
El sol de una tarde húmeda atraviesa el ventanal en la casa de Nelda Infiesta, en Lomas de Zamora. Recorta las siluetas de un grupo de mujeres que hablan, ríen y completan frases, unidas por un sentido de pertenencia. Aquí, el aire huele a café y a una familiaridad que solo se construye con sesenta años de sedimentación.
—¿Podría preguntar cómo nace la amistad? Pero lo más difícil es saber: ¿cómo se hace para que continúe?
Noemí “Mimi” Tramontano responde con la claridad de quien atesora una amistad de largo recorrido. Para ella, la respuesta no es una fórmula sino una suma de momentos compartidos: el jardín de infantes en 1960, la primaria, el comienzo del secundario en los setenta, el viaje de egresados y hasta los novios que, por efecto natural, ingresaron al círculo de “las chicas”.
—Lo que ves acá no es solo por hoy —explica Mimi, señalando la mesa donde el mate y las masas son parte de una costumbre que se repite cada dos meses. Se mantiene con lo que cada una le aporta al grupo. Es la vida misma.
Los lazos que se gestaron en la infancia
Aunque el punto de encuentro de estas mujeres es el Instituto Santa Inés de Turdera —institución educativa privada de la zona sur del conurbano bonaerense—, el grupo actual reúne a antiguas compañeras de distintas localidades: Monte Grande, Llavallol, Adrogué, Temperley y hasta Liliana Bellani, quien viaja desde Tigre para sumarse a la cita. Son la Promoción 74, un grupo que sobrevivió a la rigidez de las monjas y a los cambios de un país que se desarmaba y armaba mientras ellas intentaban descifrar las fórmulas de Química.

Mónica Delle Sedie, docente jubilada al igual que varias de sus amigas, recuerda cómo comenzó el vínculo con Mimi: sus padres, en una época donde la palabra de los adultos era ley, recomendaron la escuela cuando la familia de Mimi se mudó a Guillón. Tenían 8 años. Sentadas una junto a la otra, la distancia entre aquellas niñas y estas mujeres parece haberse reducido a un momento.
—Somos de la generación que le hacíamos caso a nuestros padres —reflexiona Mónica—. Si nos ponían un horario para volver, volvíamos. Teníamos la misma vivencia, por eso nada nos parecía extraño.
Las afinidades dentro del grupo se ordenan más bien por pasiones y recuerdos. Está Estela Maris Almirón, la admiradora incondicional de los Beatles; están las que seguían de cerca a Sergio Denis y también quienes conservan el recuerdo preciso del olor a mandarina que les quedaba en las manos tras tomar fruta del patio del colegio.

—Nos íbamos a sacar mandarinas de los árboles que había en el patio, veníamos y el olor nos delataba. “No, nosotras no fuimos”, decíamos, pero el perfume quedaba en las manos.
La complicidad se extendía a todo tipo de travesuras. Recuerdan a una profesora de Química a la que lograban confundir moviéndose todas suavemente hacia el mismo lado, provocando que la docente dudara de su propio equilibrio. “Chicas, se está moviendo todo”, afirmaba la profesora, desconcertada. “No, nosotras no nos movemos”, respondían ellas, cómplices de un efecto construido entre todas.
De la distancia a los reencuentros
Para estas mujeres, la vida no siempre fue encuentro permanente. Liliana Bellani se trasladó a la zona norte a los veinte años y durante años, el contacto con sus amigas se limitó a cartas. Se perdió casamientos, nacimientos y el crecimiento de los hijos del grupo. El reencuentro llegó décadas después gracias a Facebook.

—Fue una bendición de Dios —dice Liliana—. Siempre hay una anécdota de la época del secundario. Si la repetimos, nos volvemos a reír como si fuera la primera vez.
La amistad, lejos de ser solo recuerdos de buenos tiempos, funcionó como apoyo constante ante situaciones difíciles. Mimi recuerda su viudez temprana, a los 36 años: su marido estuvo enfermo durante dos años, un tiempo especialmente difícil para ella.
—De todos los que estuvieron al lado mío, después de mi familia, estuvieron mis grandes amigas. Me ayudaban económicamente y con compañía. Para mí no son amigas, son hermanas del corazón.
El grupo mantiene un contacto diario a través de un chat, recurso que Nelda denomina como “hilo rojo” y que permite compartir noticias de nietos y, también, acompañar las preocupaciones a la distancia. Una de las integrantes, Norma Vázquez, no pudo estar presente porque el trabajo lo impidió; su hija vive en Dubái y, ante las tensiones bélicas en Medio Oriente, el grupo se convirtió en un sostén de mensajes y apoyo para la madre.

El futuro en conjunto
El grupo ha desarrollado costumbres propias tras décadas de historias compartidas. Los esposos, testigos periféricos de esta unión, las observan y el marido de Nelda fue quien, cansado de repetirles que “lo que hacen no es normal”, las convenció de que su historia merecía ser contada.
—él me taladra la cabeza —confiesa Nelda entre risas—. Dice: “Ustedes no se dan cuenta de lo que formaron”.
La exposición en redes sociales les trajo todo tipo de propuestas, incluso publicidades de geriátricos, opciones que ellas se toman con humor. La idea de enfrentar la vejez en compañía aparece cada vez más —ya no solo como broma, sino como posibilidad real.

Hablan de ir a un geriátrico juntas, pero ahora dicen “que hay que pensar en otra cosa” porque todavía son jóvenes. Una posibilidad tal vez sean viviendas comunitarias, como se hace en otros países. Hay que preverlo estando en plena conciencia, sostienen mientras se ríen.
Mimi plantea que un contrato formal podría ser una solución práctica:
—Tenemos que hacer un contrato para que nuestros hijos nos envíen a todas juntas. O que al menos nos organicen las reuniones.
Al consultarles sobre el secreto para sostener tantos años de amistad, Nélida Jager, responde: tolerancia.
Para Jager, que aún divide su tiempo como docente entre escuelas de Lomas de Zamora, el mérito está en cómo supieron adaptarse a los cambios. “Fuimos modificando nuestras familias, los lugares donde vivimos, las profesiones, todo”, analiza.
El grupo fue testigo de numerosos hitos: bautismos, cumpleaños de quince, despedidas y jubilaciones. Para Jager, estar con quienes la acompañan desde el jardín de infantes la hace sentirse tan vital como entonces. “Nos hace sentir unas niñas todavía”, confiesa, mientras las risas de fondo refuerzan esa percepción.
Un entramado que atraviesa generaciones y ciudades
Mientras la tarde cae sobre Lomas de Zamora, las voces de Vilma Romano, Rosalba Mucciolo, Bibi Leal y el resto de las chicas de Turdera se entrelazan. Han visto pasar la televisión en blanco y negro, la llegada del hombre a la Luna, el auge del rock nacional, las crisis del país y el avance digital, pero mantienen sus costumbres.

Han sobrevivido a las diferencias políticas —“respetamos, aunque alguna a veces ha huido”, admiten— y a las distancias físicas. Pero sobre todo, han sobrevivido a la rutina y al paso de los años.
El grupo reúne a mujeres que crecieron en distintas localidades del sur del conurbano bonaerense: desde Monte Grande llegan Mimi Tramontano, Mónica Delle Sedie, Estela Maris Almirón, Vilma Romano y Mónica Brussolo; de Lomas de Zamora, la anfitriona Nelda Infiesta y Liliana González Serena. Las acompañan desde Llavallol, Nélida Jager; desde Adrogué, Rosalba Mucciolo; desde Temperley, María Silvia “Bibi” Leal. En Turdera están Marta Lobo, Mirta Mosquera, Mónica Leonardis y Norma Vázquez. Liliana Bellani supera la distancia viajando desde Tigre para no perderse el encuentro. Son quince nombres, quince trayectorias que, a pesar de los traslados y cambios de vida, mantienen el vínculo a través del tiempo. El punto en común es el patio del Instituto Santa Inés de Turdera, donde todo comenzó.

Cuando termina la reunión, el grupo de las quince sabe que mañana, a primera hora, el teléfono anunciará un “buen día” que es más que una formalidad: es la garantía de que ninguna está sola. En Turdera, o en la casa de Nelda, estas mujeres siguen siendo aquellas niñas que robaban mandarinas del colegio y que, mientras estén juntas, continuarán eligiendo darse encuentro siempre que puedan.