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La emotiva despedida de Oscar Martínez a Luis Brandoni: “Beto fue un faro”

La noticia cayó temprano, como caen esas verdades que uno cree postergar pero que igual llegan. Este lunes, la muerte de Luis Brandoni Beto, para todos— dejó un silencio espeso en el mundo de la cultura. Y en ese silencio, la voz de Oscar Martínez apareció con la claridad de quien no solo despide a un colega, sino a una parte de su propia historia.

“Beto fue un faro”, comenzó diciendo en una charla íntima con Infobae a las Nueve, de Infobae en vivo, atravesada por la emoción. Y la palabra no fue casual. Porque Brandoni pertenecía a esa generación que marcó el camino: anterior a la de Ricardo Darín, a la de Guillermo Francella, y también a la del propio Martínez. Diez años mayor, pero —como suele suceder con los que iluminan— infinitamente cercano.

El recuerdo lo llevó hacia atrás, muy atrás. A 1971, cuando un joven Martínez, de apenas 21 años, debutaba en cine junto a ese actor que ya imponía presencia. Fue en La gran ruta. Después vendría La tregua. Y más tarde, la vida: los encuentros, las comidas, las complicidades, los años que pasaron sin que se dieran cuenta, hasta reencontrarse en El cuento de las comadrejas, bajo la dirección de Juan José Campanella.

“Uno sabe que pasó el tiempo, pero no hace la cuenta”, confesó. Y en esa frase, casi al pasar, se cuela el vértigo de una carrera compartida durante más de medio siglo.

Oscar Martínez y Luis Brandoni en uno de sus tantos encuentros

Para Martínez, Brandoni no fue solo un actor enorme. Fue parte de ese “pequeño lote” reservado a los mejores de todos los tiempos. Un grupo donde la excelencia no se discute y donde el talento convive con algo más difícil de encontrar: el compromiso. “Un apasionado, un tipo honestísimo”, lo definió. Y agregó, como quien no quiere dejar margen a dudas: incluso sus adversarios debían reconocerle el amor por el país, esa entrega poco frecuente que sostuvo durante 86 años.

La escena se agranda cuando aparecen los nombres propios, los de aquella estirpe que construyó el teatro y el cine argentino: Pepe Soriano, Federico Luppi, Alfredo Alcón, Héctor Alterio. “Ellos fueron nuestros modelos”, dice Martínez. Y en esa línea, Brandoni aparece como un eslabón indispensable entre generaciones: heredero y guía al mismo tiempo.

Pero el relato no se queda en lo profesional. Se vuelve íntimo, casi confesional. Habla de llamados en momentos difíciles, de cenas que eran refugio, de gestos que no se olvidan. “Me vino a buscar después de una función”, recordó. Y en ese detalle mínimo se construye la dimensión humana de Beto: la del compañero que siempre estaba.

La noticia conocida en las últimas horas, admitió, no lo sorprendió del todo. “La veía venir”, dijo, con una sinceridad que duele. “Sabía que últimamente no estaba bien. Había tenido dos o tres caídas, incluso en el escenario, y estaba con algunos problemas de memoria, ya de algunos años para esta parte».

El aclamado actor Luis Brandoni, visible en una fotografía junto a Oscar Martinez, es celebrado por su invaluable aporte al cine y la cultura argentina a través de diversos homenajes.

Las caídas, los problemas de memoria, el desgaste inevitable. Pero incluso ahí, en ese tramo final, aparece la esencia: “Era un laburante, un apasionado… murió trabajando”. Como si la despedida no pudiera ser de otra manera. Como si el escenario fuera, también, su última trinchera.

Porque Brandoni —lo dice Martínez, pero podría decirlo cualquiera que lo haya conocido— nunca escondió el cuerpo. Se metía en el barro. Pagaba el precio. A veces, incluso, demasiado. “Recibió castigos inmerecidos”, señaló. Y sin embargo, se mantuvo firme, coherente, fiel a sus principios. De esos que no se negocian.

En medio de la reflexión, aparece una idea que ordena todo: “No somos nuestra ideología”. La frase, atribuida a Oscar Martínez, funciona como clave. Porque, en definitiva, lo que queda —lo que realmente queda— es la calidad humana. Y en ese terreno, Brandoni era, sin discusión, “un tipo de bien”.

El paralelo con Hugo del Carril no es casual. Como él, Beto fue un hombre comprometido, atravesado por sus convicciones, respetado incluso por quienes pensaban distinto. Por su honestidad. Por su hombría de bien.

El elenco y el director de El cuento de las comadrejas (Verónica Guerman / Teleshow)

Martínez lo resume con una imagen simple, casi futbolera: “Te la devolvía redonda todo el tiempo”. Trabajar con él era crecer, era disfrutar, era ser mejor. Por eso, la pregunta final no necesita respuesta: ¿quién no quería trabajar con Beto?

Tenía humor, mucho humor. Ese pulso costumbrista que capturaba como pocos el alma porteña. Podía hacer reír y, en la misma escena, quebrarte. Ese equilibrio —tan difícil, tan raro— es el que lo ubica en un lugar distinto. En un Olimpo que no se construye con premios, sino con memoria.

Era fantástico”, dice Martínez. Y en esa palabra cabe todo: el actor, el compañero, el hombre apasionado, vehemente, coherente. El que nunca cambió sus principios.

La noticia llegó temprano. Pero la historia —esa que se escribió durante décadas, escena tras escena— no termina. Porque hay nombres que no se apagan. Y el de Beto Brandoni, definitivamente, es uno de ellos.

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