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Las aventuras de la pareja argentina en el país más bombardeado del mundo: “Las usan en las casas y las ofrecen como souvenir”

El laosiano Youa Thaiyang llevaba décadas arando la misma tierra cuando, un día reciente, la tierra le devolvió la guerra.

Mientras preparaba el suelo para la siembra, el agricultor de 61 años encontró algo entre las hojas. Era una esfera oxidada, del tamaño de una pelota de tenis. Una BLU 26. Una bomba de racimo lanzada hace más de medio siglo por Estados Unidos que había esperado, quieta y letal, entre la maleza. A lo largo de su vida, Youa conoció a muchos agricultores que murieron de esa forma.

El campesino llamó al equipo del Mines Advisory Group (MAG). Llegaron, rastrearon el terreno y la encontraron cubierta de hojas, casi invisible. La desactivaron. Pero en la provincia de Xieng Khouang, en el noreste de Laos, donde se concentra la mayor parte de los accidentes, la historia de Youa no es una excepción.

Malena Dujovney y Andrés Rivas en Laos (@lanetaenviaje)

Hasta Laos, considerado el país más bombardeado del mundo, llegaron Malena Dujovney y su pareja Andrés Rivas. La pareja viene viajando por el sudeste asiático hace casi un año. “Laos no es el sitio más turístico de esta zona que incluye Tailandia y Vietnam – explica la chica en diálogo con Infobae-. Pero llegamos y nos dio una grata sorpresa.”

Malena y Andrés suben sus contenidos a la cuenta de Instagram @lanetaenviaje y también a otra cuenta de Youtube. “Lo más importante que vimos en Laos es como pudieron resignificar su historia reciente – explica Andrés-. Las bombas se ven por todos lados. Las usan como estructuras para sus casas y también para souvernirs para turistas.”

El país donde cada ocho minutos caía una bomba

Entre 1964 y 1973, las fuerzas estadounidenses lanzaron más de dos millones de toneladas de municiones sobre Laos en unas 580.000 misiones de bombardeo. El ritmo equivalía a una carga de avión cada ocho minutos, las 24 horas del día, durante nueve años. Más bombas que todas las que Estados Unidos arrojó sobre Alemania y Japón juntos en la Segunda Guerra Mundial.

De esas toneladas de municiones, al menos 270 millones correspondían a bombas de racimo. Se calcula que el 30% no detonó.

Laos se suponía neutral. Pero la frontera de 2.000 kilómetros que comparte con Vietnam lo convirtió en un corredor de guerra inevitable. Por su territorio atravesaba la ruta Ho Chi Minh, la vía de aprovisionamiento de los militares norvietnamitas que sostenía a la insurgencia comunista en el sur.

Bombas desactivadas como parte de la fachada de una casa (@lanetaenviaje)

Decenas de miles de soldados norvietnamitas operaban en suelo laosiano a mediados de los 60, mientras apoyaban a los insurgentes comunistas locales del Pathet Lao en la guerra civil que desgarraba el país desde 1952.

Malena y Andrés pasaron varios días en Laos en contacto con sus pobladores. “No hablan nada de inglés y nosotros nada de Laosiano, pero nos comunicábamos porque hay muy buena onda”, recuerda Malena.

La pareja argentina estuvo dos días viajando en barco en Laos. “Nos compartían su comida y trataban de hacerse entender para charlar. Siempre, igual cuando le decíamos que éramos argentinos salía el tema de Messi porque son muy futboleros”, cuenta Andrés.

Un mercado con verduras en el centro de Laos (@lanetaenviaje)

Las cuevas, los campos y el horror que no termina

En el norte del país, cerca de la frontera vietnamita, las cuevas de Vieng Xai fueron el cuartel general del Pathet Lao durante años. Suophanouvong, el “Príncipe Rojo”, vivió allí una década entera mientras los bombardeos arrasaban la superficie. Los campesinos trabajaban las tierras de noche para evitar los aviones. Artistas soviéticos, chinos y vietnamitas llegaban hasta esas cavernas para actuar ante los guerrilleros. Se instalaron hospitales de campaña, escuelas, mercados subterráneos. Afuera, el paisaje ardía bajo los bombardeos.

La guerra civil terminó en 1975 con la victoria del Pathet Lao y la proclamación de la República Democrática Popular de Laos, un estado comunista de partido único que durante años permaneció cerrado al mundo. Recién en 1994, las ONG de desminado pudieron ingresar al país. Para entonces, decenas de miles de personas ya habían muerto o quedado mutiladas.

Desde que terminó la guerra, unas 20.000 personas murieron o resultado heridas por explosivos sin detonar en Laos. El 40% eran niños.

Una economía atrapada bajo tierra

El 70% de la población laosiana vive por debajo de la línea de pobreza. La mayoría depende del cultivo de arroz. Pero trabajar la tierra puede costar la vida.

Aproximadamente el 30% del territorio de Laos sigue contaminado por explosivos sin detonar. La organización HALO Trust, que opera en el país desde 2013 con 1.150 empleados concentrados principalmente en la provincia de Savannakhet —donde la ruta Ho Chi Minh atrajo los bombardeos más intensos—, destruyó casi 130.000 explosivos y limpió una superficie equivalente a 50.000 canchas de fútbol. Capacitó a más de 250.000 personas para reconocer y reportar artefactos peligrosos.

Malena y Andrés viajan con muy poca ropa (@lanetaenviaje)

En 2019, en la remota aldea de Nonsomboun, de más de 1.000 habitantes, un equipo de HALO desenterró una bomba de aviación de 340 kilogramos a apenas 20 metros de la casa más cercana. Tardaron 53 días en planificar su destrucción segura. Necesitaron 100 técnicos, 150 aldeanos, 4.000 toneladas de arena y 200.000 bolsas de arena. La bomba fue destruida sin víctimas ni daños.

Niños en el aula, bombas en el suelo

Como parte de los programas de protección, equipos de desminados visitan escuelas para enseñar a los estudiantes a identificar los distintos tipos de municiones. Primero proyectan un video animado que muestra aviones soltando bombas sobre un pueblo y explica la historia de la guerra. Luego piden a los alumnos que identifiquen los artefactos fotografiados en un afiche pegado junto a la pizarra. “Vimos esos videos en el museo y me impactó. Básicamente intentan que los niños no tomen las bombas como parte de sus juegos”, revela Malena.

La deuda que Washington salda en cuotas

Las relaciones entre Laos y Estados Unidos permanecieron congeladas durante décadas. El país soportó el embargo estadounidense hasta mediados de los 90 y no normalizó sus vínculos diplomáticos con Washington hasta 2004.

El acercamiento real llegó más tarde, impulsado menos por la reparación histórica que por la geopolítica. Cuando Hillary Clinton visitó Vientián en 2012, su objetivo declarado era contener la influencia de China en el sudeste asiático.

El gobierno de Estados Unidos destinó USD 45 millones a las labores de detección y eliminación de explosivos sin detonar en Laos. El gobierno laosiano fijó como meta erradicar para 2030 la amenaza que representan estos artefactos para el desarrollo del país.

Entre 1964 y 1973, las fuerzas estadounidenses lanzaron más de dos millones de toneladas de municiones sobre Laos

En Luang Prabang, la antigua capital llena de templos budistas, el rumor del agua en el río Nam Khan se mezcla con el petardeo de las barcazas en el Mekong. Los turistas montan elefantes, ajenos a que no muy lejos de allí, en Long Chen, se encuentran las ruinas de la base secreta de la CIA desde donde partían los bombarderos que arrasaban la jungla.

Laos tiene hoy poco más de siete millones de habitantes. La edad media de su población no llega a los 25 años. Más de la mitad del territorio está cubierto de bosques. En 1986 impulsó reformas económicas de apertura parcial al mercado, se incorporó a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático en 1997 y a la Organización Mundial del Comercio en 2013. China es su principal inversor extranjero y financia, entre otros proyectos, la línea ferroviaria que une Vientián con Kunming.

Vivir viajando

Malena y Andrés se conocieron bailando hip hop al final de la adolescencia. “La pandemia fue un momento que nos impactó mucho a nuestro trabajo como bailarines. En ese momento, decidimos que íbamos a vivir viajando”, sostiene Andrés.

Malena y Andrés en la camioneta con la que iniciaron su primer viaje (@lanetaenviaje)

Lo primero que hicieron es probar un viaje de un mes a Misiones en una camioneta prestada. “Teníamos sólo un colchón. Ni ducha ni cocina”, recuerda Malena.

El siguiente paso fue armar la casa rodante propia. “Fueron nueve meses de trabajo. Fue como parir un hijo. La hicimos toda sin saber nada con tutoriales de Youtube”, explica la joven. Con ese vehículo, ya mejor armado, recorrieron Sudamérica. Volvieron a la Argentina, vendieron la casa rodante y el siguiente paso fue un viaje similar por Nueva Zelanda.

Ahora le tocó el turno al sudeste asiático. Esta vez lo hacen solo con mochila, sin casa rodante. “No todo es placer en el viaje. Pasamos mucho tiempo editando videos porque las redes son nuestra forma de subsistencia – explica Andrés-. Por eso, cada tanto nos tomamos unos días sin conectarnos a las plataformas para descansar.”

El viaje de Malena y Andrés no tiene fecha de cierre. “Será hasta cuando nos cansemos – admiten a dúo-. Por ahora, nos sale más barato vivir viajando por sudeste asiático que volver a la Argentina, aunque extrañamos un montón.”