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“¿Y vos, qué hacés?”: la pregunta que paraliza a millones después de jubilarse y que nadie enseña a responder

Durante décadas construimos nuestra identidad alrededor de oficios y profesiones, títulos y trayectorias. El problema es lo que sucede cuando nos retiramos y la respuesta que solíamos dar ante la pregunta

“¿Y vos, qué hacés?”. Es la pregunta fatal después de jubilarte. Como cuando éramos más jóvenes y no faltaba la que largaba el “¿estás con alguien?” delante de todo el mundo. Dos preguntas distintas, el mismo mecanismo: un formulario social que espera completarse con una categoría reconocible.

Odio llenar formularios. Estado civil. Ocupación. A quién llamar en caso de emergencia. Estoy sola, jubilada y no tengo idea de a quién llamar si me pasa algo. ¿Podemos seguir con la siguiente pregunta?

Y en algún punto, también es una historia nuestra. Somos la generación que luchó por salir a trabajar, por dejar de ser “mamá” o “ama de casa” —esa identidad pegajosa que te dura toda la vida aunque los hijos ya no estén. Fuimos construyendo quiénes éramos entre oficios y profesiones, entre títulos y trayectorias. Y funcionó. Durante décadas, funcionó perfectamente.

El problema es que nadie pensó en el otro lado. En qué pasa cuando te retirás, cuando pasás al ejército innombrable de la “clase pasiva”. Cuando la respuesta que venías dando ya no aplica y el formulario social te deja en blanco.

Lo primero que aprendés es que los hobbies no cuentan. No porque no sean importantes sino porque no son productivos. “Hago yoga” no es una identidad. “Jardinería”, tampoco. El sistema no tiene casillero para eso. Y lo que no tiene casillero, directamente no existe. Pero tampoco cuentan, curiosamente, los proyectos que estás emprendiendo, ni el trabajo comunitario, ni las cosas que construís sin sueldo ni título. “Cuido a mis nietos” podría funcionar —es cuidado, es rol, es algo reconocible—. Pero no nos está sucediendo todavía a muchas. Y no debería ser el único salvavidas disponible.

Entonces quedamos ahí, en la cena, con la pregunta flotando y sin respuesta que encaje.

Claudia tiene 63 años y una agenda que antes se llenaba sola. Treinta y dos años de docencia universitaria, dos maestrías, cuatro libros. El año pasado se jubiló. A los dos meses la invitaron a una cena. Llegó, miró alrededor buscando a quién conocía, se sentó, y alguien que no la conocía le preguntó lo de siempre: “¿Y vos, a qué te dedicás?”

Se quedó en blanco. Pensó decir “soy docente” pero ya no lo era. Pensó decir “estoy jubilada” pero eso sonaba a cierre. Terminó diciendo “leo mucho” y la conversación siguió como si nada. Nadie en la mesa notó nada. Nadie volvió sobre la respuesta. Pero ella sí. Durante el resto de la noche escuchó la conversación desde otro lugar, como si hubiera quedado apenas corrida de sí misma.

No es una historia de depresión ni de crisis. Es una historia de idioma. Del momento en que el vocabulario que usábamos para presentarnos al mundo ya no aplica. Y del problema más silencioso de la nueva longevidad: que vivimos treinta años más después de jubilarnos, pero llegamos a esa etapa sin lenguaje para nombrar quiénes somos en ella.

Durante años, además, esa respuesta no era solo una forma de presentarse. Era una forma de ordenar el mundo. De saber dónde estabas parada en cada conversación, en cada mesa, en cada lugar nuevo. Había una tranquilidad en eso. Una economía de sentido. No hacía falta explicar demasiado: bastaba con nombrarse.

Por eso, cuando esa respuesta se vuelve insuficiente, lo que se pierde no es solo una palabra. Es algo más incómodo: la sensación de desorientación. Como si de pronto te hubieran cambiado las reglas de un juego que venías jugando bien.

La psicogerontóloga argentina Graciela Zarebski llamó a la habilidad que permite atravesar el tránsito identitario cuando el trabajo formal se termina sin derrumbarse identidad flexible. Propone que quienes logran actualizar su sentido de sí mismos envejecen mejor (Pexels)

El pasaporte que vencía sin aviso

En toda la edad adulta, el trabajo funciona exactamente como eso: como pasaporte social. “Soy maestra”. “Soy médica”. “Soy periodista”. Esos sustantivos comprimen en dos palabras una forma entera de estar en el mundo: el círculo de pertenencia, el nivel de conversación esperado, el valor tácito asignado por el entorno.

Ese mecanismo funciona incluso en los encuentros más casuales. No importa si es una cena, un viaje, una reunión de padres o una conversación en un taxi. La pregunta aparece siempre y la respuesta resuelve, claro y sencillo. Hasta que te jubilás.

La psicología tiene nombre para lo que ocurre cuando eso se va. El Employee Benefit Research Institute de Estados Unidos encontró que mientras el 67% de los trabajadores confía en tener suficiente dinero al jubilarse, solo el 48% se siente emocionalmente preparado para ese cambio. Ahí está el problema: no es un dato menor. Es donde aparece todo. Pasamos décadas planificando el retiro financiero. El retiro de identidad lo improvisamos.

Un estudio longitudinal publicado en 2025 sobre los mayores arrepentimientos de la jubilación encontró que el 20,5% de los encuestados no estaba preparado para el golpe emocional. No el económico: el de quién era después. Uno de ellos lo dijo sin vueltas: “Si pudiera volver, buscaría mi sentido de propósito fuera de mi identidad laboral”. La frase supone que eso era posible. Que existía un idioma alternativo. Que alguien lo sabía y no se lo había enseñado.

En Language, Aging and Society, un libro publicado en 2024 por Palgrave Macmillan, se documenta algo que los geróntologos y lingüistas estudian hace décadas: los adultos mayores construyen y negocian su identidad en cada interacción verbal. No es que “tienen” una identidad y la expresan: la identidad se hace o se deshace en el intercambio. Cuando alguien te pregunta “¿qué hacés?” y tenés un sustantivo claro para responder, esa identidad se confirma. Cuando no tenés nada, cada vez que la pregunta aparece, algo se erosiona un poco más.

Por eso la incomodidad no es superficial. Es estructural. Y el problema no se resuelve solo “haciendo cosas”. Se resuelve pudiéndolas decir. Pudiéndose nombrar en ellas. Sin ese paso, todo lo demás queda en una especie de ensayo sin lenguaje.

La psicogerontóloga argentina Graciela Zarebski, de la Universidad Maimónides, tiene un nombre para la habilidad que permite atravesar ese tránsito sin derrumbarse: identidad flexible. Su teoría propone que quienes logran actualizar su sentido de sí mismos cuando la vida mueve las coordenadas —el trabajo, el rol, el cuerpo— envejecen mejor en todos los sentidos: emocional, cognitivo, vincular. La identidad flexible no es resignación. Es la capacidad de seguir nombrándose cuando el nombre anterior ya no alcanza. El problema es que nadie la enseña. No hay curso ni trámite en ANSES que incluya ese trabajo.

Un estudio de siete años publicado en The Gerontologist confirmó la misma lógica desde los datos: los jubilados que lograron construir nuevas identidades mostraron un ajuste psicológico significativamente mejor que quienes no lo hicieron. No dice “quienes encontraron nuevas actividades”. Dice “nuevas identidades”. La diferencia no es menor. Una actividad llena el tiempo. Una identidad da lenguaje.

“Cuido a mis nietos” es una de las respuestas posibles ante la pregunta

El problema tiene género (y es más complicado de lo que parece)

En muchas reuniones eso se vuelve visible en pequeños detalles. Hombres que, frente a la pregunta, hacen silencio o responden con lo último que fueron. Mujeres que dudan, rodean la respuesta, la arman en tiempo real. Nadie lo dice en voz alta, pero la incomodidad circula.

Para los varones de la Generación X, la identidad laboral tendió a ser la única disponible. “Soy lo que hago” fue el único idioma que el sistema les enseñó. Cuando el trabajo termina, quedan en silencio total.

Para las mujeres, la historia tiene más capas. Durante siglos, el sistema les ofreció no uno sino dos idiomas de identidad: el trabajo y el vínculo. “¿A qué te dedicás?” y “¿Estás con alguien?” eran las dos preguntas que organizaban el mapa social de una mujer. La Generación X fue la primera que peleó activamente para que ninguna de las dos fuera obligatoria. La que salió a trabajar con convicción y rechazó el mandato de que su valor dependiera de tener pareja. Una conquista real, conseguida con enorme costo personal.

Pero la trampa tiene dos filos. Al jubilarse, ya no pueden responder “trabajo de tal cosa”. Y muchas, sin pareja, sin hijos o con hijos que viven sus propias vidas, tampoco tienen los viejos refugios relacionales para llenar ese vacío. A veces se podía decir “cuido a mis nietos”, pero esa opción también fue perdiendo peso —y muchas mujeres de esta generación ni siquiera la tienen disponible—. Sin trabajo, a veces sin pareja, a veces sin nietos, y con el mandato de no reducirse a ningún rol que no sea propio: la carga de definir quién sos se vuelve muy pesada exactamente cuando el sistema dejó de ayudarte a responder.

La paradoja tiene la forma de una trampa perfecta. La generación que se liberó de los únicos idiomas que le daban aprendió el siguiente idioma disponible —“soy lo que produzco”— pero no aprendió a inventar el propio. Cambió un corsé por otro.

No hay un sustantivo que nombre con dignidad a una mujer de más de 60 que lee, camina, piensa, cuida vínculos, tiene proyectos, sigue teniendo algo para decir. Y lo que no tiene nombre, en la lógica social, tampoco tiene presencia (Imagen ilustrativa Infobae)

Jubilada no es un nombre

Grace and Frankie, la serie de Netflix que protagonizaron Jane Fonda y Lily Tomlin durante siete temporadas, es una de las pocas ficciones que se animó a ponerle imagen a este problema. En uno de sus primeros capítulos, Grace va al supermercado y una empleada joven la ignora por completo. Grace golpea el mostrador y grita: “¿No me ves? ¿Acaso no existo?”; Frankie la arrastra afuera. La escena es cómica y dolorosa al mismo tiempo: el momento en que alguien deja de mirarte no porque seas antipática sino porque ya no sos legible para el sistema. Ya no producís. Ya no consumís del modo esperado. Ya no tenés un título que justifique tu lugar en la conversación.

En el español rioplatense cotidiano, el vocabulario disponible para esta etapa es pobre y a menudo hostil. “Jubilada” es una categoría burocrática. “Retirada” suena a derrota. “En mi casa” suena a invisibilidad. “Ama de casa” vuelve a poner a las mujeres en el lugar del que tardaron décadas en salir. No hay un sustantivo que nombre con dignidad a una mujer de 63 años que lee, camina, piensa, cuida vínculos, tiene proyectos incompletos, tiene conversaciones importantes, sigue teniendo algo para decir. Lo que no tiene nombre, en la lógica social, tampoco tiene presencia, queda fuera de escena.

Lo que aparece, entonces, no es un problema individual ni generacional. Es una falla de diseño. Una sociedad que organiza la identidad alrededor del trabajo pero no ofrece ninguna estructura cuando ese eje se corre.

Quizás por eso la nueva longevidad no es solo una revolución demográfica ni médica. Es también, inevitablemente, una nueva ola de derechos. El derecho a un lenguaje que te nombre cuando el trabajo se termina. El derecho a que “jubilada” no sea sinónimo de invisible. El derecho a que la pregunta “¿a qué te dedicás?” no te deje muda en la próxima cena sino que tenga respuesta —una respuesta real, construida, propia— que no dependa de un título laboral ni de un estado civil ni de cuántos nietos podés mostrar.

Eso no viene solo. Requiere política pública —programas de preparación para el retiro que vayan más allá de los trámites de ANSES, como los que ya existen en Suecia y Canadá—. Requiere cultura —ficciones, lenguaje, conversaciones públicas que le den nombre a esta etapa—. Y requiere trabajo personal: el trabajo de la identidad flexible que describió Zarebski, que no es resignarse sino reconfigurarse. Que no es perder quién eras sino descubrir quién sos ahora, con este tiempo, con este cuerpo, con esta historia.

La nueva longevidad no es solo una revolución demográfica ni médica. Es también una nueva ola de derechos, como el de contar con un lenguaje que te nombre cuando el trabajo se termina (Imagen ilustrativa Infobae)

La pregunta que viene después

Claudia terminó esa noche pronto. En el taxi de vuelta pensó que necesitaba encontrar una respuesta mejor. No para la próxima cena: para ella. Una respuesta que dijera algo verdadero sobre quién era ahora. Que usara verbos del presente, no títulos del pasado.

No es un problema de actitud ni de voluntad. Es un problema de diseño: construimos sociedades que enseñan a las personas a nombrarse a través del trabajo y no les enseñan nada después. El resultado es una generación entera —la más larga de la historia, la que va a vivir hasta los 85 y los 90— que llega a los 60 con el pasaporte vencido y sin saber que se puede renovar. Que existe otro idioma. Que se aprende, que se construye, que se puede inventar.

Tal vez la incomodidad de Claudia no sea un problema a resolver rápidamente. Tal vez sea una señal. El momento en que una respuesta automática deja de funcionar obliga a construir otra cosa.

Y eso —aunque incomode— también es una forma de libertad. El problema es que nadie nos enseñó a vivir en ese lugar.

Claudia todavía está buscando su respuesta. Como mucha gente que llegó a esta etapa sin que nadie le enseñara el idioma que se habla acá.

Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.