
“—Dale, dale, dale, ahí viene, se le ven los pelos. Vamos, vamos.
Cierro los ojos. Busco algo que me ayude. ‘Parir se pare’, eso me dijo mi mamá cada vez que le pregunté cómo era eso cuando era niña. Lo uso como mantra. ‘Parir se pare’, me digo y grito. Grito con dolor, desde esa soledad en la que me siento sumida, desde las entrañas donde todavía se escondía mi hija.
—¿Qué pasa? ¿Por qué grita la chica? —pregunta un médico. Otro. Uno que estoy segura de que no estaba hace unos instantes en esta pequeña multitud.
(…) Otra vez una fuerza infrahumana me toma y me transporta a otro lugar. A uno de fuerza que ahora permite que mi hija nazca. Grito como nunca antes, de dolor, de agotamiento y de miedo, de incertidumbre. Grito como seguramente lo hizo mi madre (…). Grito como lo han hecho infinidad de mujeres.
(…) Los controles de rutina. Sigo sintiendo miedo. Sigo desnuda y atada. Llena de sangre. Anestesiada. Tiemblo y siento frío. También incertidumbre y miedo. Terror.
El obstetra no da todo por terminado. Me introduce la mano en la vagina (…). Otra vez me pide que me quede quieta.
—Quietita.
Revuelve como si estuviera cocinando un guiso mientras, con aguja e hilo en mano, le dice al papá de mi hija que se quede tranquilo.
—Te la voy a dejar como una de quince.
Ninguno de los dos entiende qué quiere decir hasta mucho después.
—Tuviste un partazo. Felicitaciones —dice finalmente—. Y yo no entiendo por qué lloro con tristeza, con impotencia, con frustración”.
Así. Con un médico que pregunta por qué grita una mujer que está siendo atravesada por un bebé que busca el otro lado de la piel. Con otro que la manda a estar quieta —quietita—. Y le hace un guiño a su compañero a la hora de coserla, recién parida, haciendo el famoso “punto extra para el marido” para achicar la vagina pensada por los hombres para los hombres como mero medio de placer. Así es como Julieta Saulo, una profesional de la publicidad, directora creativa de agencia con 26 años, que hasta ese día pensaba que parir se paría, como le había dicho su madre tantas veces, y la vida seguía, se convirtió en una activista en pie de lucha contra una sistema ominoso.
“El grito”, el primer capítulo de su libro Bien que te gustó: un manifiesto para partos insumisos, recuerda ese momento donde no solo ella y su cuerpo, también el mundo conocido se abrió en dos. El momento en el que descubrió que “parir se pare, si el sistema te deja”. Recuerda ese día de 2008 que la impulsó a la computadora de su casa recién llegada de la clínica, con una internet aún lenta y una bebita recién nacida al pecho, a leer, estudiar y descubrir algo que le resultó revelador: parece que las mujeres teníamos derechos también a la hora de parir.
Si algo no hizo Julieta Saulo desde ese día fue quedarse quietita. Calladita.

Una ley nacional, una semana y un día internacional
—Me acuerdo de que para mí ese grito fue como la punta de lanza para decir: “Che, ¿qué pasa acá?” —dice Julieta Saulo, en diálogo con Infobae, del otro lado de la pantalla—. La punta del ovillo que me permitió empezar a tirar: “¿Cómo a alguien le puede llamar la atención que una mujer grite en el momento en que está naciendo su hija o su hijo?”. Ahí yo me pongo a investigar, obsesivamente. Y esto fue lo que me permitió enterarme de que había una ley de parto respetado, de lo que yo no tenía la más pálida idea. Enterarme de que las mujeres tenemos infinidad de derechos en ese momento.
Julieta Saulo no comenzó a investigar cuando quedó embarazada. Comenzó a investigar cuando después de haber pasado por la experiencia de un parto percibió cosas que le hicieron ruido: intervenciones que recibió sin cuestionar, porque se suponía que eso debía hacer, someterse a quienes son poseedores del conocimiento en ese momento de vulnerabilidad y miedo. Hizo caso. Aceptó que le hicieran tacto cuando estaba dolorida, que le rompieran la bolsa porque así “todo iba a ir más rápido”, que le cosieran la vagina pensando en el placer sexual de su compañero. Aceptó. ¿Aceptó? ¿Es aceptar cuando no te dan alternativa?
Con hija en brazos, con angustia por motivos que aún no entendía y quizás pensando en que no bastaba con aquello que nos dicen a muchas cuando algo sobre la experiencia del parto o la cesárea no cierra: “Pero de qué te quejás si tuviste un hijo sano?”, y con las hormonas desquiciadas del puerperio, se arrojó a leer. Como tantas, se encontró con una ley que ignoraba. Algo que no puede ser casual.
En Argentina la Ley 25.929, conocida como Ley de Parto Respetado, que especifica los derechos de las personas gestantes durante el embarazo, el trabajo de parto, el parto y el postparto, y los de los niños y niñas al momento de nacer, fue aprobada en agosto del 2004 y reglamentada en 2015. La medida hace foco en el parto como un proceso orgánico y fisiológico; y además de enlistar derechos, exhorta a los profesionales de la salud, a las obras sociales y a las empresas de medicina prepaga a cumplir con los requisitos y favorecer las condiciones para un parto respetado.
La ley establece, para la persona que va a parir, el derecho “a ser informada sobre las distintas intervenciones médicas que pudieran tener lugar durante esos procesos de manera que pueda optar libremente cuando existieren diferentes alternativas”; “a ser tratada con respeto, y de modo individual y personalizado que le garantice la intimidad durante todo el proceso asistencial y tenga en consideración sus pautas culturales”; “a ser considerada, en su situación respecto del proceso de nacimiento, como persona sana, de modo que se facilite su participación como protagonista de su propio parto”; “al parto natural, respetuoso de los tiempos biológico y psicológico, evitando prácticas invasivas y suministro de medicación que no estén justificados por el estado de salud de la parturienta o de la persona por nacer”; “a ser informada sobre la evolución de su parto, el estado de su hijo o hija y a que se le haga partícipe de las diferentes actuaciones de los profesionales”; “a no ser sometida a ningún examen o intervención cuyo propósito sea de investigación, salvo consentimiento manifestado por escrito bajo protocolo aprobado por el Comité de Bioética”; “a estar acompañada, por una persona de su confianza y elección, durante el trabajo de parto y postparto”; “a tener a su lado a su hijo o hija durante la permanencia en el establecimiento sanitario, siempre que el recién nacido no requiera de cuidados especiales”; “a ser informada, desde el embarazo, sobre los beneficios de la lactancia materna y recibir apoyo para amamantar”; “a recibir asesoramiento e información sobre los cuidados de sí misma y del niño o niña”; “a ser informada específicamente sobre los efectos adversos del tabaco, el alcohol y las drogas sobre el niño o niña y ella misma”.
Para la persona recién nacida, establece el derecho “a ser tratada en forma respetuosa y digna”; “a su inequívoca identificación”; “a no ser sometida a ningún examen o intervención cuyo propósito sea de investigación o docencia, salvo consentimiento, manifestado por escrito de sus representantes legales, bajo protocolo aprobado por el Comité de Bioética”; “a la internación conjunta con su madre en sala, y a que la misma sea lo más breve posible, teniendo en consideración su estado de salud y el de aquélla”; “a que sus padres reciban adecuado asesoramiento e información sobre los cuidados para su crecimiento y desarrollo, así como de su plan de vacunación”.
El texto de la norma es límpido, preciso. Pone a la persona que pare y a la que nace en el centro, protege la posibilidad de decidir cómo atravesar ese momento, incluso insta a que se respete la libertad de posición y movimiento durante el trabajo de parto, a que se escuche la opinión y deseo de quien va a alumbrar —siempre que no haya ninguna situación de riesgo o emergencia que lo impida—, promueve el contacto piel con piel con la persona recién nacida y favorece la lactancia. Blinda a ambos protagonistas para que no sean sometidos a intervenciones innecesarias, malos tratos, o procederes violentos. Y decreta el derecho a la información y asesoramiento en cada instancia del proceso: embarazo, trabajo de parto, parto y puerperio. La Ley de Parto Respetado, como muchas otras en Argentina, es vanguardia en el mundo. Pero si el texto no se practica, es letra muerta.
El 7 de junio, desde 2004, tiene un rótulo que es una plataforma a la cual subirse para recordarla y difundirla: el Día Mundial por los Derechos del Nacimiento y el Parto Respetado. La conmemoración nació, junto a la Semana del Parto Respetado, como una iniciativa de la Asociación Francesa por el Parto Respetado (AFAR) y desde ese momento se replica en distintos países —gracias al apoyo de organismos internacionales como UNICEF y la Organización Mundial de la Salud— con la meta de visibilizar las prácticas que se realizan en partos en todo el mundo y exigir el cumplimiento de los derechos de las personas gestantes y recién nacidas. La efeméride busca favorecer los partos fisiológicos, concientizar sobre intervenciones innecesarias, brindar información sobre alternativas ante cada momento del trabajo de parto, parto y nacimiento, y combatir la violencia obstétrica no pocas veces invisibilizada detrás del manto del conocimiento científico y los argumentos de los profesionales de guardapolvo blanco.

Empoderar como bandera
Eso le sucedió a Julieta Saulo: quietita. Por qué gritás. Calladita.
Cuando volvió de su primer parto, en 2008, la ley estaba recién estrenada y ni siquiera estaba reglamentada. Pero estaba ahí. Hoy, 18 años después, sigue siendo desconocida para cientos —quizás miles— de personas en situación de parto o de futuro parto. Y también para muchos y muchas profesionales de la salud.
Por eso cuando se puso a investigar y la descubrió, descubrió sus derechos y advirtió que varios habían sido vulnerados, Saulo se sintió un poco estafada y decidió que tenía que hacer con eso lo que mejor sabía: campañas para comunicar que en el momento de parir y de nacer también hay derechos. “Empecé a entender todo lo que se juega en esa escena, a indagar cómo se cristaliza el rol de las mujeres en el momento del parto y del nacimiento de sus hijos. Ni hablar en los contextos en los cuales estamos teniendo esta conversación, cuando es corriente esto de “Quédate tranquilita, calladita. No cuestionemos, no preguntemos, nosotros sabemos, vos quietita”. Ahí fue que se me ocurrió crear un perfil en redes sociales, en Facebook en ese momento, que se llamó Las Casildas”.
Desde esa cuenta —que homenajeaba con su nombre a la autora feminista española Casilda Rodrigáñez Bustos, quien ya miraba a la maternidad como un suceso revolucionario abrazado al feminismo y no como un recinto opuesto a ese movimiento— Saulo comenzó a divulgar, cuando divulgar por redes aún no era un oficio de moda superexplotado.
—Yo generaba campañas de difusión sobre la ley 25.929; hablaba de las licencias maparentales, esto de que las madres tienen 45 días antes, 45 días después y los varones, 48 horas, poniendo en tensión no solamente lo que sucede en la escena del nacimiento sino lo que sucede después. Muchas veces tenemos al parto como la montaña a atravesar: “¿Cómo va a ser el nacimiento? ¿Me va a doler? ¿Va a ser un parto arriba de una palmera? ¿Va a ser una cesárea?”. Qué hacemos después con esa criatura, y sobre todo en una sociedad tan rota como la que tenemos hoy, es algo que queda vacante en un tejido social que viene golpeado desde hace muchos años, donde no tenés espacios de cuidado, donde no tenés red. Donde necesitás hacer un tetris para cuidar y siempre la variable de ajuste terminamos siendo las madres. Las que empezamos a malabarear y a replegar todo lo que tiene que ver fundamentalmente con nuestra vida profesional.
Cuando empezó a postear, a acercar información, la respuesta fue tan contundente, la demanda tan intensa, que comenzó a agruparse con otras personas para crear nuevos dispositivos, canales y formas de seguir hablando de los derechos de las madres, de los de los hijos e hijas, de la desigualdad de género en las tareas de cuidado, de feminismo y maternidad.
—Y fue creciendo. Tuvimos un programa de radio, una revista digital, una obra de teatro con debate posterior, Parirnos, con la que recorrimos Argentina y el mundo —repasa.
Las Casildas —aún vigente en las redes— se transformó en asociación civil feminista. Y Saulo comenzó a estudiar Gestión y dirección de organizaciones de la sociedad civil para afrontar los desafíos que traía ese crecimiento y seguir difundiendo que existen derechos que protegen y garantizan un parto respetado.
—Esto de: “Tenés derechos”. Lo que significa que, conociéndolos, ¿te querés programar una cesárea? Fantástico. Esa siempre fue mi línea argumental porque yo no quería caer otra vez en el mandato hacia las mujeres: “Tenés derechos: parí arriba de una palmera”. No. “Tenés derecho a programar una cesárea porque tenés miedo”. Mi línea discursiva —en una nota, en una ponencia desde un hospital, en una universidad con un grupo de estudiantes, la línea editorial que tiene mi libro y la que manejo al día de hoy acompañando a las familias en todo lo que tiene que ver con la gestación, los nacimientos y la gestión del cuidado en criaturas pequeñas— es: la información es esta. Después cada uno y cada una va construyendo y eligiendo en función de sus posibilidades, su historia, sus deseos. En el libro lo describo y hablo mucho de que un parto respetado no es la playlist, no es la esencia de lavanda, no es el ohm y la vocalización. Un parto respetado tiene que ver con el pleno ejercicio de la autonomía en función de todos los derechos que tenemos en ese momento. Apropiarnos de eso. Saltar al centro de la escena y, desde ahí, decidir con información. Si la mujer con información decide una cesárea, genial. Si la mujer con información decide un parto planificado en domicilio, es su decisión. Se trata de que las mujeres recuperemos el lugar del cual hemos sido corridas históricamente. Que tiene que ver con esto: el centro de la escena.

Los números de la violencia obstétrica
A partir de Las Casildas y el impacto que generaban las iniciativas de esta agrupación, Julieta Saulo se dio cuenta de que era necesario respaldar la información con datos cualitativos y cuantitativos: concretamente historias y números que mostraran uno de los tipos de violencia de género más invisibilizados: la violencia obstétrica, esa que sucede cuando muchos de los derechos garantizados por la Ley de Parto Respetado son ignorados por desconocimiento o deliberadamente. Con esa meta creó y se puso al frente del primer Observatorio de Violencia Obstétrica de Argentina (OVOA).
Para la Semana del Parto Respetado 2026, que se llevó a cabo del 18 al 24 de mayo, la Asociación Argentina de Salud Pública (AASAP) realizó una radiografía de la violencia obstétrica en el país y se valió, entre otras fuentes, de este organismo que, aunque sin Saulo en su staff, sigue en actividad.
En su análisis la AASAP afirma que “a pesar de contar con un marco legal desde 2004, el sistema de atención perinatal continúa regido por la sobremedicalización, el maltrato y la vulneración sistemática de las personas gestantes”. Recuerda, además, que “la Ley de Protección Integral a las Mujeres N° 26.485, sancionada en 2009, define explícitamente a la violencia obstétrica como aquella ejercida por el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado y una patologización de los procesos naturales”. Esa norma complementa lo establecido por la Ley de Parto Respetado y protege a las mujeres y personas gestantes del trato humillante por parte del sistema sanitario, del abuso de medicalización y de la patologización innecesaria. “Sin embargo —sigue la radiografía de la AASAP— la distancia entre lo que establece la ley y lo que ocurre en las salas de parto es alarmante. Diversos relevamientos y denuncias exponen que la violencia obstétrica es una de las modalidades más invisibilizadas y naturalizadas dentro del sistema médico, convirtiendo un hecho trascendental en un escenario de vulneración institucional”.
El informe del organismo recuerda que la agresión no solo es física: los maltratos, “el lenguaje y la manipulación psicológica operan como la primera forma de violencia”. Vos quietita. Calladita. No grites. Bien que te gustó.
A las afirmaciones, los números: según las Estadísticas Vitales 2024 del Ministerio de Salud de la Nación, la mortalidad materna aumentó un 37% respecto al año anterior, alcanzando el valor más alto desde 2010, en un contexto en el que el acceso y el financiamiento del sistema sanitario se deteriora cada día.
Del Observatorio de Violencia Obstétrica creado por Saulo, esta radiografía tomó las estadísticas relevadas entre 2023 y 2024 que arrojan que el 46% de las personas gestantes manifestó haber sufrido maltrato psicológico y verbal durante su atención.
“El 69% de las mujeres sufrió el uso de sobrenombres o diminutivos paternalistas (como ‘mamita’, ‘nena’ o ‘gorda’) que las despojan de dignidad. Peor aún, el 54% sufrió manipulación psicológica a través de frases orientadas a hacerles sentir que ellas o sus bebés corrían peligro, una estrategia para lograr que aceptaran prácticas quirúrgicas innecesarias”. “El derecho básico al acompañamiento tampoco queda garantizado de forma unánime: tres de cada diez mujeres no pudieron estar acompañadas durante el trabajo de parto, y cuatro de cada diez atravesaron el parto o la cesárea en total soledad afectiva, rodeadas únicamente por personal médico desconocido”.
Hay más. Más datos vinculados a la práctica de intervenciones y administración de analgesia de modo rutinario, en lugar de utilizarlos solo en caso de emergencia o por decisión de la persona que pare.
Datos recogidos de una encuesta sobre atención en el parto o cesárea del OVOA dicen que el 70% de las mujeres reportó no haber tenido libertad de movimiento durante el parto, siendo obligadas a parir en posición ginecológica, mientras hay estudios que prueban el beneficio de esa libertad: de aquellas mujeres que sí pudieron moverse según su deseo y necesidad en el trabajo de parto, solo el 14% terminó en cesárea.
Al 70% de las encuestadas se les rompió la bolsa de manera artificial y a un 64% se les suministró oxitocina sintética para apurar los tiempos biológicos. Esta cifra supera en mucho la recomendada por la OMS, que indica el uso justificado de oxitocina en el 5% o el 10% de los casos.
Al 60% de las mujeres le practicaron una episiotomía (un corte en el periné). Y en primerizas el número trepa al 85%. A tres de cada diez se les practicó la maniobra de Kristeller (cuando el profesional ejerce presión física sobre el abdomen de la persona gestante para ayudar a salir al bebé), una práctica desaconsejada y riesgosa. A esto se le suman los datos de falta de consentimiento: el 80% de las episiotomías y el 90% de las maniobras Kristeller se realizaron sin autorización ni aviso previo.
Esta lista se completa con la inexistencia del asesoramiento estipulado por la ley: el 85% de las encuestadas afirmó no haber recibido información completa, adecuada y oportuna sobre los procedimientos que les practicaban.
No es una institución. No es un profesional. Son prácticas sistemáticas instaladas como parte del protocolo de los partos y nacimientos. “Un modelo de atención perinatal hegemónico y de raíces patriarcales”, dice la AASAP, que ni siquiera la norma pudo erradicar.
—A mí me gusta, y por eso fue el armado del Observatorio en su momento, ser absolutamente objetiva: por eso los datos, por eso lo cuantitativo —dice Saulo—. En Argentina tenemos una ley desde hace muchísimos años, una ley que está reglamentada, una ley que está vigente, una ley que es modelo a nivel mundial. A mí me ha tocado hablar de estos temas alrededor del mundo y la gente realmente se sorprende en relación a este instrumento que tenemos en nuestro país. Después, la realidad. Pero me interesa enmarcar que no es que estamos hablando ni de un capricho ni de algo snob, estamos hablando de derechos. El tema es que muchas veces no se los conoce. Hay muchos y muchas profesionales de la salud que no tienen la más pálida idea de que existe esta ley al día de hoy y también sucede con las usuarias del sistema de salud, pero eso es mucho más profundo.

Parir con respeto, un privilegio para pocas
Saulo cuenta que para su libro conversó con muchas mujeres dentro y fuera de Capital —”fundamentalmente me interesaba conocer la realidad de otros territorios. Yo nací en Esquel, en el sur, entonces siempre busco indagar qué pasa en el interior—. Y en muchos lugares, la historia se repetía: “Mujeres contándome: ‘Mirá, Juli, el lunes estaba de 38 semanas, voy a ver al obstetra y me dice que tiene que nacer la semana que viene porque el único anestesiólogo que hay después se toma tres semanas de vacaciones’. Marcando la agenda de nacimientos en función de la agenda de los y las profesionales que trabajan. Como esa, infinidad de historias que te dan la pauta de que autonomía, cero; decisión, cero. Y también el ‘como sí’: ‘Hagamos como que ella hace y decide pero en realidad hay unos hilos orquestados detrás’. Y son historias en las cuales uno cae tiempo después. Como que va decantando cuando uno toma una distancia más emocional y agudiza una mirada un poquitito más objetiva. En la gran mayoría de las mujeres que tengo el placer de acompañar esto sucede, va cambiando la subjetividad del relato del nacimiento a medida que pasa el tiempo”.
—Una vez que la mujer tiene la información y elige cómo quiere parir, ¿qué pasa con el sistema? Porque la utopía de que parto respetado sea una frase sin sentido, que caiga de maduro que como todas las situaciones vinculadas a la salud —y a cualquier aspecto, en realidad— de las personas, ese momento en particular debe ser atendido desde el respeto, todavía sigue siendo eso en la mayoría de los casos, una utopía. Y para que no lo sea, en general, la mujer debe buscar por su cuenta profesionales que le garanticen que van a respetar sus deseos, y debe pagar por su cuenta por eso, pagar por el respeto. Entonces, ¿qué pasa cuando el parto respetado todavía es para algunas, para quienes pueden costearlo?
—Tiene que ver con repensar el vínculo asimétrico que tenemos las mujeres con el sistema de salud. Frente a esto, surgen otras alternativas. Surgen propuestas mucho más amorosas, respetuosas, humanizadas —como a muchos les gusta llamarse o autopercibirse—. Y la realidad es que ahí entra la cuestión de clase: son propuestas que no son accesibles para el común de la gente, más aún hoy donde hay cada vez más personas cayéndose del sistema. Propuestas, incluso, dolarizadas en un país que tiene su propia moneda. También han habido casos de personas lanzándose a acompañar sin la formación acorde, es una realidad. En la actualidad, yo considero que el parto respetado es un derecho, pero es una cuestión también de privilegios. Lamentablemente no accedemos todos y todas. Es también pensar los nacimientos dentro del mundo capitalista en el cual vivimos. Siempre que hablo de este tema me gusta mencionar a la Maternidad Estela de Carlotto, que está enclavada en el conurbano bonaerense. La conozco muchísimo porque me tocó abrir el servicio de puericultura, hace muchos años, ahí, de la mano de una ONG en la cual trabajo, que es la Asociación Civil Argentina de Puericultura. La Maternidad Estela de Carlotto trabaja bajo un paradigma asistencial de no vulneración. Ahí, el parto respetado es la línea de la institución. Siempre lo traigo para mostrar que hay opciones públicas para personas que de repente se plantean esto, así como hay profesionales, en instituciones públicas y privadas, que trabajan excelentemente bien, que se replantean sus prácticas todo el tiempo.
—¿Ves algún cambio, en cuanto a las experiencias que cuentan las mujeres y en cuanto a la información que manejan, entre aquel día de 2008 en que decidiste dedicarte a divulgar el derecho al parto respetado y la actualidad?
—Yo creo que lo que se ha modificado es que la información está más a la mano. Cuando empecé a investigar estos temas realmente había que ir a buscarla. Pero con la información no alcanza. Básicamente porque si no es un mandato más para las mujeres: “Vos te tenés que informar”. “Tenés que ir a parir con la ley”. No. Falta actualización en los profesionales, falta implementación de políticas públicas, falta entender esto como un hilo. “Bueno, va a nacer una criatura: ¿qué hacemos luego con esa criatura?”. No me parece casual la baja de la tasa de natalidad a nivel mundial. Realmente es muy complejo para las madres, ni que hablar en el contexto de decadencia y de crisis que transitamos en la actualidad, gestionar el cuidado. Pero no me parece casual porque realmente muchas veces quedamos atrapadas entre la espada y la pared. Esto de que hay que informarse, mientras tanto tenés que trabajar como si no tuvieras pibes y terminamos recontra sobreexigidas. Esos son los relatos que están escuchando las nuevas generaciones.

Hasta que sea para todas
Hacia el final de su libro, Julieta Saulo dice que escoge cerrar como lo hace en cada espacio al que es invitada. Con la voz de las mujeres.
“Me dijeron que mi bebé murió por mi culpa”. “Apenas nació la depositaron en una bandeja plateada pensando que estaba muerta. Comenzó a moverse, se la llevaron a neo y no la vi por doce horas”. “Me pinchan, me tiran a la cama y me empiezan a cortar”. “La partera me agarra, me pega en la mano y me dice: ‘Callate, que acá no estamos en una cancha’”. “Lo único que quiero es que se termine de naturalizar esto que es la violencia obstétrica. Tenemos derecho a ser bien tratadas”.
Es ley. Hace mucho que es ley. Lo recordaremos hasta que la expresión “parto respetado” pierda sentido. Hasta que deje de ser para pocas. Hasta que sea regla y no excepción. Hasta que no sea más una utopía.













