hipólito Yrigoyen, el vicepresidente Enrique Martínez, y el intendente de Avellaneda Alberto Barceló. En los días siguientes se realizó una gran colecta para socorrer a las viudas y los huérfanos de las personas fallecidas en el accidente. Uno de los primeros donantes fue Carlos Gardel. Las indemnizaciones fijadas por la justicia, en cambio, demoraron más de una década en ser pagadas.

La cobertura mediática del accidente y de sus secuelas fue enorme. La revista Caras y Caretas publicó una edición con un gran despliegue de fotografías, que encabezó con una frase rimbombante: “Siniestra trampa de la muerte, el puente tranviario que cruza las aguas cenagosas se abrió como una cauce hambrienta (sic) devorando más de cincuenta vidas encadenadas en la espantosa angustia”.

El

Entre todos esos textos se destaca la estremecedora crónica de Raúl González Tuñón, publicada esa misma tarde por el diario Crítica, dirigido por Natalio Botana. En una parte del texto describe el hallazgo del cuerpo de la víctima más joven del accidente, Leonardo Puma, de 14 años. “Uno de los cadáveres extraídos era el de un chiquilín como de 14 años de edad. Obrerito joven, la muerte lo sorprendió tiritando de frío en un rincón del tranvía. Nadie lo reconoció en el momento de ser sacado de las aguas. ¡Quién sabe si ese chiquilín no tiene más familia que una abuelita vieja, a la que debe mantener con sus pobres jornales! Cuando levantaron ese cuerpecito liviano, llamó la atención lo abultado de uno de los bolsillos de su saco. Ese bulto resultó ser un sándwich. Un pan francés abierto en dos, llevando adentro una milanesa, seguramente sobra de la comida del día anterior. Ese sándwich era el único almuerzo de la infeliz criatura. Cuando se lo sacaron del bolsillo, ese sándwich, último sándwich de quién sabe cuántas jornadas de hambre, tuvo el prestigio de arrancar más de una lágrima”, decía.