Por la mañana, San Salvador no era una ciudad común; era un impresionante mar de camisas blancas, banderas vaticanas y pañuelos rojos. El calendario marcaba el sábado 23 de mayo de 2015, pero el tiempo parecía haberse detenido en una especie de justicia poética.
Habían pasado exactamente 35 años desde aquel fatídico 24 de marzo de 1980, cuando una bala certera en el corazón intentó callar la voz de los sin voz en la pequeña capilla del hospital de la Divina Providencia en San Salvador. A Monseñor Romero lo asesinaron por su incansable defensa de los derechos humanos y por denunciar abiertamente desde el púlpito los atropellos, las torturas y la violencia que el ejército y los escuadrones de la muerte cometían contra los campesinos y las clases más vulnerables en los albores de la guerra civil. Su delito fue exigir el cese de la represión.
Por eso, verse reunidos ahí 11 años atrás era, en sí mismo, un milagro viviente. Durante décadas, la figura de Romero fue marginada, calumniada y bloqueada incluso dentro de sectores de la propia Iglesia que lo tildaban de “político”. Que el Vaticano finalmente reconociera su martirio y que el pueblo pudiera celebrar su beatificación sin miedo, tras tantos años de silenciamiento, se sintió como una resurrección colectiva.
Aquella mañana de mayo en la emblemática Plaza Divino Salvador del Mundo quedó demostrado que la inmortalidad de un líder espiritual no se puede asesinar. Hoy, al cumplirse 11 años de esa histórica e inolvidable jornada, el eco de aquel día sigue retumbando con fuerza en la memoria colectiva de un pueblo que vio a su amado jerarca católico subir finalmente a los altares.

El ambiente de la víspera ya anunciaba que se viviría algo extraordinario e inédito en el país. Miles de peregrinos devotos habían desafiado la fría noche anterior, durmiendo sobre cartones y colchonetas improvisadas en las aceras aledañas al gran monumento. Venían cansados de las comunidades más empobrecidas de Morazán, de los cerros de Chalatenango, las zonas que más sufrieron el conflicto armado, pero también de tierras lejanas como Italia, Chile y Estados Unidos.
Había un persistente olor a café de olla, a pupusas recién hechas y a incienso litúrgico que se mezclaba de forma natural con la densa humedad del trópico. Entre la gigantesca multitud, los rostros arrugados de los ancianos que alguna vez sintonizaron la radio para escuchar las valientes homilías dominicales de Monseñor Romero reflejaban una profunda mezcla de nostalgia y triunfo absoluto.
A medida que el sol ascendía sobre la capital, el calor se volvía sofocante para los asistentes, pero nadie se movía un solo centímetro de su lugar asignado. Cerca de las diez de la mañana, la plaza era un vibrante hervidero de más de 250,000 almas unidas por una misma fe.
El estrado principal, diseñado de forma sobria pero imponente, resguardaba una reliquia sagrada que erizaba la piel: la camisa ensangrentada que Romero vestía el fatídico día de su martirio. Ver esa tela blanca, marcada por el color del sacrificio y la violencia del pasado, desató los primeros sollozos contenidos entre la feligresía que observaba las pantallas gigantes.

El milagro en el firmamento: Un mensaje de luz sobre la plaza
El momento cumbre de la liturgia llegó cuando el cardenal Angelo Amato, enviado especial del Papa Francisco, leyó solemnemente la carta apostólica redactada en latín. La traducción oficial al español no se hizo esperar por los altoparlantes: Óscar Arnulfo Romero Galdámez era declarado oficialmente “beato” de la Iglesia católica.
En ese preciso instante, una ovación verdaderamente ensordecedora rompió el protocolo solemne de la ceremonia. Las campanas de todos los templos cercanos repicaron al unísono, miles de globos blancos y amarillos se elevaron rápidamente al firmamento y las lágrimas corrieron libres por las mejillas de jóvenes y viejos por igual.
El querido “San Romero de América”, bautizado así por el ingenio popular del obispo Pedro Casaldáliga mucho tiempo atrás, recibía finalmente el reconocimiento de la misma Iglesia que tanto amó y que, por dolorosos momentos históricos, también lo dejó solo en su hora más oscura.
Fue justo en medio de ese júbilo colectivo cuando ocurrió el fenómeno meteorológico que muchos calificaron como un milagro visible a los ojos del mundo. El cielo salvadoreño, propenso a las fuertes tormentas de la época de mayo, se abrió de una forma sumamente peculiar y hermosa. Un halo solar, un arcoíris perfecto y completamente circular, rodeó el sol directamente sobre la plaza abarrotada.
Los feligreses apuntaron al cielo, asombrados y conmovidos hasta el llanto. No hacía falta ser un erudito teólogo para entender el profundo simbolismo de aquel instante: el cosmos parecía abrazar con ternura la memoria del mártir perseguido. Romero, que tanto habló en vida de la luz de la justicia sobre las tinieblas de la impunidad y la violencia, se manifestaba ahora en los brillantes colores del cielo.
La homilía de aquella mañana recordó con claridad que el nuevo beato no era un hombre entregado a ideologías políticas terrenales, sino un pastor evangélico radical que eligió con valentía el bando de las víctimas indefensas en un país trágicamente desangrado por la injusticia social y la represión militar.
Hoy, once años después de esa jornada memorable, aquella beatificación que abrió el camino definitivo para su posterior canonización en el Vaticano en el año 2018 no se recuerda simplemente como un evento administrativo o un trámite eclesiástico más. Fue, en realidad, la esperada graduación espiritual de toda una nación.













