
La frialdad del cálculo criminal y la oscuridad de una obsesión violenta han convergido en una tragedia que hoy enluta a dos naciones centroamericanas.
En el centro de esta historia de horror se encuentra Renán Castro Gil, un hombre salvadoreño de 35 años cuyo nombre ha quedado ligado a un acto de cobardía extrema: la planificación del asesinato de la madre de su propio hijo.
Para las autoridades de Ohio, Castro Gil no fue solo un espectador en la escena del crimen, sino el cerebro detrás de una operación ejecutada con una precisión escalofriante.
La relación que mantenía con Neysa Alexandra Casaleno ha sido descrita por los investigadores como “turbulenta y violenta”, un ciclo de control que culminó la mañana del sábado 9 de mayo de 2026.
Según los documentos judiciales que reposan en el condado de Franklin, Castro Gil no actuó por un impulso momentáneo. El salvadoreño presuntamente orquestó un plan que involucraba el reclutamiento de mano de obra joven y desesperada dentro de su propio círculo familiar.
Se alega que Castro Gil ofreció la suma de $3,000 dólares a cada uno de sus sobrinos, José Carlos Martínez (19 años) y Carlos Figueroa Castro (18 años), para que fueran ellos quienes apretaran el gatillo que él, físicamente, decidió no accionar.
Esta traición por partida doble no solo terminó con la vida de Neysa, sino que arrastró a su propia sangre al abismo de la criminalidad.

La investigación revela una premeditación detallada. Castro Gil no solo puso precio a la vida de su ex pareja, sino que diseñó la logística para asegurar el éxito del ataque. Ideó un método para rastrear la ubicación exacta de Neysa, sabiendo con antelación dónde y cuándo estaría vulnerable.
Incluso el ocultamiento de las pruebas fue parte de su esquema: un sedán negro, vinculado al crimen, fue hallado por la policía en una dirección en Reynoldsburg, meticulosamente escondido bajo una lona, intentando burlar la mirada de la justicia.
La confesión de uno de los involucrados, Carlos Figueroa Castro, fue la pieza clave que terminó por desmoronar la coartada de Renán Castro Gil. El joven de 18 años relató a los detectives cómo el salvadoreño les prometió el dinero a cambio de ejecutar el feminicidio.
Actualmente, los tres hombres enfrentan cargos de homicidio agravado y permanecen bajo custodia en la cárcel del condado de Franklin, sin posibilidad de eludir la responsabilidad de sus actos.

El último amanecer de Neysa Casaleno
Mientras los engranajes de la traición se movían, Neysa Alexandra Casaleno, una joven hondureña de apenas 24 años, intentaba seguir adelante con su vida en Columbus. Originaria de San Francisco de Becerra, Olancho, Neysa representaba la esperanza de una madre joven que buscaba un futuro mejor para su pequeño hijo de tres años, el vínculo que, irónicamente, aún la unía a su verdugo.
A las 8:20 de la mañana de aquel fatídico sábado, la tranquilidad de la cuadra 5400 de Malibu Drive se rompió con el sonido seco de las detonaciones. Neysa fue interceptada frente a una vivienda; no tuvo oportunidad de defensa.
Cuando los oficiales de la policía de Columbus llegaron al lugar, alertados por las llamadas de emergencia, encontraron una escena desgarradora: la joven madre yacía en el suelo con múltiples heridas de bala.
A pesar de los esfuerzos de los paramédicos y su traslado de urgencia a un hospital cercano, la vida de Neysa se apagó a las 9:00 a.m. En ese instante, una familia en Olancho quedaba destrozada y un niño de tres años queda en la orfandad.
Hoy, mientras el proceso legal sigue su curso, la familia de Neysa enfrenta una segunda tragedia: la distancia. A través de la plataforma GoFundMe, han iniciado una campaña desesperada para recaudar fondos y repatriar el cuerpo de la joven a su tierra natal.

El caso de Neysa no solo deja un vacío legal, sino una herida abierta en la comunidad migrante, recordando que la violencia de género no conoce fronteras y que, detrás de los titulares, queda un niño que crecerá con la sombra de un padre que pagó para silenciar la voz de su madre.













