A sus 26 años, Lucas Chancerelle ya ha incursionado en política, en el periodismo y en el emprendedurismo. Su formación es en derecho y actualmente es director general de Nid, una incubadora de empresas “arraigadas”, es decir, las que apuntan a producir en Francia con recursos locales.
De visita en Argentina por primera vez, en esta charla con Infobae, expone sus impresiones de Buenos Aires, donde se siente “en casa” y su aspiración a aportar a la amistad entre nuestros países, cuya historia conoce.
“En Francia seguimos viviendo de la herencia que dejó De Gaulle”, asegura y expone los motivos por los que la inmigración descontrolada inquieta a los franceses y constituye para él un problema de supervivencia de su país.
Su enfoque de éste y otros temas de actualidad resulta un aporte para una visión más plural ya que existe a distancia un falso consenso mediático sobre estas problemáticas. Por caso, considera que el Rassemblement National (antes Frente Nacional) tiene chances de llegar al poder el año próximo pero no lo ve como un partido de derecha clásico: buena parte de su base electoral son trabajadores y su línea en materia económica se acerca más al socialismo que al liberalismo.
El fenómeno de un regreso a la tradición católica -del que él mismo es un exponente, dado que se bautizó hace pocos años– lo relaciona con la necesidad de las actuales generaciones de recuperar un vínculo con la tradición milenaria del país, con sus raíces culturales, negadas o como mínimo ignoradas por la clase política en las últimas décadas.

— ¿Es posible que Rassemblement National (antes Frente Nacional) llegue al poder en la próxima elección presidencial de 2027?
— Todas las encuestadoras sitúan a Jordan Bardella o a Marine Le Pen encabezando la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Ahora bien, hay un juicio pendiente que involucra a Marine Le Pen por lo que aún no se sabe si podrá ser candidata. Será un tema político mayor, ya que Jordan Bardella contaría con un 36% en la primera vuelta, pero es muy joven. Tiene 30 años y eso plantea un problema de credibilidad. ¿Logrará superar el 50% en segunda vuelta, el techo de cristal del Frente Nacional? Es un partido muy fuerte en la primera vuelta, pero en la segunda se produce el llamado “muro republicano”. Todos los demás movimientos, la izquierda, los centristas, los ecologistas, se unen contra el candidato del Frente Nacional. Lo que se vislumbra como tendencia es que, contra Bardella, en la segunda vuelta, tal vez esté Jean-Luc Mélenchon, que encarna otro aspecto de la radicalidad francesa: la extrema izquierda. Y ahí se ve una fuerte tensión entre dos extremos. El país está dividido. Esta polarización tal vez rompa el frente republicano. Así que, en mi opinión, en 2027, el partido de Bardella ganará.
— ¿El extremismo de Mélenchon podría favorecer a Bardella?
— Sí. Las encuestadoras sitúan al segundo candidato muy por debajo. En resumen, Bardella está muy alto y a la segunda vuelta se accede con alrededor del 10 al 13%. El sucesor de Emmanuel Macron, Édouard Philippe, centrista, también podría beneficiarse de esta dinámica. Pero después de diez años de macronismo, hay un deseo de renovación, una ventana de oportunidad para nuevos partidos que superen un poco la división derecha-izquierda, como propone el Rassemblement National (RN).
— ¿El Rassemblement National no es de derecha?
— Lo es en el sentido de la seguridad, en las prerrogativas llamadas regalianas, sobre la policía, el ejército, la justicia. Pero desde el punto de vista de valores, matrimonio igualitario, eutanasia, las cuestiones familiares, no es de derecha porque la mayoría de los franceses no lo son en estas cuestiones. Como el RN intenta ganar las elecciones, se posiciona de manera prudente para evitar temas divisivos. Hay muy pocos católicos practicantes en Francia, tal vez un 1% ó 2%. Entonces se dicen: no vamos a perder votos abordando estos temas conflictivos. Prefieren tener una línea más progresista en cuanto a valores para garantizar su éxito electoral.
— ¿Y en el plano económico?
— En lo económico, tienen una línea más social. En Francia somos un poco como en Argentina, tenemos muchos empleados públicos, mucho porcentaje de gasto público en el PIB. El Estado gasta mucho dinero. Algunos candidatos más liberales como (Eric) Zemmour, (Sarah) Knafo, (Bruno) Retailleau, proponen reducir drásticamente ese gasto. Ahora bien, el RN está compuesto por un electorado popular, que no quiere que se recorten las prestaciones sociales. Así que, por miedo a perder ese electorado, el RN mantiene una posición muy social, incluso muy socialista, en economía.
— Uno por ciento de católicos practicantes es realmente mínimo. Sin embargo, en la Pascua del año pasado hubo un aumento importante de bautismos, sobre todo de jóvenes. ¿Hay un renacimiento del catolicismo en Francia?
— Hay un renacimiento de la tradición católica. Muchos jóvenes asisten a la misa en latín, vuelven a la religión. Primero, por razones identitarias. Quieren reconectarse con una herencia milenaria, con la rica historia de sus antepasados. La religión es un medio de conversión, en un proceso cultural e identitario. En eventos como la peregrinación de Chartres, se ve a decenas y decenas de miles de jóvenes, es magnífico. Es reconfortante. Creo que efectivamente hay un renacimiento. Yo, por ejemplo, me bauticé a los dieciocho años, ahora tengo veintiséis. Es cierto que en las iglesias se ve a muchos jóvenes conversos que se acercan. Creo que es porque también aporta una dimensión estética y que el mundo neoliberal, la vida cotidiana que tenemos, no nos aporta esa dimensión trascendental que da el catolicismo, que otorga esa verticalidad, ese sentido de los valores que proporciona el catolicismo romano latino. En resumen, las misas en latín están llenas de jóvenes. Las misas llamadas modernas son más de personas mayores y la cuestión demográfica hará que las misas en latín se vuelvan mayoritarias.

— ¿Existe una brecha de género en este fenómeno?
— Honestamente, no. Hay muchas, muchas mujeres. Es cincuenta y cincuenta.
— ¿Es un fenómeno de provincias o más bien urbano?
— No hay que fantasear sobre el número. Es un fenómeno que existe, una fuerte corriente, que actúa especialmente entre las élites, entre jóvenes activos en política, comprometidos, pero no son conversiones de masas. La mayoría de los franceses en las zonas rurales también están en abandono espiritual. No necesariamente tienen una búsqueda identitaria. Pero en París, por ejemplo, misas como la de Saint-Roch, en el barrio junto al Louvre, están llenas de jóvenes. Es sobre todo un fenómeno de las ciudades, de jóvenes profesionales que buscan sentido.
— Los franceses, o un porcentaje significativo de ellos, atribuyen todos los males del país al hecho de pertenecer a la Unión Europea, a Bruselas. ¿Es así?
— La idea compartida por muchos franceses es que Bruselas no es el origen de todos nuestros problemas, pero los empeora todos. Nos sentimos europeos porque nuestra historia, cultura e identidad son europeas, pero se distingue la Europa civilización de las instituciones de Bruselas, que están algo pervertidas respecto a su origen. Porque cuando se ve lo que hace (la presidente de la Comisión Europea) Ursula von der Leyen, lo que hicieron Jean-Claude Juncker y sus predecesores, es una política completamente vaciada de su sustancia civilizatoria. Nunca se hace referencia a los orígenes griegos, latinos, cristianos, de Europa. Es un ensamblaje tecnocrático, normativo, exclusivamente basado en el libre comercio, pero eso no basta para hacer un proyecto político. Así que eso crea en las poblaciones locales un resentimiento. Desde el punto de vista de la agricultura, la inmigración, la industria, se tiene la impresión de que hay competencia desleal, por ejemplo, entre un agricultor francés y uno en Europa del Este, que no van a tener las mismas normas ni los mismos costos salariales. Eso genera frustración y un sentimiento anti-Unión Europea que, a mi parecer, puede revertirse. No estoy en contra de Europa, pero sí de esta Unión Europea.

— ¿El gran reemplazo ya ha tenido lugar? Estamos en un punto en que incluso quienes negaban su existencia ahora lo reivindican.
— Sí, se ha convertido en un argumento político. Hubo varias fases. Al principio el gran reemplazo era una teoría conspirativa, no existía. Luego se volvió aceptable. Mélenchon decía “sí, hay un gran reemplazo”. Los medios decían “sí, hay un gran reemplazo, ¿pero es realmente grave?” Y en la tercera fase, ahora, se ha convertido en algo que hay que promover, una reivindicación. Mélenchon usa el término “criollización”. Solo que hace menos de 50 años que hay olas de inmigración extraeuropea en Francia. Es un fenómeno muy reciente en nuestra historia. Así que sí, el gran reemplazo existe. Todos lo ven. Es un fenómeno más bien urbano. Genera el sentimiento de ser extranjero en el propio país. Más allá de cualquier consideración racista, es un hecho objetivo. Existe un pueblo francés histórico que es blanco, de cultura cristiana, de filosofía griega; en fin, un legado civilizacional. Y un nuevo pueblo ha llegado muy recientemente y ha reemplazado muy rápidamente a barrios enteros y eso crea fuertes tensiones comunitarias. Porque se puede asimilar a individuos, pero no a pueblos enteros. Y es por eso que el RN crece tanto. Es en primer lugar por la cuestión migratoria. Por supuesto, hay temas de herencia colonial. No se puede decir simplemente: ah, están aquí, y quejarse. Hay una justificación histórica de por qué estas poblaciones llegan tan fácilmente. Pero hoy eso ya no puede funcionar. Hay tensiones étnicas, identitarias, culturales tales que algunos consideran que esto podría llevar a una situación de pre-guerra civil. Yo no lo creo. Pienso que será más bien una descomposición generalizada, una especie de “guetoízación”. Cada uno ya vive por su lado. Como decía el exministro del Interior, Gérard Collomb, “vivimos uno al lado del otro, mañana viviremos frente a frente”.
— ¿Es ésta la principal problemática en Francia hoy?
— Sí, Francia está en una situación grave porque la primera cuestión es la de la inmigración descontrolada y el cambio poblacional. Porque se puede cambiar una política económica, una política social; son leyes que se pueden cambiar fácilmente. Pero un pueblo no se cambia tan fácilmente.
— ¿El problema es que estos inmigrantes no tienen la aspiración de ser franceses?
— Pero aunque la tuvieran, para mí, es una cuestión de número. No se puede asimilar a poblaciones enteras. La asimilación ya no funciona hoy. Puede haber excepciones, bellos ejemplos de personalidades asimiladas. Yo tengo lejanos orígenes armenios y uno de mis grandes representantes es Charles Aznavour [Aznavourian]. ¡Qué bello ejemplo de asimilación el de Aznavour! Pero eran excepciones. Hoy ya no es posible promover esa política de asimilación. Y se ve en todo Occidente, en Europa, en Inglaterra, en Alemania, en Italia, los mismos problemas. Así que, espero que los políticos aborden estas cuestiones para encontrar soluciones pacíficas que permitan que la dignidad de cada pueblo sea respetada. Mi pueblo está desde hace mucho tiempo en esta tierra de Francia. No quiero que desaparezca. Tiene derecho a estar aquí, como otros pueblos tienen derecho a ocupar su país. Es necesario poner fin a esta situación y no simplemente detener la inmigración ilegal. Hay que combatir también la inmigración legal. Son quinientas mil entradas legales por año en Francia, la inmigración. El equivalente a una gran ciudad como Burdeos cada año. Es asombroso. No tenemos la capacidad de absorción de esta población. Ese es el principal problema de Francia hoy, que decide la vida o la muerte del país.
— Francia era uno de los países más reacios al Tratado del Mercosur, por los intereses de sus agricultores. ¿A pesar de ello, hay interés en profundizar los lazos a partir de este acuerdo?
— Yo creo que sí. Vine ahora por primera vez a América Latina, justamente en el marco de este acuerdo, porque, a pesar de sus límites, creo que también hay oportunidades de fortalecer los lazos existentes, económicos y culturales entre Europa y América Latina, entre Francia y Argentina. Hay que ver al Mercosur como algo positivo en ese sentido. Ahora bien, Francia es un país de campesinos. Un país agrícola. Se honra y respeta mucho a nuestros campesinos. Tienen una especie de privilegio que se mantiene. Tienen muchas ayudas del Estado y de la Unión Europea, pero socialmente eso es aceptado porque se los valora. Así que, una vez que se logre un compromiso sobre el asunto agrícola, creo que el Mercosur puede abrir vías en temas industriales, tecnológicos, para el desarrollo de actividades de empresas francesas.
— ¿Es optimista entonces respecto de las perspectivas que abre este acuerdo?
— Sí, por eso estoy aquí. Hay una amistad entre Francia y la Argentina. Se pueden citar muchos ejemplos. Soy originario de Bretaña. Y el nombre Malvinas viene de Saint-Malo, puerto bretón. Históricamente, también hubo una ayuda de corsarios franceses para liberar el puerto de Buenos Aires contra los ingleses. Ha habido visitas presidenciales: De Gaulle (1964), más recientemente, Macron. En Buenos Aires, cuando se camina por las calles, se ve esa herencia arquitectónica, ese legado del arte de vivir a la francesa. Me siento muy a gusto aquí, me siento un poco en casa. Me gusta encontrarme en este universo cultural, y me siento cómodo para desarrollar proyectos empresariales. Así que espero que el Mercosur llegue a un compromiso que respete a los agricultores franceses y que recoja los aspectos positivos, los posibles beneficios de esta nueva colaboración.
— Tienes intereses en política, periodismo y emprendimiento. ¿En qué consiste este último aspecto?
— Trabajo con personas preocupadas por la soberanía, es decir, por producir y decidir en nuestro país, en Francia. Ha habido muchas deslocalizaciones. Además, hay cuestiones geoestratégicas en relación con la influencia anglosajona, con nuestras capacidades para encontrar nuevos medios de desarrollo, nuevas vías de autonomía. Por ejemplo, el hecho de que los ejércitos franceses tengan sus datos en Microsoft, una empresa estadounidense, a mí me preocupa. Así que creo que es bueno que existan actores franceses para buscar soluciones soberanas. Si tomamos una perspectiva histórica, creo en una gran alianza latina, una gran alianza de países latinos, para trazar otro camino frente a la hegemonía norteamericana y anglosajona.
— ¿Qué imagen te llevás de Argentina?
— Es una tierra de oportunidades, una tierra de aventura, una tierra donde todo es posible. Y el Mercosur ofrece precisamente una ventana de apertura hacia ese mundo. Espero que la amistad entre Francia y Argentina siga desarrollándose. Argentina es un país inmenso en dimensiones, y libre. Es la segunda palabra que se me ocurriría. La relación con la gente es mucho más cálida, más abierta. Y tiene esa dimensión de oportunidad. Si tuviera que elegir tres palabras, serían esas: libertad, oportunidad e inmensidad. Oportunidad porque es un país —tengo esa impresión— todavía no acabado, como Francia, que es una anciana de mil quinientos años, respetable por su cultura, sus instituciones, pero a la que le cuesta moverse. Le cuesta recuperar la vitalidad que Argentina aún puede tener. Por supuesto, la imagen que tenemos hoy pasa también por el prisma mediático de Milei, por su estilo estruendoso. Pero en síntesis la imagen que proyecta Argentina es la de una tierra de oportunidades.

— Volviendo a Francia, ¿hay un distanciamiento respecto del legado de Mayo del 68?
— Bueno, vuelvo un poco atrás en nuestra conversación, al retorno del catolicismo entre los jóvenes, al regreso de cierta tradición. Se considera que los boomers representaron una ruptura generacional, una ruptura antropológica, una ruptura de valores, de la cadena de transmisión. Mayo del 68, a través de figuras como Daniel Cohn-Bendit y otros, se proyectó como la imagen internacional de esos boomers que querían destruir todo, deconstruir todo. Ahora bien, los jóvenes franceses vuelven a misa, votan a la derecha, son patriotas. Entre los jóvenes, el legado de Mayo del 68 está disminuyendo. Me parece algo positivo. Francia siempre ha estado a la vanguardia del progresismo y la transgresión de los valores. Creo que esa tendencia está cayendo. En todo el mundo, los patriotas están regresando. En todo el mundo hay un retorno de alguna forma de valores tradicionales. Estamos al final de un ciclo. Creo que los valores de Mayo del 68 no sobrevivirán a los boomers.
— Charles de Gaulle es una figura muy respetada en el mundo. Cuando vino a Argentina, la gente salió a la calle para recibirlo. ¿Cuál es la imagen de De Gaulle en Francia actualmente?
— Es el último gran presidente francés. Todavía vivimos de sus activos. Si Francia aún tiene una voz poderosa, una voz soberana, es gracias a lo que él instauró: el Consejo de Seguridad de la ONU, la energía nuclear, la industria de defensa. Los que vinieron después vivieron de sus logros y los deterioraron un poco. El último gran estadista francés. Además, un poco como el peronismo en Argentina, es una figura central, de eje. En realidad, no se le puede encasillar políticamente. Hay gaullistas de derecha, gaullistas de izquierda. Marine Le Pen se reivindica gaullista. El Partido Socialista se reivindica gaullista. Emmanuel Macron, todos se reivindican gaullistas porque, en cierto modo, es una postura fácil, tan poderosa por su evocación positiva. Y hoy, cuando se piensa en Francia, es De Gaulle–Napoleón. Efectivamente, él encarnaba cierto arraigo francés, cierta defensa de los intereses estratégicos de nuestro país. Y es con esa voluntad que intento desarrollar estas actividades empresariales made in France. Es en esa línea.












