
El deporte está lleno de historias que retratan lo que pudo ser y no fue, aquel crack que no llegó o el sueño que se ahogó en la orilla. La de Axel Geller remite a una elección de vida. El joven prodigio del tenis al que muchos imaginaban hoy en la élite, pero que -sin embargo- decidió construir otra versión de sí mismo.
Nacido el 1 de abril de 1999 en Pilar, provincia de Buenos Aires, empuñó una raqueta por primera vez a los 4 años en el Club de Campo Mayling y rápidamente se destacó. A los 14, dio el primer gran golpe: conquistó el Orange Bowl, uno de los torneos juveniles más prestigiosos del mundo, al derrotar en la final al australiano Alex de Miñaur -hoy número 8º del ranking ATP- por 6-7, 7-5 y 6-2.
Cuatro años después, tras alcanzar las definiciones de Wimbledon y US Open Junior en singles y ganar el título en dobles en el All England Lawn Tennis & Croquet Club, Geller pisó la cima del escalafón: era, ni más ni menos, el mejor juvenil del planeta. La sumatoria de éxitos, su imponente contextura física -mide 1,91- y su potencia lo catalogaron como el proyecto más poderoso del tenis nacional.
Axel crecía a pasos acelerados. Sin embargo, y cuando el tenis le abría la puerta de una carrera profesional de alto vuelo, otra posibilidad comenzó a tomar fuerza: la de estudiar en la Stanford University, en los Estados Unidos.
“Me di cuenta de que tenía la chance de hacer algo distinto”, explica Geller a Infobae. Lejos de vivirlo como una renuncia dolorosa, su decisión fue el resultado de una reflexión profunda sobre qué camino quería tomar, y qué tipo de vida deseaba construir.
Además de la posibilidad de estudiar en una universidad de excelencia, Stanford le ofrecía una formación integral en uno de los ecosistemas más competitivos del mundo. Allí, Axel cursó Economía, completó un máster en Finanzas y convivió con un entorno que amplió su mirada mucho más allá del tenis.

“Era un mundo diferente. Lo que más me sorprendió fue esa diferencia cultural. Las canchas estaban buenas, estabas en un campus hermoso donde además ibas caminando o en bicicleta a todos lados, clima lindo todo el año, instalaciones top. Tuve una clase con Katie Ledecky -una de las mejores nadadoras de la historia, ganadora de siete oros olímpicos y más de veinte títulos mundiales- y con gente que hoy en día tiene startups de IA y le está yendo muy bien”, cuenta, y amplía: “Digamos que lo que está bueno es que todo el mundo trata de rendir al tope de su capacidad, y eso también lo pude aprender de los que hacen cosas en otros rubros”.
Aunque entre 2018 y 2019 dio sus primeros pasos en el circuito profesional —llegó al puesto 539° del ranking ATP, jugó torneos del Challenger Tour y ganó tres Futures-, la convivencia entre ambas exigencias terminó apurando la decisión.
“Entendí que no iba a poder hacer las dos cosas al nivel que quería”, admite. Para alguien con una personalidad marcada por la autoexigencia, elegir implicaba comprometerse por completo. Y Geller dio ese paso.
En 2022 hizo oficial su decisión de dejar el tenis competitivo. Cerró una etapa para abrir otra en Manhattan: hoy trabaja como profesional de las finanzas en Wall Street.

“La decisión se fue dando de manera natural. Tuve la oportunidad de graduarme antes e intentar jugar, pero decidí que no tenía ganas. Ese año, además, fue el de la pandemia: entrené seriamente en Delray Beach, con muchas horas y un nivel de autoexigencia extremo. Esa exigencia sigue estando en lo que hago hoy, pero ahora tengo más libertad. Antes sentía que todo lo que pudiera afectar al tenis, aunque fuera mínimo, debía evitarlo. Ya no me pasa eso”, reflexiona.
El deporte, según cuenta, le dio herramientas que hoy aplica en otro universo: disciplina, tolerancia a la presión y capacidad analítica. Sobre su relación actual con el tenis, señala: “En mi cabeza todavía está ese jugador: sé cómo debería moverme o golpear cada pelota, pero el cuerpo ya no responde igual. Juego cada tanto, más por compartir con otros que por otra cosa”.
Del tenis quedan un puñado de recuerdos: triunfos frente a tenistas que hoy pertenecen a la élite (como Sebastian Korda o el propio De Miñaur), o el día que coincidió con Roger Federer en La Catedral del Tenis. “En Wimbledon nos llevaron a una fiesta en la que honran a los campeones. Ese año (2017) lo habían ganado Roger y Garbiñe Muguruza. El 95% del evento era para ellos, pero también invitaban a todos los finalistas de las distintas categorías y te pedían que fueras de smoking. Ahí estaba el entrenador de Roger, y tuvimos una charla en la que me dio algunos consejos luego de haberme visto jugar. Después los volví a ver en una exhibición en San José, cerca de donde estudiaba, y me reconocieron. Roger era una persona con la que podías charlar. Esa humildad me quedó grabada”.

-¿Te planteaste en reiteradas ocasiones el “qué hubiese pasado” con tu carrera deportiva?
-No te voy a negar que nunca me planteé qué hubiese pasado si seguía jugando, porque cuando estoy trabajando a las 3 de la mañana digo: ‘Uf, estoy en Excel y podría estar en Wimbledon’. Mi forma de verlo era: mi carrera va a durar entre 10 y 15 años; si me va pésimo, cuatro o tal vez tres o dos, no lo sé. Y después tengo una vida por delante. A mí me encanta competir, pero los viajes permanentes y seguir relacionado al tenis después de ser jugador no lo veía. Cuando dejara, no tenía interés en ser entrenador o tener una academia. A mí me gustaba mucho el tenis como forma de competir con otra gente y conmigo mismo, para conocer mis límites, y no tanto como estilo de vida. Eso de viajar 40 semanas al año, y muchas veces hacerlo solo. O estar en el club todo el día esperando no me gustaba para nada. Y pensé: “Wow, 10 o 15 años de esto en el mejor de los casos”. Y en el peor de los casos hubiera dejado antes y se me hubiera hecho más difícil conseguir un trabajo en lo que a mí me gusta. Un día dije: “No es para mí”. Y adiós.
-¿Cómo vivís hoy? ¿Cómo es tu actualidad profesional?
En Estados Unidos, al menos en mi rubro, el ritmo de vida es bastante intenso, pero también es una inversión en uno mismo: aprendés un montón, ves cómo se maneja gente con 20 o 30 años de experiencia en reuniones importantes, qué piensan sobre el futuro. Mi trabajo hoy en día está muy bueno porque estás pensando qué va a pasar con el mundo dentro de 5 o 10 años, tratando de invertir en una compañía o lo que sea. A mí me gusta pensar así y aprender todo el tiempo: ves compañías nuevas que hacen cosas que nunca viste, o cosas que ya viste pero desde otro enfoque. Por ejemplo, yo pasé mucho tiempo mirando franquicias, y aunque una de restaurantes puede parecerse a otra, tienen muchas diferencias; y una de restaurantes es muy distinta a una de gimnasios. Pensar de manera analítica sobre ese tipo de empresas me gusta.
-¿Imaginás un regreso al tenis pero vinculado a tu área profesional?
-No me cierro a esa idea, soy joven todavía. Me encantaría hacer algo, pero todavía no tengo claro qué. Por ahora, observo. Sigo aprendiendo un montón y me queda mucho por aprender.














