Una encuesta de AARP revela que el 77% de los adultos de 50 años o más desea permanecer en sus hogares a largo plazo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Claudia tiene 58 años, dos trabajos y una agenda que administra con la precisión de un quirófano. De lunes a viernes lleva a su madre al médico, coordina con la cuidadora del turno mañana, recuerda al turno tarde que la señora toma la medicación a las seis, y cancela las reuniones de trabajo que caen sobre las visitas al cardiólogo. Su madre tiene 84 años, artritis, una cadera operada y una convicción inamovible: no se va a ningún geriátrico. “Me cansa, me preocupa, a veces me desespera”, dice Claudia. “Pero también la entiendo completamente.”

Lo que Claudia administra no tiene nombre oficial en las políticas públicas argentinas. Los especialistas lo llaman “dispositivo de cuidado informal”. Las familias lo llaman “lo que hay que hacer”. Es una red de cuidadores pagos, visitas programadas, alarmas en el teléfono, vecinas alertadas, hijos en guardia permanente. Y funciona, más o menos, mientras no falla ninguna pieza.

El deseo más legítimo del mundo

Una encuesta de AARP revela que el 77% de los adultos de 50 años o más desea permanecer en sus hogares a largo plazo. En España, el 82% de los mayores de 65 prefiere envejecer en su propia casa antes que trasladarse a otra vivienda o a una residencia. Los datos son consistentes en cada país donde se mide: entre el 77 y el 94 por ciento de las personas mayores quiere quedarse donde construyó su vida. No es capricho ni negación. Es identidad, memoria, autonomía. La casa es el cuerpo exterior.

El problema no es el deseo. Es que el deseo colisiona con una realidad que nadie diseñó para sostenerlo. El 71% de los encuestados señala que su hogar tiene problemas de accesibilidad dentro y fuera: escaleras, bañeras, pasillos angostos. Bastaría empezar por los baños. Pero incluso cuando la casa se adapta, queda el problema más difícil: la casa no da compañía. Y la compañía, en esta etapa, no es un lujo. Es medicina.

El deseo de los adultos de permanecer en casa colisiona con espacios con problemas de accesibilidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

Una de cada dos personas por encima de los 60 años está en riesgo de aislamiento social y una de cada tres afirma sentirse sola de manera frecuente. Las personas que se sienten solas tienen una probabilidad del 50% de morir prematuramente, y el impacto del aislamiento social en la mortalidad es equivalente a fumar 15 cigarrillos por día. La OMS lo declaró problema de salud pública mundial. En Argentina, el promedio familiar lo llama “está bien, está en casa”.

El costo que nadie calcula entero

En febrero de 2026, según el convenio colectivo de casas particulares, el salario mínimo de un cuidador domiciliario es de $3.494 la hora con retiro y de $3.894 sin retiro. El mensual, para quien no se retira del domicilio, supera los $490.000. A esos valores hay que sumar cargas sociales, aportes jubilatorios y antigüedad. El subsidio de PAMI para auxiliar domiciliario ascendía en 2025 a $1.590 la hora —menos de la mitad del costo real. IOMA, la obra social de los empleados del Estado bonaerense que cubre a más de dos millones de personas, abonaba a sus prestadores $1.459 la hora por cuidador domiciliario según la resolución 347/2025: también la mitad de lo que cuesta el servicio en el mercado. Las prepagas, por su parte, no tienen obligación expresa de cubrir cuidadores domiciliarios en el Programa Médico Obligatorio: quienes necesitan esa cobertura deben en muchos casos recurrir a la vía judicial, ya que la jurisprudencia sostiene que el PMO es un piso prestacional y no un techo, por lo que en la práctica la cobertura se obtiene por amparo o por presión, no por derecho automático.

Pero eso es solo el punto de partida del cálculo real, porque nadie puede cubrir 24 horas con una sola persona. Un día completo requiere al menos tres turnos en rotación, más francos, reemplazos de fin de semana y licencias. En la práctica, las familias terminan sosteniendo dos o tres personas que se turnan y un sistema de guardias informales que completan los hijos cuando alguien falta —y siempre falta alguien.

A eso se agrega un problema que las familias conocen bien y las estadísticas ignoran: la inestabilidad. Los auxiliares se van cuando encuentran trabajo mejor pago, y las familias deben volver a empezar el proceso de búsqueda, entrevistas y adaptación. Cada vez que cambia alguien, la persona mayor atraviesa un período de desorientación. Si tiene deterioro cognitivo, ese período puede durar semanas. La continuidad del vínculo vale y no tiene precio en ningún sistema. Las familias lo aprenden a fuerza de volver a empezar: nuevo nombre, nueva cara, nuevo modo de hacer las cosas. Cada cambio es una pérdida pequeña dentro de una pérdida grande.

Las familias terminan sosteniendo dos o tres personas que se turnan y un sistema de guardias informales que completan los hijos cuando alguien falta (Imagen Ilustrativa Infobae)

En 2025, los geriátricos estándar en CABA varían entre $1.300.000 y más de $5.500.000 mensuales según complejidad. El cuidado en casa puede ser más económico, pero solo si hay familia que complemente y absorba lo que ni PAMI, ni IOMA, ni la prepaga cubren. Si esa familia no existe o no alcanza, el sistema no tiene respuesta.

Cómo se envejecía antes

Hay una escena que ya no existe pero que funcionaba. En el conventillo porteño de principios del siglo XX —ese espacio insalubre, ruidoso, hacinado, que nadie elegiría romantizar— los viejos no estaban solos. En esas enormes casonas reconvertidas se mezclaba gente de todos los idiomas y nacionalidades: españoles, italianos, judíos, árabes. El patio era el espacio común, el baño era compartido, la vida cotidiana era inevitable y colectiva. Nadie se moría sin que alguien lo notara. El conventillo era miseria con testigos.

Después vino el sueño de la casa propia, el departamento individual, la familia nuclear. Los viejos se quedaron en el hogar familiar extendido o fueron al geriátrico. En Argentina, durante la primera posguerra comenzaron a multiplicarse las instituciones orientadas a los ancianos, especialmente en el asociacionismo étnico de comunidades inmigrantes que enfrentaban el riesgo de carecer de familia. Era una respuesta a otra época: la del viejo sin red, sin jubilación, sin cobertura médica. La institución como reemplazo de la comunidad que ya no existía.

Hoy el escenario es otro. Los viejos tienen cobertura médica —aunque insuficiente—, tienen hijos que los quieren, tienen voluntad de autonomía. Y tienen, sobre todo, una convicción que ninguna política pública discute: no quieren el geriátrico. Quieren su casa. Y eso es exactamente lo que genera el problema.

La soledad que el subsidio no cubre

Según el Censo 2022 del INDEC, el 24% de los mayores de 65 años vive solo en Argentina. En 2010 había 843.000 hogares conformados por una persona mayor; en 2022 esa cifra alcanzó 1,26 millones. El aumento más rápido ocurre entre quienes tienen 80 años o más. En Buenos Aires, el 39,1% de los hogares son unipersonales.

Lo que no mide ningún censo es la soledad que ocurre dentro del cuidado. Una persona mayor puede tener asistencia de mañana y tarde, médico de cabecera y especialistas, hijos que llaman todos los días, y estar profundamente sola de todas formas. La soledad no se resuelve con presencia funcional. La persona que llega a las ocho, prepara el desayuno y pone la tele no es compañía: es servicio. Es valioso, es necesario, es insuficiente.

El Buenos Aires Times relató hace unos meses la rutina de Norma, una mujer de 81 años que vive en Balvanera. Cada mañana abre la puerta del departamento solo para confirmar que el diario fue entregado. Es su manera de asegurarse de que existe un afuera, de que alguien pasó cerca. La televisión encendida todo el día para escuchar voces. La mezcla de deseo y miedo cada vez que suena el timbre. No hay subsidio que resuelva eso.

El caso de Japón es la versión extrema del problema que, con distintas velocidades, enfrentan todas las sociedades que envejecen. En 2024, un total de 76.020 personas de 65 años o más murieron solas en sus hogares en Japón —el fenómeno conocido como kodokushi, o “muerte solitaria”—. En 7,8% de los casos, los cadáveres no fueron descubiertos hasta después de un mes. En respuesta, el gobierno japonés llegó a designar un Ministro de la Soledad y desarrolló redes de apoyo comunitario donde, entre otras iniciativas, las repartidoras de yogur funcionan como monitoras informales de bienestar: si una adulta mayor no abre la puerta o muestra señales de decaimiento, tienen instrucciones de contactar a familiares o servicios de emergencia. La soledad dejó de ser un asunto privado para convertirse en un problema sanitario que requiere arquitectura institucional.

Una repartidora entrega un paquete de yogures a una pareja de adultos mayores japoneses en la puerta de su casa en un barrio residencial de Tokio (Imagen Ilustrativa Infobae)

Lo que va naciendo, todavía sin escala

Hay soluciones parciales que el mercado y la sociedad civil empezaron a ofrecer antes que el Estado. Empresas que agrupan auxiliares y garantizan reemplazos cuando uno falta. Organizaciones que entrenan acompañantes y los asignan a personas mayores que viven solas. Tecnología de asistencia —pulseras de detección de caídas, sensores de movimiento, robots conversacionales— que monitorea sin invadir y alerta a la familia ante una emergencia. Son herramientas útiles. Ninguna reemplaza la presencia humana ni la red social.

Algo más estructural aparece en los modelos de cohousing intergeneracional: edificios o barrios donde cada persona mantiene su unidad privada pero comparte espacios comunes, cocinas, actividades, vecindad elegida. En Winnipeg, Beverly, de 80 años, cofundó un grupo cooperativo de vivienda femenina después de enviudar: seis mujeres comparten una casa renovada, dividen costos y responsabilidades, y se cuidan mutuamente en los momentos de enfermedad. No es un geriátrico. No es el conventillo. Es una forma de diseñar comunidad con reglas claras y participación voluntaria. En España, la cooperativa Trabensol muestra que envejecer con amigos elegidos puede ser un acto de libertad. Argentina, por ahora, sigue sin marco legal ni política pública que lo aliente.

Lo que falta

El problema no tiene solución simple porque tampoco tiene una sola causa. Es demográfico —vivimos más—, cultural —queremos hacerlo en casa—, estructural —el sistema de cuidados sigue pensado para el siglo pasado— y económico —el cuidado cuesta más de lo que casi nadie puede pagar sin sacrificar otra cosa.

Lo que está emergiendo, lento y todavía sin nombre claro, es la comprensión de que quedarse en casa solo funciona si hay comunidad alrededor de esa casa. No necesariamente familia: la familia ya no vive junta, eso está claro desde hace décadas. Sino vecinos que se conocen, espacios comunes que se comparten, redes que se tejen con voluntad y con política pública. El subsidio cubre el cuerpo. La comunidad cubre el alma. Y sin alma, la casa propia puede ser el lugar más solitario del mundo.

En 2025, los geriátricos estándar en CABA varían entre $1.300.000 y más de $5.500.000 mensuales según complejidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

Claudia lo sabe. Coordina los turnos, paga la diferencia que no cubren PAMI ni IOMA, y cada tanto se sienta media hora con su madre a tomar mate sin agenda. “Es lo único que no se puede delegar”, dice. Tiene razón. Y tiene también la sensación de que debería haber algo más, algún sistema que no dependa solo de ella. Esa sensación no es ingratitud. Es diagnóstico.

Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La revolución de las viejas.