Hasta hace algunos días el bombardeo de EE. UU. e Israel tenía un doble componente principal alrededor del cual parecía girar todo, ya que, por un lado, EE. UU. e Israel destrozaban militarmente a Irán, mientras que, por el otro, a pesar de lo anterior, la República Islámica sobrevivía sin que surgiera un gobierno alternativo.
Sin embargo, el éxito iraní en bloquear el petróleo y el gas que salen del Estrecho de Ormuz se instaló para cambiar la forma como se desarrollaba la guerra y como era percibida, de tal modo que para un portavoz de la Agencia Internacional de Energía ese hecho constituía “la mayor amenaza de su historia en términos de seguridad energética del planeta”, por exagerado que parezca el temor, aproximación compartida por muchos, toda vez que en pocas semanas lo que se está viviendo supera en cifras la situación vivida con los shocks petroleros de 1973 (guerra de Yom Kippur) y 1979 (aparición de la República Islámica).
Además de lo anterior, lo que está ocurriendo reafirma una vez más una antigua verdad, conocida al menos desde que el filósofo y general chino Sun Tzu (544 a.C.-496 a.C.) publicara el Arte de la Guerra, en el sentido de que las guerras solo se acaban cuando se acaba la voluntad de lucha de los oponentes, también demostrado en los casos de Hezbolá en el Líbano y de Hamás en Gaza, trío que a pesar de su desmedrada situación militar muestran que en el Medio Oriente, los conceptos de triunfo y derrota no significan lo mismo que en Occidente.
Por lo mismo, en los tres casos, los intentos de mediación y negociación no terminaron con la rendición, por lo que es probable que con los últimos anuncios del presidente Trump pase lo mismo de Rusia-Ucrania en la guerra europea, es decir que las posiciones de ambos, EE. UU. e Irán, sean en definitiva tan opuestas, tanto que ni siquiera un cese del fuego sea posible.
Por lo demás, Ormuz es mucho más que una batalla, ya que representa nada menos que un principio que ha prevalecido durante mucho tiempo, todavía registrado por el derecho internacional con el nombre de libertad de navegación. Fue, por lo demás, lo que llevó en 1801 a la república naciente estadounidense a su primera intervención militar en el extranjero, en lo que es hoy territorio árabe en el norte de áfrica.
Dada esta antigua importancia para EE. UU., la pregunta es si sobrevivirá su relevancia si Irán tuviera éxito en maniatar a la que todavía sigue siendo la principal superpotencia del mundo, para la cual este principio sigue tan vigente que en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional 2025, la biblia geopolítica de la Administración Trump se señala este noviembre que EE. UU. debe “preservar la libertad de navegación en todas las rutas marítimas cruciales”.

Por cierto, no es el único lugar, pero si Irán tiene éxito en el Estrecho de Ormuz, pone en peligro al más importante de todos, el estrecho de Malaca en el sudeste de Asia como también los estrechos daneses, es decir, los tres canales marinos que conectan el mar Báltico con el mar del Norte, a lo que se puede agregar el Bósforo y los Dardanelos, solo por mencionar algunos como el Canal de Panamá, dada su importancia para la marina de guerra estadounidense, en un país para el cual se han restablecido en gloria y majestad las consideraciones geopolíticas, abandonadas en la práctica desde la desaparición de la URSS.
Lo que ha tenido lugar en Ormuz no debió haber sorprendido a EE. UU. ni a la Casa Blanca ni a los planificadores del Pentágono, toda vez que la importancia de los lugares de estrangulamiento marítimo siempre ha sido sabida desde la antigüedad. En todo caso, su reaparición en Ormuz solo demuestra que en la era de los misiles y los satélites, la geografía sigue siendo tan importante como en el pasado.
La relevancia de Ormuz se explica por el hecho determinante que allí pasa el 20% del consumo mundial de petróleo y gas, y sin ese dinero, Irán simplemente no podría haber desarrollado la desestabilización que ha hecho en todo el Medio Oriente, además de haberse transformado en el principal agente estatal en la organización y financiamiento terrorista a nivel mundial, con un brazo tan largo que llegó a Buenos Aires.
Y si su importancia está dada por los combustibles, mucho ojo con Taiwán, cuya trascendencia no solo viene de la República Popular China sino también del hecho que en esa isla se produce más del 80% de los semiconductores más avanzados de la tierra, por lo que aún sin invasión, un bloqueo prolongado produciría una crisis económica mundial cuyo impacto podría superar a la actual crisis.
Capturar Ormuz es un escenario bélico complicado de pronóstico incierto, el cual plantea más preguntas que respuestas, toda vez que los distintos escenarios tienen en común que no se requieren tropas cualesquiera, sino un despliegue especializado de paracaidistas y fuerzas de respuesta rápida, lo que abre alternativas que van desde la estabilización a una escalada mayor, es decir, un punto de inflexión a lo conocido, donde las tropas a emplear seguramente van a ser solo estadounidenses, ya que es difícil pensar que la OTAN acompañará, además que Macron ya dio a entender que las tropas francesas solo estarían disponibles para escenarios de combate cuando Irán haya sido totalmente vencido, opinión que seguramente interpreta plenamente a la mayoría de la Unión Europea que repite que esta “no es su guerra”.
Además, en esta oportunidad tampoco lo debiera hacer Israel, ya que si de este país hablamos, no hay que olvidar que va a estar ocupado con Hezbolá, toda vez que Irán tuvo éxito en arrastrar al Líbano a otra guerra, a pesar de las advertencias de Israel que no lo hiciera, y que por rara vez fue el propio gobierno del Líbano, quien hizo lo que no había hecho antes, es decir, advertir a los terroristas que se abstuvieran, además de expulsar al embajador iraní.
Hezbolá no hizo caso y se transformó en el primero de los proxis iraníes en hacerlo, aún antes de los hutíes, a pesar de lo castigado y debilitado que está, en condiciones que Israel ha advertido que esta vez va a volver a crear una zona de seguridad que llegue hasta el Río Litani, a unos 30 km de la frontera, con lo que nuevamente poseerá una zona en territorio libanés, después que se retirara completamente en 2000. Había permanecido años en apoyo de la minoría cristiana del país, pero a pesar de ello, el Estado del Líbano no cumplió con su parte de ocupar el territorio evacuado, y ante su inacción lo hicieron Irán y Hezbolá. Con esa ocupación, lo que se pretende es defender a la población israelí que vive cerca de la frontera, ya que, en la última guerra, Hezbolá acudió en apoyo de Hamás e Israel debió evacuar a decenas de miles de sus ciudadanos y sacarlos de sus casas. Ahora son centenares de miles los refugiados libaneses, dados los combates que están teniendo lugar. Todo indica un triunfo israelí, por lo que seguramente su presencia se mantendrá hasta que el Estado libanés quiera o pueda abordar el tema pendiente de asegurar el monopolio de las armas para su ejército, lo que implica el escenario no deseado de confrontar a Irán y a Hezbolá.
Como solo serían tropas estadounidenses las que combatirían en Ormuz, al presidente Trump se le crea un problema político mayor, toda vez que sería traicionar la promesa que repetidamente ha hecho a su base más fiel, MAGA, repetida en ambas campañas presidenciales, que nunca introduciría “botas en el terreno”, es decir, nunca involucraría tropas en una guerra mayor, por lo que la llegada de estas tropas especiales podría alterar uno de los principales orgullos de su primer mandato, que extrajo al país de guerras viejas y no lo comprometió en ninguna nueva.
Desde otro punto de vista, en lo relacionado con el programa atómico, cualquier intento militar estadounidense para extraer el uranio que Irán ha logrado enriquecer, requeriría la participación de unidades de élite aún más especializadas del tipo Delta, Regimiento Ranger o Boinas Verdes, para cuyo éxito se requiere inteligencia extremadamente precisa sobre su ubicación además de especialización logística para su traslado, todos elementos que hacen recaer esta tarea en Washington, ya que hasta donde se sabe Israel no posee estas unidades, toda vez que en el caso del programa atómico de Sadam Husein su destrucción se hizo en 1981 desde el aire, sin tropas terrestres. En todo caso, EE. UU. posee equipos de desactivación nuclear desde la guerra fría.
La información públicamente disponible desde los bombardeos del año pasado muestra que Irán debiera tener uranio al menos en instalaciones subterráneas en Fordow e Isfahán, ya sea en sectores totalmente destruidos desde junio 2025 o todavía protegidos por muros de acero, pero para estar seguros se requeriría lo que Irán no ha permitido, visitas en terreno.
En el caso que correspondiera a instalaciones destruidas, he tenido la oportunidad de leer un Informe de un centro especializado de Jerusalén, publicado por la prensa israelí que me ha convencido que, de todas las alternativas, la menos peligrosa sería dejar sin tocar ese uranio enterrado bajo cantidades inmensas de piedra y polvo en el fondo de la montaña. El informe es muy convincente en el sentido de que lo mejor sería por ahora dejarlo enterrado, ya que después del bombardeo, su estado más probable es gaseoso.
Regresando al estrecho de Ormuz, la bomba económica desatada por Irán con su respuesta híbrida al bombardeo recibido que lo ha borrado como peligro militar, ha provocado no solo una crisis económica de magnitud en petróleo y gas, sino también ha dado origen a una escasez mundial de fertilizantes y a una amenaza grande al precio de los alimentos por la escasez de insumos agrícolas, lo que complica la estabilidad alimentaria creando inseguridad, bastando al respecto recordar que algo similar tuvo lugar después de la invasión rusa a Ucrania dada la importancia de ambos países en ese mercado al igual que en el de fertilizantes, es decir, la crisis económica no solo afecta el precio de los combustibles.
Por esa razón, lo de Ormuz es hoy peor que la situación creada por Arabia Saudita y la OPEC de los países exportadores en los 70 del siglo pasado, toda vez que para la actual crisis no hubo embargo petrolero, de tal modo que, hasta el ataque a las plantas de las monarquías del Golfo, no había existido carencia ni de gas ni de petróleo, y para que la crisis se desatara bastó la simple amenaza verbal, dada la estrechez geográfica del lugar.
Fue mucho lo que logró con sus amenazas Irán, además de cruzar una línea roja que el fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruhollah Jomeini nunca traspasó, quien por cierto estimuló el secuestro de los diplomáticos en 1979, pero nunca quiso someter a todo el mundo a ese chantaje, ya que entendía que era una causal de guerra.
Sabemos que, durante la guerra entre Irán e Irak, ambos países hicieron intentos de perjudicar la navegación marítima en ese estrecho que es de libertad de navegación según el derecho internacional, con agresiones limitadas a minas de contacto, como también quisieron negarle sin éxito su utilización al adversario. Por último, alguna vez en los ochenta, EE. UU. protegió la navegación de petroleros que fueron amenazados.

Más aún, después del fin de la URSS, ha habido encuentros entre responsables soviéticos y norteamericanos de aquella época para revisar la guerra fría, donde ha surgido información que desvirtúa la narrativa principal, pero que no deja de ser interesante, como por ejemplo lo testimoniado por un asesor relevante del Politburó de esos años, que fue testigo de cómo se discutió sin ser aprobado el envío de más tropas a la frontera de la URSS con Irán, alarmados por la inactividad de EE. UU. frente al radicalismo de Teherán, toda vez que para Moscú fue una sorpresa la exitosa reacción islamista al golpe de estado comunista en Kabul y a la invasión soviética.
En definitiva, no prosperó en la URSS la idea de una acción preventiva cuando se dieron cuenta de que eran fenómenos independientes uno del otro, lo que ocurría en Afganistán de lo que pasaba en Irán. En todo caso, no deja de ser interesante que, según un funcionario de la Casa Blanca de la época, se pensara en algún momento, aunque brevemente, en un escenario nuclear. En paralelo, según documentos del Politburó, la sorpresa del comunismo soviético fue total con la llegada de Jomeini, ya que nunca pensaron que se dejaría caer al Sha en favor de un fundamentalista chií, aunque en condiciones de la guerra fría, el clérigo era visto como un saludable contrapeso al comunismo en algunos sectores del diverso panorama estadounidense.
No deja de ser interesante constatar que décadas después, a pesar de la relevancia adquirida desde entonces por las tecnologías alternativas y por la ideología del cambio climático como peligro civilizacional, lo que no ha cambiado es la centralidad del petróleo y del gas en un lugar que los iraníes llaman Golfo Pérsico y los árabes, Golfo Arábigo.
Del mismo modo, llama la atención que Europa esté del todo ausente en la resolución del problema, a pesar de que la irrelevancia demostrada es otro clavo en el cajón de los que alguna vez fueron poderosos imperios, como también la actitud europea es otro clavo en el féretro de la OTAN, sobre todo, si se le suma la actitud de EE. UU. en relación con la invasión de Rusia a Ucrania.
Quizás hubiese sido mejor que esa alianza militar hubiese desaparecido junto con el fin de la ex URSS, porque hoy no se ve que tenga ningún rol destacado en lo que va a definir este siglo geopolíticamente, como es la confrontación por la supremacía mundial entre China y EE. UU. A todo ello se ha agregado en estos días, que Europa sigue en la negación de lo que significa que un misil iraní haya estado a punto de impactar a la Isla Diego García en el océano índico, mostrando eso sí que los 4000 km recorridos era distancia suficiente para impactar a las ciudades capitales europeas, y no hayan querido involucrarse con el desafío iraní, a pesar de que la República Islámica ha estado en una yihad desde 1979, no solo contra EE. UU. e Israel sino también contra la idea misma de Occidente.
En Irán hoy no está claro con quién se podría negociar y quién manda realmente en Teherán, salvo que hay un evidente predominio de la Guardia Revolucionaria en el proceso de toma de decisiones, pero la crisis de Ormuz ha concentrado tanto interés en Washington, que no hay duda de que apenas se resuelva el tema militar o la duda de quién manda en Irán, EE. UU. buscará controlar la producción iraní de una forma tal que probablemente superará lo ya hecho con el petróleo venezolano. Más aún, si algo ha demostrado Ormuz es que después de lo vivido, seguramente aparecerán alternativas de solución permanente. En ese sentido, el ataque a las monarquías árabes sunitas del Golfo puede lograr lo mismo que el programa atómico de Irán, es decir, que el poder adquirido con la superioridad aérea actual de Israel se una con la alianza incipiente entre los intereses de esos países e Israel, lo que podría conducir a un nuevo oleoducto y otro gaseoducto que involucre a países árabes y a Israel. También podría incorporar a Ormuz ya que no solo existe la isla principal en manos iraníes, sino también hay en un punto aún más estrecho, otras tres islas pequeñas cercanas a la orilla, pero que desde hace muchos años son reclamadas por los Emiratos árabes Unidos como parte de su territorio.
El caso de los Emiratos es llamativo por su claridad en entender que tal como lo expresan en declaración oficial, “Teherán es una amenaza para la seguridad global”. Además, en comparación a otras monarquías árabes, han tenido éxito en detener la andanada de ataques recibidos desde Irán, más misiles y drones que contra cualquier otro país en el vecindario. Del mismo modo, ha presionado por una estrategia internacional para restablecer el paso seguro por Ormuz y para proteger los suministros energéticos.
Sin embargo, la realidad de hoy es que existen dos estrechos que son muy fáciles de bloquear como lo ha demostrado para perjuicio árabe el de Ormuz como también el de Bab Al-Mandeb en el mar Rojo, cuando, por ejemplo, un proxi proiraní como los Hutíes del Yemen no solo interrumpieron el transporte marítimo, sino también han atacado los depósitos petroleros de Arabia Saudita en su propio territorio.
Al respecto, las monarquías árabes del Golfo y EE. UU. disponen de los recursos suficientes para financiar tanto un oleoducto como también un gaseoducto que atravesase Arabia Saudita y Jordania para que los combustibles del Golfo puedan llegar a Israel vía Aqaba y Eilat en un caso, como también a Haifa y el mar Mediterráneo en otro, después de cruzar por las cercanías del paso Allenby, para que, desde allí, con seguridad puedan ser enviados por vía marítima al resto del mundo. Una estrategia así se puede unir a lo ya existente, la alianza entre Israel, Grecia, Chipre y otros países que está extrayendo gas del mar para trasladarlo a la Unión Europea quizás vía Bulgaria, donde no sería sorpresa que también se incorporara Turquía, sobre todo, si Erdogan pierde las próximas elecciones presidenciales, y donde nada menos que Egipto ya ha firmado un contrato para la adquisición de cantidades significativas de gas israelí.
Todo lo descrito se puede potenciar si, en definitiva, como consecuencia de la agresión iraní, en algún momento se incorporan a la guerra las monarquías árabes del Golfo, incluyendo donde hay mayoría chií o las que en el pasado tuvieron una relación estrecha con Irán como Qatar, sobre todo, si ambos son importantes productores de gas, a lo que tanto EE. UU. como Israel le darían la bienvenida dado su poder económico, toda vez que esta guerra ha demostrado el gran costo de los bombardeos hechos a Irán y su infraestructura. Irán ha recibido un duro castigo, ha perdido la parte bélica de esta guerra, pero podría estar dictando los términos de cómo termina, a lo cual contribuye el hecho notorio que EE. UU. fue a combatir sin un plan político claro de lo que viene el día después, ya que, si el régimen continúa gobernando, esa va a ser su victoria no importando cuán dura ha sido la destrucción que ha soportado.
El escenario bélico desfavorable a Irán quedó establecido desde la paliza propinada el año pasado, pero la alternativa sigue siendo la misma, colapso o negociación, con varios escenarios intermedios, dependiendo de su grado de probabilidad. Para obtener una negociación con EE. UU.Irán solo necesita aceptar que no puede tener una bomba atómica, aunque Israel hoy exige más, claramente el fin de un régimen comprometido con su destrucción. En todo caso, Irán hoy lucha por su supervivencia, y no se trata solo de un país, sino de lo que representó la Revolución Islámica a partir de 1979.
Todo lo anterior se dificulta por el hecho de que la Guardia Revolucionaria es quien predomina hoy en Irán, junto a líderes de línea dura, que tienen hoy control sobre la declinante respuesta militar, dado su manejo de los misiles, hoy descentralizados. En general, son quienes están por rechazar cualquier atisbo de negociación, aplicando una política de tierra arrasada que incluye las amenazas contra los países árabes del Golfo, lo que dificulta saber quién manda hoy en Irán después de la muerte del líder supremo, lo que en la práctica se traduce en una militarización, donde los clérigos han sido reemplazados por una especie de dictadura militar, decidida además a aplastar toda movilización popular.
Desde el punto de vista bélico, la guerra marcha mucho mejor de lo que está dispuesta a reconocer la gran prensa estadounidense, todavía más centrada en el rechazo a todo lo que Trump representa que en un análisis desapasionado. En efecto, los resultados son mucho mejores que la primera guerra del Golfo, que, en 1991, a pesar de la mantención de Sadam en el poder, recibió un aplauso generalizado por el desalojo de ese ejército de Kuwait. Hoy, las estadísticas son mejores en tiempo de respuesta y duración, cantidad de víctimas, precio del crudo, recesión económica, aviones derribados, prácticamente en todo indicador.
Es en todo caso lamentable la cantidad de gente que en el propio EE. UU. preferiría que fracasara el desalojo de los ayatolás a criticarlos por el crimen cometido, contra al menos treinta y tanto mil manifestantes que solo buscaban mayores libertades. En lo que no se ha progresado en Washington es en tener un plan para el día después, igual que Israel fracasó en no tenerlo para Hamás en Gaza, lo que representó algo similar a la permanencia actual de los islamistas en el gobierno de Irán. Esa carencia también ha ayudado al protagonismo mantenido por Ormuz, dado el número objetivo de aviones, barcos y soldados que según los conocedores tendrían que participar en la reapertura del estrecho, todo, desafortunadamente con resultados inciertos, tal como lo ha hecho saber Ehud Barak, quien fuera primer ministro, no muy exitoso como político, pero como soldado, uno de los más condecorados en la historia de Israel.
@israelzipper
Máster y PhD en Ciencia Política (U. de Essex), Licenciado en Derecho (U. de Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial en Chile (2013)