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El terrorismo que ya llega

Una mujer camina junto a fotos y recuerdos relacionados con soldados caídos, rehenes y personas asesinadas durante el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, en la plaza Dizengoff, en Tel Aviv, Israel. 10 de febrero de 2025
REUTERS/Shir Torem

Hay una idea incómoda que muchos prefieren no expresar en voz alta: el terrorismo no pertenece al pasado, está siempre regresando. No con la misma forma que lo conocimos hace dos décadas, pero con la misma lógica brutal: matar inocentes para sembrar miedo y golpear a las sociedades abiertas. Las pruebas están al canto y las que vienen ya se incubaron. Si faltaba alguna prueba más, todo lo acontecido en Oriente Medio es otra vez el buque insignia.

Antes de entrar en tema conviene aclarar algo elemental. No existe terrorismo bueno y terrorismo malo. No hay terrorismo moralmente aceptable frente a otro que sea condenable. El terrorismo de Estado y el terrorismo no estatal son dos caras del mismo infierno. Ambos utilizan a seres humanos como instrumentos. Ambos consideran que la vida del otro es sacrificable. Ambos creen que el miedo es una herramienta política legítima. Quien haga distinciones morales profundas entre ellos —sospeche lector— probablemente no esté frente a un demócrata sino frente a un cínico. Sí, es la teoría de los dos demonios, a quien le rechine, lo lamento, es lo que son.

Sin embargo, durante décadas una parte del mundo intelectual se permitió una indulgencia peligrosa: romantizar al terrorista revolucionario, así lo ha hecho la izquierda autoproclamada progresista y el wokismo ingenuo. El argumento era conocido. Frente a un estado opresor surgiría un actor justiciero (Robin Hoodesco) que ejecutaría una supuesta justicia histórica. Falso desde el principio al fin.

La pregunta sigue sin respuesta correcta: ¿quién le otorgó a ese revolucionario el derecho de decidir quién debe morir o ser secuestrado? Cuando en nombre de una causa se secuestra, se tortura o se asesina a inocentes, la narrativa moral se derrumba. Lo que queda es simplemente un crimen. Quien advierte otra cosa es un intolerante travestido de demócrata, un falsario que va de lo que no es. Esa es la única verdad. No es combate entre trincheras, es usar al inocente para hacer valer pretensiones. Un asco y una aberración ante el derecho a la vida.

La historia del siglo XX está llena de estos autoengaños. Muchos creyeron ver heroísmo donde en realidad había violencia política. Muchos celebraron revoluciones que prometían justicia y terminaron produciendo regímenes autoritarios. El recorrido es conocido: se empieza hablando en nombre del pueblo y se termina administrando un aparato de represión desde el Estado. Fidel Castro y Daniel Ortega representan con claridad esa deriva. Revolucionarios que invocaban la libertad y terminaron consolidando sistemas donde la disidencia se paga con cárcel o exilio. Un horror. No hay romanticismo en ese proceso. Hay búsqueda viciada de poder y solo merecerían reprobación si no fuera porque el derecho internacional es frágil, porque la complicidad ideológica es un dato de la realidad y porque la inmoralidad es más grande de la que imaginamos. Ni que hablar del Chavismo que irrumpió en escena en nombre del pueblo y solo se ha ocupado de esclavizar a su propia gente. Una trompada estruendosa a los que aún hoy lo defienden ante la evidencia cruda de su indecencia.

Del otro lado, el terrorismo de Estado ha demostrado una capacidad destructiva todavía mayor (Fidel Castro, Daniel Ortega y los hermanos Rodríguez están ahora en este club como lo estaban Pinochet y Videla). Cuando el aparato estatal decide convertir el terror en política sistemática, el daño se multiplica. Pero el punto central no cambia: matar inocentes nunca puede ser una causa legítima.

Por eso resulta peligroso mantener la vieja mitología que intenta justificar algunos terrorismos mientras condena a otros. Ese doble estándar moral no sólo es intelectualmente deshonesto, también es políticamente irresponsable. Ahora bien: reconocer esto no alcanza. Porque el problema más urgente es otro. El terrorismo está encontrando nuevamente terreno fértil. La razón es simple: sigue siendo uno de los métodos más baratos y eficaces para desestabilizar sociedades. No requiere grandes ejércitos, ni estructuras sofisticadas. Puede operar a través de células dormidas, de lobos solitarios o mediante tecnologías relativamente accesibles como drones. Incluso formas rudimentarias de terrorismo biológico han vuelto a aparecer en los análisis de seguridad. El objetivo es siempre el mismo: atacar civiles. Golpear un estadio, un shopping, un aeropuerto o un evento masivo produce un efecto político y psicológico devastador que ningún enfrentamiento militar tradicional puede lograr con tan pocos recursos. Por eso el terrorismo es el arma preferida de actores que se sienten militarmente arrinconados pero políticamente motivados.

En ese tablero geopolítico, Irán lleva décadas jugando con paciencia estratégica. A través de redes de financiamiento, milicias aliadas y organizaciones intermediarias, ha desarrollado una capacidad considerable para proyectar influencia fuera de sus fronteras. No se trata de improvisación. Es una política sostenida, orquestada y a largo plazo. Hezbollah lo demostró durante décadas. Hamás tuvo apoyo iraní. Llevan décadas en eso de esconderse bajo la tierra y financiar insurgencias criminales.

Cuando estos actores buscan enviar mensajes, lo hacen donde más duele: entre civiles inocentes. El objetivo no es ganar batallas militares. Es sembrar miedo en sociedades abiertas y obligar a los gobiernos a pagar costos políticos internos. ¡Desestabilizar! La historia reciente demuestra que esa lógica funciona. Lo preocupante es que, frente a este escenario, muchas democracias parecen moverse con una parsimonia inquietante y lindante con la idiotez. Creen que nunca les pasará a ellos hasta que se despiertan un día con el río de sangre en sus puertas.

Parte de esa lentitud proviene de un error recurrente: creer que el terrorismo es siempre un problema lejano, algo que ocurre en otros continentes o en conflictos ajenos. Esa idea ya no es sostenible. Y lo sabemos de memoria atento a la década del noventa en Buenos Aires.

El terrorismo contemporáneo no necesita grandes centros geopolíticos para operar. Cualquier ciudad puede convertirse en escenario. El objetivo precisamente es ese: generar la sensación de que ningún lugar es completamente seguro.

A esto se suma un fenómeno preocupante directamente vinculado: el crecimiento del antisemitismo en distintas partes del mundo occidental. El propio Tony Blair mencionó que en el Reino Unido se registraron más de 3.700 incidentes antisemitas en un solo año. No es un dato menor. Es un indicador de clima atroz y desafiante. Este asunto va de la mano con el terrorismo, es terrorismo. Lo sabemos todos de memoria.

Las ideologías que alimentan el terrorismo suelen crecer primero en el terreno cultural y político antes de traducirse en violencia directa. Durante años muchos negaron que el antisemitismo estuviera regresando. Hoy la evidencia es imposible de ocultar. Se plagó de antisemitismo el planeta y ya no es de mal gusto denostar contra los judíos y hacerlos responsables de cuanto mal se le ocurra al conspiranoico de moda. El asunto está por todos lados. No lo advierte quien no quiere.

Algo similar puede ocurrir con el terrorismo clásico si se lo subestima. Europa ofrece un ejemplo claro de esta tensión. Muchos gobiernos han intentado evitar confrontaciones geopolíticas con regímenes como el iraní para reducir riesgos. La lógica es la siguiente: no se quiere importar conflictos externos. Sin embargo, jugar al avestruz que esconde su cabeza en la tierra no es la mejor opción porque ignorar un problema, así rara vez se lo hace desaparecer.

El radicalismo islamista lleva años infiltrándose en distintos espacios sociales europeos e incluso sudamericanos. No es un fenómeno homogéneo ni mayoritario, pero existe. Y cuando existe, basta una minoría organizada para generar consecuencias desproporcionadas. Ya no es imaginación esto, lo constata cualquier observador atento.

Por eso la cooperación internacional en materia de inteligencia resulta indispensable. Las democracias necesitan compartir información, anticipar amenazas y desarticular redes antes de que actúen para destruir los valores de convivencia pacífica. Sin inteligencia eficaz, la prevención se vuelve imposible. Esto incluye aceptar cooperación entre agencias que muchas veces son criticadas por razones ideológicas. En el mundo real, la información es poder. Y quienes rechazan información por prejuicio terminan debilitando su propia seguridad. Allí están los cretinos útiles a la causa anodina que con tal de no sentarse con los Estados Unidos termina siendo aliados de lo peor. La historia siempre revisa la conducta miserable cuando los platos se rompen.

El terrorismo entiende muy bien esta debilidad. Sabe que las sociedades abiertas dudan, discuten y se dividen, leyeron más a Karl Popper que mucho supuesto demócrata devoto. Esa es, paradójicamente, una de sus mayores fortalezas. Pero también puede convertirse en su mayor vulnerabilidad. Porque mientras las democracias discuten si el problema existe o no, quienes creen en la violencia política siguen organizándose e infiltrándose.

El resultado de esa combinación suele ser previsible. La historia lo ha demostrado demasiadas veces. Y cuando finalmente se reconoce el peligro, suele ser demasiado tarde. Por eso conviene decirlo ahora, sin rodeos: el terrorismo no desapareció, está mutando, reorganizándose y esperando oportunidades. No verlo sería ingenuo. Pero verlo y no actuar sería algo peor. Sería, simplemente, estupidez.