
La primera vez que mi hija quedó al cuidado de su abuela fue para que yo pudiera ir a un recital de Caetano Veloso y Gilberto Gil en el Teatro Gran Rex. Ella tenía apenas 45 días. Hace unos meses me sorprendió con dos entradas. Volvía Caetano a Buenos Aires y ahora era ella la que me estaba invitando. Dos entradas y un mensaje: quién sabe cuántas veces más podemos volver a verlo juntas.
Podía haber sido solo una pregunta sobre las giras de Caetano, sobre si a los 82 años seguirá viajando a Buenos Aires. Pero yo escuché otra cosa. Escuché la pregunta debajo de la pregunta: cuántas veces más vamos a poder sentarnos juntas en una platea oscura, en silencio, escuchando algo que a las dos nos importa. Cuántas veces más voy a poder ser su madre en ese sentido preciso —la que la llevó a un recital antes de que supiera caminar, la que la enseñó a escuchar esa música.
Hay una edad en la que esa intuición empieza a aparecer, sin dramatismo pero con una claridad nueva. No como certeza, sino como una sospecha que se filtra en escenas cotidianas: la idea de que algunas cosas pueden estar ocurriendo por última vez sin que nadie lo sepa. No hay anuncio, no hay despedida, no hay un gesto que marque el final. Pero algo cambia en la forma en que miramos esos momentos. Como si el tiempo, de golpe, dejara de ser infinito.
Ahí empieza otra forma de duelo. No el que conocemos —el que llega después de una muerte, con su ritual, sus palabras, su orden—, sino uno más difuso, más incómodo, que no tiene fecha ni ceremonia. El duelo por lo que todavía está, pero ya no es del todo. El duelo por lo que sigue ocurriendo, pero de otra manera.

Porque vivir más no es solo acumular años. Es acumular pérdidas. Algunas grandes, visibles, socialmente reconocidas. Pero muchas otras pequeñas, silenciosas, casi invisibles. Pérdidas que no interrumpen la vida, pero la van desplazando. Un cuerpo que deja de responder con la misma facilidad. Una casa que empieza a quedar grande. Un grupo de amigos que se achica sin que nadie lo nombre. Una conversación que ya no se puede seguir con la misma agilidad. Una ciudad que cambia de ritmo y de códigos hasta volverse, de a poco, ajena.
Pienso en una amiga que dejó de ir al cine sola. No hubo un día en que lo decidiera. Fue pasando: una vez no tenía ganas, otra vez no encontró con quién ir, otra vez la sala le quedó lejos. Hasta que un día se dio cuenta de que hacía meses que no entraba a una sala oscura por su propia cuenta. Una cosa pequeña. Una libertad que simplemente dejó de ejercerse. Nadie llamó para dar el pésame.
La sociología del envejecimiento empezó a hablar de “micro pérdidas acumulativas” para describir este fenómeno. No hay un evento único que lo explique. Es, más bien, una sucesión de pequeñas fracturas en la continuidad de la vida. Y eso es lo que vuelve difícil reconocerlas: no hay un momento en el que uno pueda decir “esto terminó”. Simplemente, deja de ser como era.
Joan Didion escribió en El año del pensamiento mágico que el duelo resulta ser un lugar que ninguno de nosotros conoce hasta que llega. Pero Didion hablaba del duelo después de la muerte —ese umbral claro, ese antes y después reconocible. La longevidad nos obliga a pensar en duelos que empiezan antes, que no tienen fecha, que no permiten decir “desde entonces”. Son más bien una serie de pequeñas escenas que se acumulan hasta que un día alguien entiende que lleva meses —o años— despidiéndose sin haberlo sabido.
Durante mucho tiempo, la muerte funcionó como un organizador del sentido. Marcaba un antes y un después. Permitía ordenar el dolor, compartirlo, darle un lugar. Hoy, en vidas que se estiran durante décadas, ese esquema empieza a romperse. El duelo ya no es un evento: es un proceso largo, fragmentado, muchas veces solitario. No se trata de una gran pérdida, sino de muchas pequeñas que se van acumulando.

Y sin embargo, no tenemos lenguaje para eso. Nadie llama para dar el pésame cuando una deja de ser quien era. Nadie acompaña formalmente a quien pierde su identidad laboral después de cuarenta años. Nadie nombra el momento en que una relación cambia de forma sin terminarse. No hay rituales para las últimas veces. Y, sin embargo, son esas últimas veces —las que no sabemos que lo son— las que empiezan a definir la experiencia emocional de la longevidad.
Recién ahí aparece una de las formas más extremas —y más visibles— de este fenómeno: la enfermedad. La psicóloga Pauline Boss llamó “pérdida ambigua” a ese duelo particular en el que alguien está físicamente presente pero psicológicamente ausente. En los casos de Alzheimer, la definición se vuelve literal. Pero reducirlo a la enfermedad sería quedarse en la superficie de algo mucho más amplio.
La pérdida que no tiene velorio
Hay una escena que no tiene la espectacularidad de la muerte y por eso casi nunca entra en las conversaciones importantes. Una mujer le alcanza un vaso de agua a su marido. Él lo recibe con educación, le agradece, quizás hasta sonríe, pero la mira como se mira a una desconocida amable. Ella no grita, no se derrumba, no llama a nadie para avisar que acaba de perder algo. Sigue lavando los platos. La vida, que es bastante desconsiderada con el dolor, continúa. El hombre está ahí. El marido, no del todo.
El cuerpo permanece, la voz permanece, a veces incluso permanece una forma de ternura. Pero se pierden la conversación, el chiste compartido, la memoria común, esa complicidad mínima que convierte a dos personas en una historia. No hay velorio para eso. No hay flores. No hay licencia laboral. No hay una frase socialmente aprendida para decir: hoy mi marido volvió a olvidarse de mí.
Iris Murdoch fue durante muchos años una de mis escritoras más queridas. Tiene un lugar muy especial en mi biblioteca —esos libros que uno no presta, no regala, no mueve de lugar. Vuelvo a The Sea, The Sea, cada verano. Cuando su marido, el crítico John Bayley, publicó Elegy for Iris, el libro en que narró el avance del Alzheimer en ella, sentí que estaba leyendo algo demasiado íntimo, demasiado expuesto. Años después entendí que Bayley escribió ese libro porque necesitaba un lugar donde poner lo que no tenía nombre. La mujer que amaba seguía sentada frente a él en el desayuno. Y al mismo tiempo, de algún modo, ya no estaba.
Lo que Mariana encontró del otro lado
Mi amiga Mariana viaja varias veces por año desde el frío norte de Europa hasta un pueblo de la provincia de Buenos Aires para ver a sus padres. Hace unos años su mamá empezó con Alzheimer. Hubo que aprender otra manera de hablar, de estar, de comunicarse. Mariana atravesó lo que atraviesan todos los que llegan a esa instancia: la confusión, el dolor, la sensación de perder a alguien que todavía está.
Pero hay algo más que ella me contó, y que no suelo escuchar en las conversaciones sobre demencia. Dijo: también encontré otra forma de comunicarme.
Su madre fue, como muchas madres de nuestra generación, una mujer fuerte y todopoderosa a la que era difícil entrarle desde el afecto. Esas madres que controlaban, que tenían expectativas, que querían que fueras la que ellas habían imaginado. La relación era compleja, como lo son muchas relaciones entre madres e hijas cuando hay demasiado amor mezclado con demasiada exigencia.

El Alzheimer se llevó esa capa. Lo que quedó fue solo el afecto puro: la caricia, la mirada, la sonrisa, el instante de reconocimiento. Y a quien reconoce en ese instante es a la que Mariana es —no a la que su madre quería que fuera, no a la que tiene obligaciones o debe cumplir expectativas. A la que ama. Dijo Mariana: en este camino encontré un punto de conexión que me llena de magia.
No lo digo para endulzar algo que es durísimo. Lo digo porque Mariana encontró en lo que parecía solo pérdida algo que no había podido encontrar antes. Y eso también es parte de la nueva longevidad: que sus duelos, a veces, tienen una vuelta inesperada.
Los números que sacan el tema del living familiar
Atul Gawande escribió en Being Mortal que muchos viejos no temen tanto a la muerte como a lo que ocurre antes: perder la audición, la memoria, los amigos, la forma de vida. La vejez, dice un personaje del libro, es una serie continua de pérdidas. La frase importa porque desplaza el centro de gravedad. Durante mucho tiempo pensamos la vejez desde el final. La vida larga nos obliga a mirar lo que pasa antes: esa zona intermedia donde no todo terminó, pero muchas cosas ya no están.
Y esa zona no es solo emocional. Es política. En 2021 había 57 millones de personas con demencia en el mundo, según la OMS, con casi 10 millones de casos nuevos por año. La Comisión Lancet 2024 advirtió que aunque en países de altos ingresos baja la incidencia por edad, el número total de personas con demencia sigue creciendo porque vivimos más. El World Alzheimer Report 2024 encuestó a más de 40.000 personas en 166 países: el 88% de quienes viven con demencia reportaron haber sufrido discriminación —más que en 2019. Y en Estados Unidos, la Alzheimer’s Association calculó que en 2025 casi 12 millones de cuidadores no remunerados dieron 19.200 millones de horas de cuidado a personas con Alzheimer u otras demencias.
Diecinueve mil millones de horas. La mayoría las pusieron mujeres. La mayoría de esas mujeres no aparecen en ninguna estadística de empleo, en ningún presupuesto, en ningún debate político. Son la economía invisible de la nueva longevidad.
El duelo que se escribe en público
Emma Heming Willis lleva varios años hablando de lo que significa cuidar a alguien que se va yendo sin irse. Desde que la familia informó primero la afasia y luego la demencia frontotemporal de Bruce Willis, ella eligió no guardar silencio. En una entrevista con AARP en septiembre de 2025 contó cómo reorganizaron la vida alrededor del diagnóstico. Y escribió algo que atraviesa la pantalla: el duelo no pertenece solo a la muerte. Pertenece al cambio y a la pérdida ambigua que los cuidadores conocen tan bien.
No es una frase terapéutica. Es una descripción precisa de algo que nuestra cultura todavía no sabe nombrar del todo. Cuando Gene Hackman murió —con Alzheimer avanzado, en circunstancias que dejaron preguntas sobre quién lo había cuidado en sus últimas semanas— Heming Willis salió a decir algo que fue más allá del caso particular: los cuidadores también necesitan cuidado. La pregunta política que queda flotando es simple y sin respuesta todavía: ¿quién está mirando?

Una pedagogía que nadie eligió
La cultura todavía ofrece rituales para la muerte, pero casi ninguno para las micro pérdidas de una vida larga. Nadie acompaña formalmente a una mujer que deja de manejar porque ya no ve bien de noche. Nadie manda comida cuando un hombre cierra su consultorio después de cuarenta años y descubre que el lunes no tiene adónde ir. Nadie pregunta demasiado por la tristeza de vender una casa, achicar una biblioteca, dejar de subir a una terraza, abandonar una mesa de amigas porque el oído ya no permite seguir la conversación. Son pérdidas menores solo para quien las mira desde afuera.
Louise Aronson, en Elderhood, advierte contra el error opuesto: reducir la vejez a pérdida es otra forma de no verla. Pero sí exige aprender a nombrar lo que se pierde —y nuestra cultura, que sabe bastante sobre cómo celebrar la vida larga, sabe muy poco sobre cómo acompañar lo que esa vida larga se lleva en el camino.
La nueva longevidad no es únicamente una promesa de años agregados. Es también una pedagogía brutal de la pérdida. Vivir más significa ganar tiempo, sí. Pero también significa atravesar más despedidas parciales, más identidades que se desprenden como capas, más últimas veces que no supimos que eran últimas.
Quién sabe cuántas veces más voy a poder ir a ver a Caetano con mi hija. Quizás muchas. Quizás la próxima vez que venga sea la última. No lo sé. Lo que sé es que la próxima vez que vayamos, voy a escucharlo de otra manera. Sabiendo que ese momento también es un regalo que se puede terminar. Y que estar ahí, juntas, ya es una respuesta a la pregunta que ella me hizo sin querer.
Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.














