
Rescatada de Oakland, California, Sugar era una perra reconocida como una de las surfistas caninas más destacadas en el mundo. Junto a su dueño, Ryan Rustan, se convirtió en una figura emblemática del surf en Huntington Beach, donde era el único animal autorizado para practicar el deporte en el muelle. A lo largo de su carrera, obtuvo 19 títulos, incluyendo cinco campeonatos mundiales de surf canino y diversas victorias en el Surf City Surf Dog.
Incluso, fue el primer animal en ser incorporado al Salón de la Fama del Surf, dejando sus huellas junto a leyendas como Duke Kahanamoku y Kelly Slater. Además de sus logros deportivos, trabajó como perra de terapia, acompañando a veteranos en el hospital VA de Long Beach y participando en eventos en la disciplina adaptada para personas con discapacidades.
Sin embargo, a comienzos de 2026 anunciaron que padecía cáncer. Su dueño organizó un evento para que la comunidad la acompañara en su “última ola” en Huntington Beach. En tanto, el 31 de marzo confirmaron el fallecimiento de Sugar en plena pelea contra el tumor que le habían diagnosticado a principio de mes.
La muerte de Sugar, la perra surfista
La noticia de la muerte impactó y conmovió a la comunidad, tanto de Huntington Beach como a todos los seguidores. La perra falleció a los 16 años, tras una breve pero intensa lucha contra el cáncer, según informaron sus dueños a través de una emotiva publicación en su cuenta de Instagram.
Sugar, rescatada cuando era solo una cachorra, murió en los brazos de su dueño, Ryan Rustan, en la madrugada del lunes 30 de marzo. El diagnóstico de cáncer había sido realizado el 2 de marzo y, apenas días después, el 7 de marzo, surfeó su última ola. La despedida se realizó en un contexto íntimo y lleno de afecto, reflejado en las palabras de Rustan: “Adiós mi Sugar. No puedo creer que esté escribiendo esto, te voy a extrañar muchísimo”.

El anuncio generó una oleada de mensajes de apoyo y condolencias en las redes sociales, donde Sugar contaba con más de 33.000 seguidores. Su historia había trascendido las fronteras del deporte para inspirar a quienes la conocieron, tanto en persona como a través de internet. El último adiós estuvo marcado por la gratitud de su dueño y por el reconocimiento a una vida dedicada a hacer sonreír a la gente, voluntariar y transformar el surf canino.
Las redes se vieron totalmente atravesadas por la muerte de la perra. En la misma publicación de Instagram, seguidores expresaron mensajes directos y sentidos: “Lo siento mucho, Ryan. Le diste la mejor vida”; “la echaremos de menos, hizo historia”; “que descanse en paz, una leyenda”.
Asimismo, en Huntington Beach, la describieron como una leyenda local y la comunidad de Surf City manifestó su duelo, reconociendo que su impacto fue mucho más allá del mundo del surf. Se valoró especialmente su labor inspirando a otros, abogando por los perros de rescate y brindando consuelo a los veteranos.
La vida de Sugar fuera del agua
Desde cachorra, desarrolló un talento sobresaliente para el surf. Siempre vestida con un chaleco salvavidas, sorprendía a los espectadores por su habilidad para mantener el equilibrio sobre la tabla, a veces junto a su dueño y otra veces por su cuenta. Asimismo, su carrera en el deporte le permitió obtener varios trofeos: consiguió cinco campeonatos mundiales de surf canino y acumuló un total de 19 títulos, lo que la llevó a ser reconocida como la perra surfista más laureada del planeta.

En 2024, sus huellas quedaron inmortalizadas en cemento en Huntington Beach al ser la primera perra incluida en el Salón de la Fama del Surf, un logro sin precedentes para un animal en esta disciplina. En la ceremonia de su ingreso al salón de la fama, Rustan expresó: “Esto es simplemente increíble. Los sueños se hacen realidad, incluso para un perro surfista y para tipos como yo”, recogió Associated Press.
Sin embargo, su trayectoria va más allá de premios y habilidades en el surf. Fuera del agua dedicaba su tiempo a acompañar y consolar a veteranos militares como perra de terapia en el Hospital de Asuntos de Veteranos de Long Beach. Su presencia era valorada tanto por quienes compartían con ella la playa como por quienes se beneficiaban de su compañía y apoyo emocional.