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Valeria Tentoni: “La literatura te dice que hay algo más allá de una vida pegada al celular, a la televisión, al trabajo rutinario”

Valeria Tentoni: “La literatura te dice que hay algo más allá de una vida pegada al celular, a la televisión, al trabajo rutinario” (Foto: Alejandra López)

Valeria Tentoni domina varios géneros. Publicó poemarios, libros de cuentos, literatura infantil y hasta ensayo. Incluso periodismo cultural: edita y escribe en el blog de Eterna Cadencia hace más de una década. Pero con la novela no había caso. Lo intentó varias veces y siempre trastabillaba en el recorrido, como un atleta que se queda sin fuerzas, que sediento bajo el sol abandona. Hasta que un día —todavía estábamos en pandemia— decidió meterse en un dojo. “Empecé a hacer artes marciales”, dice.

“Sí, artes marciales: kung-fu y taichí”, subraya, del otro lado del teléfono. “En el dojo hay algo de la disciplina, de la tolerancia al fracaso, que lo pasás por el cuerpo, pero también es un trabajo muy espiritual de persistencia que me formó para encarar en un plano vital la escritura de una novela”. El problema de la novela, dice, es que “tardás en entender cómo manejar tanto volumen de materiales, tantas capas en simultáneo de elementos”. El resultado está acá: su último libro, una novela: La vida privada.

Empezamos habitando las zapatillas de una lectora sin nombre. Un micro de larga distancia la deja en la ruta de un pueblo que está amaneciendo. Tiene que llegar hasta la isla donde vive una escritora mítica, enigmática, que escribió treinta y nueve diarios de viajes y desapareció para siempre. La lectora lleva años escribiéndose cartas. Va a su encuentro. Virginia Muntweazel —así se llama la escritora— no la espera, ni siquiera sabe quién es, pero después de mirarla de arriba a abajo le dice: “Adelante”.

Valeria Tentoni se acuerda perfectamente cuándo apareció la historia en su cabeza. Fue en 2016. El enlace es el periodismo, un oficio que define como “de mucha disciplina” y “muy proteico para escribir literatura”. “A mí el periodismo me interesa porque me interesa escribir y leer: fue mi manera de garantizarme horas de lectura y de escritura”, comenta. Daniel Melero, en una entrevista que le hizo en 2016, hablando de Borges, “me contó la historia, que no sé si es una invención, pero yo la usé”, y se ríe.

“Los primeros cartógrafos, para firmar sus mapas, dibujaban alguna isla, algún río, alguna laguna, alguna montaña que no existiese en la realidad, de modo tal que si la veían en otro mapa podían deducir que les habían robado el trabajo, que se los habían copiado. Quedé loca con ese dato y cuando termino la entrevista me pongo a investigar y llego muy rápidamente a un artículo del New Yorker sobre el mundo de las enciclopedias: tenían las mismas trampas de copyright, el mismo procedimiento», recuerda.

Así es que llega a una tal Lillian Virginia Mountweazel, fotógrafa estadounidense que, según la New Columbia Encyclopedia de 1975, murió trágicamente a los 31 años en una explosión. Todo falso. Era la firma secreta de unos locos enciclopedistas. “Sigo leyendo y me encuentro con un submundo muy nerd alrededor de este personaje ficticio. Entonces decido darle una vida extendida en mi historia”, cuenta la autora. Pero todavía falta para llegar a La vida privada porque primero convierte ese dato en un cuento.

La historia detrás de esta novela nos lleva ahora a una tarde en que Valeria Tentoni vuelve a su casa luego de hacer una clínica de obra en el departamento de Federico Falco. “Esto no está terminado”, le dijo el autor y docente cordobés cuando leyó ese cuento y esa frase se convirtió en una pelotita rebotando loca en el pinball de su cabeza. Fueron treinta cuadras así: “Esto no está terminado”. Cuando llegó a su casa, cerró la puerta y dijo, en voz alta, sorprendida: “Esto es una novela, la tengo que escribir”.

“Más allá del prestigio, la monumentalidad en la novela es muy desafiante. Y a mí me gusta escribir. ¿Por qué ponerme límites? Voy a probar, dije, quiero probar otra vez. Además, no estoy tan de acuerdo con que cada vez que empezás a escribir un libro tenés que inventar todo de cero. No. Creo que voy acumulando aprendizaje». Así se trasluce la imagen de la protagonista, la lectora, en la propia Tentoni: una lectora leída, interesada en lo que leyó, como una entrevistadora, frente a la autora: el enigma a descifrar.

“Yo me siento identificada un poco con las dos. Los personajes siempre se construyen medio Frankenstein con partecitas de acá y de allá. No pensé en nadie en particular. De hecho, físicamente he robado rasgos de algunas personas, pero ni siquiera sé bien. Una entrevistada así, que te dice grandes cosas, que tiene cierta grandilocuencia en el decir, en el vivir… es muy interesante. A mí me encanta entrevistar. Personajes así, para entrevistar, no te tocan tan seguido, pero cuando te tocan te fascinan”, sostiene.

En la novela, la lectora llega a la casa de Virginia, almuerzan juntas, pero se tiene que ir. Y la sensación que le queda es a poco. Entonces decide regresar a esa casa. ¿Por qué? Porque a su vida anterior —lo dice ella misma— no vuelve más. Ahora, Valeria Tentoni ubica ese instante de quiebre personal, de no volver atrás, con la literatura: “A todos los que nos gusta mucho leer nos pasó. Es el momento en el que la literatura te revela la posibilidad de una vida más intensa, más profunda, más colorida”.

“La literatura te dice que hay algo más allá de una vida pegada al celular, a la televisión, al trabajo rutinario. El arte propone una vida más profunda, más abundante. No creo que sea mejor una vida con arte que una vida sin arte, pero sí creo que el arte permite niveles de autoconocimiento muy profundos, que abre puertas de libertad”. Quizás por eso fue que una vez recibida de abogada, con diploma de honor y ya siendo ayudante de cátedra, Tentoni giró bruscamente el volante. “Me dije: quiero ser escritora”, recuerda.

El deseo aparece en la protagonista de entrada: cruza el mundo para conocer a Virginia. Pero Virginia baja el precio: “El deseo es una cueva”, le dice. La frase se subraya sola. “Me apareció desde el principio. De hecho, iba a abrir así la novela”, confiesa. “Salís de esa cueva, de una oscuridad, y salís como a una luz que te puede cegar. El deseo es como una gran promesa que también te puede traicionar. Una energía muy potente. Me interesa trabajar con la energía del deseo porque me parece problemática”, agrega.

“Un vínculo de admiración es un vínculo de deseo, y el deseo es el gran motor de la vida”, sentencia. “No despreciaría en nadie ese deseo, tampoco en una fan. Hay algo muy vital en ese deseo de querer ver de cerca algo que admirás. Es un misterio que me interesa”, dice y se le vienen a la cabeza algunas postales: “Una entrevista a Ramón Ayala, una tarde maravillosa que atesoro; una entrevista a Juana Bignozzi en su casa, en el Once; la entrevista que le hice a Laiseca en su casa y terminé siendo su alumna”.

La vida privada es preinternet. Transcurre en una época sin celulares ni redes sociales, de cámaras analógicas, libretas de anotaciones, pausas, silencios, misterio. “Es mi oda al viejo mundo”, y se ríe. “Al viejo mundo que conoció nuestra generación. Yo nací en el 85, había teléfonos en la calle para hacer llamadas de larga distancia. Ese viejo mundo me fascina. Es que el presente me parece muy aburrido. No tengo ningún deseo de escribir sobre inteligencia artificial o personajes que tienen un celular en la mano”.

“También es una oda a las bibliotecas, una oda a las cartas, una oda a la lectura como ejercicio de lentitud, una oda a los viajes: todas cosas que me encantan. Quizás eso cambie en mí y me termine acostumbrando, pero la verdad es que me parece aburridísimo”. Entonces duda, hace un breve silencio, una pausa, y concluye: “No sé cómo voy a hacer. Supongo que voy a seguir haciendo lo que hago: apostando por la artesanía de la escritura y de la lectura, porque finalmente son eso: artesanías”.