Pilar Sordo no tolera los posts que mandan a salir de la zona de confort. Lo dice sin rodeos, con la cadencia directa que la caracteriza, y Luis Novaresio la deja hablar. “Si la vida se encarga sola de sacarnos de situaciones cómodas, ¿cuál es la necesidad de andar buscando la incomodidad?”, pregunta la psicóloga chilena en la sección Nada es tan simple de Infobae.
La conversación arranca con una provocación aparentemente simple y se convierte en un diagnóstico certero de la época: la hiperproductividad como mandato moral, el descanso como pecado y la métrica como único idioma del valor.
La trampa del crecimiento permanente
Sordo tiene una certeza: la incomodidad es la única forma de crecer. Pero eso, aclara de inmediato, no significa que haya que estar creciendo todo el tiempo. “De la comodidad no crece nadie”, dice. Y en el mismo aliento: “¿Pero por qué habría que estar creciendo todo el tiempo?”.
La distinción importa. Novaresio la recoge y la lleva un paso más allá: hay algo patológico, señala, en no poder disfrutar de lo que se conquistó con esfuerzo. La zona de confort, en la mayoría de los casos, no es un regalo ni un privilegio heredado. Es el resultado de un camino.

Sordo asiente y agrega el matiz que le falta al debate público: cuando alguien llega a ese lugar y lo disfruta, el sistema no lo lee como mérito sino como privilegio. “No lo digo desde el rol del privilegio que tengo”, corrige, “sino desde el privilegio que me enseñaron: que el esfuerzo es la única forma de llegar a lo que puedes querer o soñar”.
El problema, entonces, no es la zona de confort. Es que se demoniza quedarse en ella. Se demoniza el descanso. Se demoniza la pausa. Se demoniza el ocio.
El auto que no se puede reparar en movimiento
Novaresio introduce la palabra que falta: ocio. Sordo la toma y construye una imagen concreta. El descanso no es pereza, dice, es una inversión para poder seguir produciendo. “Yo dudo que haya algún vehículo que se pueda reparar en movimiento. Hay que repararlo parándolo”.
Y ni siquiera lo vas a reparar tú, agrega. Vas a llevarlo a un lugar que sepa hacerlo. Ese lugar puede ser la psicoterapia, un hotel, o un viaje a Chascomús. Lo que importa es parar.

El diagnóstico que sigue es preciso: la sociedad actual exige estar cien por ciento alerta a todo, todo el tiempo. El scroll permanente, la ansiedad de no perderse nada, la acumulación de titulares. “Hasta ahí estamos generando acción permanente”, dice Sordo. “La pausa me parece que es supernecesaria”.
Novaresio suma otra capa: ni siquiera el ocio escapa a la lógica productivista. Alguien que elige trabajar menos para hacer deporte no tarda en verse empujado a competir, a ranquearse, a compararse. “El hago deporte para qué. Para hacerlo”, dice. “No compito, no me ranqueo”. Y reconoce que eso, hoy, es difícil de sostener.
Sordo confirma que el deporte también se convirtió en otra forma de productividad. Cuánto músculo generás, cuánto peso bajás, qué método usás. Ella misma, dice con algo de humor, acaba de descubrir que cincuenta y nueve años de zumba y caminatas no le garantizan una vejez cómoda. Que tiene que empezar a generar músculo para poder sentarse bien en un sillón a los ochenta. “Eso te obliga a hacer, a seguir haciendo y a sentirte culpable si no haces”.
La conclusión llega sola: “El bienestar se ha transformado en una industria”.

El estándar que nadie puede alcanzar
Para explicar cómo se llegó hasta acá, Sordo recurre a su madre. Comerciante en Temuco, sur de Chile. Cerraba el negocio a las siete de la tarde, llegaba a casa y servía arroz con huevo. Si el arroz no quedaba perfectamente graneado o el huevo se pasaba de punto, se acostaba igual, satisfecha de haber alimentado a sus hijas.
Hoy, dice, esa misma escena requiere otro estándar. El arroz tiene que estar en el punto de un chef. El huevo tiene que romperse con el pan encima y quedar casi pochado. Hay que agregar un tomate cherry, prender una vela, poner música de alta vibración. “Estoy exagerando”, admite. Pero no tanto.
Ese estándar imposible no aplica solo a la cocina. Aplica al trabajo, a cuánto leíste, a cuánto ejercitaste, a cuánto tiempo le dedicaste a tu pareja. “Se hace inalcanzable”, dice Sordo. “Estamos permanentemente insatisfechos. Nunca llegamos a estar contentos con nada, porque siempre podríamos haber hecho algo mejor”.
Novaresio conecta ese punto con otro: la dificultad también fue demonizada. No solo hay que crecer siempre, sino que el proceso tiene que ser entretenido. Él lo ilustra con el teorema de Pitágoras. Aprender que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos no era entretenido. Tampoco tenía que serlo.
Sordo lleva el argumento al aula. Los maestros, dice, están sometidos a la exigencia de que sus clases sean Disney. Si no resultan suficientemente entretenidas, parecen malos pedagogos. Pero hay cosas aburridas que son valiosas de aprender. Y el aburrimiento, además, es una forma de creatividad: los niños necesitan gestionar el vacío para poder salir de él. Los cumpleaños infantiles que cuestan como casamientos y se convierten en competencia entre familias son, para Sordo, otro síntoma del mismo problema.
La conquista que nadie deja disfrutar
Novaresio vuelve al punto de partida con una pregunta personal: ¿cuánto del no disfrute de la zona de confort depende de uno y cuánto de la mirada de los otros?
Sordo no duda. La mirada de los otros influye, y mucho. “La gente termina haciendo cosas que no quiere hacer, pero que tiene que hacer para poder tener el aplauso o la aprobación de un sistema que te dice que vas avanzando en la medida que haces”. Sostener la posición contraria, dice, requiere valentía. Bancarse el oleaje de comentarios, de lo que se dice, de lo que se espera.
Novaresio lo traduce a su propia trayectoria. Vino de Rosario. Trabajar en Argentina, en los medios, significaba trabajar en Buenos Aires. Llegó. Pero entonces el siguiente escalón era el canal más importante. Y después el siguiente. “¿Cuánto de eso es ambición genuina y cuánto es la mirada de los otros?”, pregunta.
La respuesta de Sordo es directa: más de lo que se admite.
La métrica que reemplazó al significado
La última vuelta de la conversación llega cuando Novaresio introduce la palabra métrica. Antes, dice, el rating era información para los del medio. Hoy el taxista lo cita. La cantidad de seguidores, los likes, las vistas: todo se convirtió en sinónimo de valor.
“Lo cuantitativo terminó eliminando lo cualitativo”, responde Sordo. “El significado de las cosas, la calidad, el para qué, el sentido”. Si alguien tiene siete millones de seguidores, ese número parece explicarse solo. Si tiene un millón menos, la pregunta inmediata es cómo escalar.
Ella misma tiene ese conflicto en su equipo. Su periodista Darío le avisa cada vez que los seguidores suben. Ella no reporta. Él no entiende. “¿Avanzando en qué?”, pregunta Sordo.
Novaresio trae un ejemplo que escuchó: un ingeniero especializado en un tema muy específico se lamentaba de tener solo ocho mil seguidores. La pregunta que le devolvieron fue cuántos ingenieros en el país sabían de ese tema. Unos ocho o diez mil, quizás. Le estaba hablando a todo su público posible.
La lógica de la métrica, concluyen, también alimenta el miedo a desaparecer. Si no publicás una historia todos los días, si no aparecés en redes, pareciera que dejás de existir. Sordo lo ilustra con una cena que compartió con Novaresio, hace algunos meses, de la que no sacaron ninguna foto. “Qué loca la sensación”, recuerda. “Salimos a cenar y no tenemos foto”. Estuvieron dos horas cuarenta hablando.
“Si no lo mostrás, pareciera que no existió”, dice. Y agrega la línea que cierra el círculo: “Los momentos más importantes de la vida nunca son publicados”.
Novaresio cita a su compañero de trabajo Fernando Carolei, que reformuló a Descartes para el presente: “Lo hago, me filmo, luego existo”.
Sordo cierra con la misma idea con la que empezó, pero desde otro ángulo. El descanso, la pausa y el placer de la zona de confort no son resignación ni estancamiento. Son una inversión, psicológica y física, que el cuerpo necesita para repararse.













