
Esta es una historia de incertidumbres y retazos. De mucho dolor, de una búsqueda que no terminó. De dudas y miedo. También de amor, superación y crecimiento personal. Todo en medio del caos indescriptible, en una vida atravesada por una de las mayores tragedias que sufrió el pueblo argentino: la dictadura cívico militar que comenzó con el golpe sangriento del que este año se cumplen 50 años.
María Julia Bearzi (51) es directora ejecutiva de Endeavor Argentina y es una referente para el ecosistema emprendedor, para el empresariado argentino en general. Es la cabeza de una red de hombres y mujeres de negocios que llevan adelante proyectos de alto impacto que no pocos aseguran que son la “salvación” para la Argentina. Está casada y tiene dos hijos de 15 y 18 años. También es hija de desaparecidos por la represión ilegal del Estado argentino: no sólo siete integrantes de su familia desaparecieron –incluidos su papá, Luis Bearzi, y su mamá, Graciela Quesada– sino que tuvo un hermano o hermana que nació en un campo de concentración y del que sabe poco y nada. Lo busca hace décadas y jura que nunca dejará de hacerlo. Lo espera.
En un extenso diálogo con Infobae, Bearzi habló de su familia, de sus búsquedas, de su trabajo y de un aniversario más del golpe.

“El 24 de marzo no es una fecha más en el almanaque ni un feriado para descansar. Es recordar lo que pasó, honrar la memoria de los míos que ya no están. Pero también es entender que la democracia no es algo adquirido, es una construcción permanente. Es frágil y depende de nosotros. El golpe y los años oscuros que le sucedieron son unas de las heridas más profundas que tuvo que afrontar la Argentina. Memoria no es quedarse atrapado en el dolor, sino transformarlo en sentido. Recordar no es anclarse en el pasado, es trabajar para que no se repita”, aseguró Bearzi.
Un cumpleaños
La última vez que Julia vio a su mamá fue el día que cumplió dos años, pero no se acuerda nada. Ni de ese día, ni de ella. Solo tiene un par de fotos y una historia reconstruida. Graciela ya estaba presa: secuestrada y bajo tortura. Avisó por teléfono que iba a volver a la casa de sus suegros a ver a Julia y a su hermano mayor, Mariano, de casi 5 años. La llevaron dos hombres de civil, luego condenados en los juicios de los 2000, que nunca se movieron de su lado. Julia cree que a su madre le prometieron que la iban a mandar al exterior y que por eso la llevaban a verlos, algo que solían decirles a presos ilegales y que, claro, nunca sucedía. Sus abuelos paternos, con quienes vivía, habían tenido el recaudo de que algún vecino tocara el timbre de tanto en tanto, para que hubiera testigos de lo que pasaba puertas adentro. Ese día, su abuelo, que era ginecólogo, se dio cuenta de que su mamá estaba embarazada. Nadie preguntó nada. No se podía y, además, ninguno de los mayores se animó a hacerlo.
“Hicimos una especie de cumpleaños y se fue. Me contaron eso. Estaba muy flaca y le pidió a mi tía un par de zapatos porque tenía los pies muy hinchados”, dice Bearzi en su departamento del barrio de Palermo. Mide 1,80 metros y tiene una cabellera castaña llena de rulos que acomoda todo el tiempo. Es enfática. Sonríe y gesticula.
— ¿Quién es María Julia Bearzi?
— Nací en 1975, cuatro meses antes del golpe, en una La Plata estudiantil e industrial que fue muy golpeada por la dictadura. Mi viejo se estaba por recibir de médico y mi mamá estudiaba antropología. Venían de familias de clase media urbana, los padres de ambos eran médicos y las madres amas de casa. Habían empezado su militancia en la universidad. Fueron parte de la Juventud Peronista y se hicieron Montoneros. Tenían una convicción muy fuerte de que la política era una herramienta de movilidad social y mucho compromiso con el trabajo de campo, en los barrios y las villas. Luchaban para que vuelva la democracia. Leí mucho sobre esos tiempos porque siento que es muy difícil entenderlos desde esta realidad. Esa época, con hechos concretos como el Mayo Francés y la revolución cubana, les dio la pauta de que era posible, de que podía pasar. Luego vino la violencia extrema.

— ¿Cómo empezó a plasmarse esa violencia en tu familia?
— A mi papá lo mataron en una cita cantada, el 9 de noviembre de 1976. Yo hablo de él como un desaparecido más, creo que lo es, más allá de que mi abuelo pudo recuperar su cuerpo y enterrarlo. Mi mamá enseguida pasó a la clandestinidad y se llevó con ella a su hijo mayor y mí, que acababa de cumplir un año. Mis abuelos maternos y mi tía se exiliaron en Barcelona porque sabían que estaban en listas negras aunque no tenía ninguna actividad política ni militante. Nunca más volvieron al país.
— ¿Qué sabés de ese tiempo de clandestinidad?
— Muy poco. Fueron algunos meses, de los que pude reconstruir cosas muchos años más tarde. A mi mamá la secuestraron en la vía pública, entre enero y marzo de 1977. La llevaron a La Cacha, un centro clandestino que funcionó en los alrededores de La Plata. Se llamaba así por la bruja Cachavacha, que tenía el poder de hacer desaparecer personas. Todo muy macabro.
— ¿Qué pasó con vos y tu hermano?
— No está claro, pero un día mis abuelos paternos recibieron un llamado anónimo diciendo que estábamos en determinado lugar. Arriesgaron sus vidas y fueron, nos buscaban hacía meses. Desde mediados del 77 vivimos con ellos.
— ¿Te acordás de algo?
— No, nada. Mi hermano sí, de algunas cosas. Yo llevé un poco más la bandera de la búsqueda que él, que se fue a vivir y trabajar a EEUU hace mucho, pero acompaña mi búsqueda.

— ¿Cuándo empezó esa búsqueda?
— A los 20, más o menos, cuando en La Plata comenzó a haber homenajes en las distintas universidades. Había otra vez democracia y se hablaba del tema. Mis abuelos siempre me dijeron la verdad y sabían todo, pero creyeron también durante muchos años, los primeros, que mi mamá podía volver. Nunca me contaron del embarazo porque mi papá había muerto antes y no se sabía qué había pasado. Además, no creyeron que era información para darle a dos nenes. Hice terapia durante dos décadas y aprendí a entender cada posición: cada uno hizo lo que pudo con lo que le tocó. Mi hermano y yo somos dos sobreadaptados. Hicimos todo lo que había que hacer para no darles trabajo a esas personas que habían sufrido tanto. En 1995, en un homenaje en la facultad donde estudiaba mi mamá, recorriendo una muestra, vi una foto que decía “Graciela Quesada, desaparecida en marzo del 77. Embarazada de siete meses”. Pensé que era un error, pero no. Mis abuelos me contaron y se me vino el mundo abajo. Me llené de preguntas, me re calenté. Estaba muy dolida, pero pude entenderlos. Muy rápido me di cuenta que había otro sentido, que todo no era muerte, oscuridad, tortura y espanto. Había vida.
Fueron tiempos de reconstrucción, de “despertar” y de búsqueda de su identidad. A su manera, como pudo. Se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo y se concentró en investigar su vida familiar casi periodísticamente. Fue llenando algunos huecos: encontró a una mujer que había atendido el parto de su mamá y a otros sobrevivientes del horror. Otra compañera de cautiverio reconoció la tonada mendocina de su abuela durante una conferencia en Ginebra, Suiza, y aportó más datos. Leyó cartas de su madre que no sabía que existían e intentó encontrar algo de ella ahí, en esas líneas que inspeccionaba al detalle los ojos de los torturadores.
“Justicia es poder mirar a mis hijos y decirles que la impunidad no es un destino inevitable. Que un país puede juzgar sus crímenes más graves”
“Los sentimientos de amor, respeto y admiración hacia mis padres se entremezclaban a veces con la sensación, consciente o no, que la opción revolucionaria que siguieron trazó mi destino para siempre. Es un tema incómodo, conflictivo y difícil de tratar sin apasionamientos y que forma parte de una discusión mayor sobre la responsabilidad que les cupo a la juventud militante en la violencia y la derrota”, cuenta.
Julia encontró información sobre el padre de su hermano, también desaparecido, y años después pudo reunirse con la hermana por parte de padre de esa persona que nunca nadie conoció. Durante el Gobierno de Néstor Kirchner, declaró en las causas del llamado “Circuito Camps”, por el sangriento jefe de la policía bonaerense, Ramón Camps, quien fue condenado, luego indultado y que murió en libertad, en 1994. Algunos de sus laderos, como su mano derecha Miguel Etchecolatz, volvieron a sentarse frente a la Justicia. Bearzi fue testigo de la querella de Abuelas y también de una causa privada, que impulsó la familia Bettini. Todos los señalados terminaron condenados a perpetua.

“Tenía diez minutos para hablar y no me podía poner a llorar. Fue la responsabilidad más grande de mi vida. No quería reivindicar nada, pero sí honrar la memoria de mis padres. Fui la muestra del impacto en el tiempo del daño que hicieron. Los dos milicos que llevaron a mi mamá a mi casa el día que cumplí dos años estaban ahí, al lado de Etchecolatz. Fue reparador”, relató.
— ¿Qué es la justicia?
— Es poder mirar a mis hijos y decirles que la impunidad no es un destino inevitable. Que un país puede juzgar sus crímenes más graves. No repara todo, pero marca un límite moral. Tener una sociedad sin justicia es tremendo. Haber pasado por ese juicio fue muy bueno. Hubo justicia, verdad y memoria, pero no esclarecimiento. No sé dónde están los restos de mi mamá ni dónde está mi hermano. Siempre falta algo.
Mucho más que emprender
Bearzi estudió Administración en La Plata, tiene un MBA de la Universidad de San Andrés y una especialización en Empresas en Crecimiento que cursó en la Universidad de Harvard, en EEUU. Ingresó a Endeavor hace más de dos décadas y hoy dirige la filial local de esta red de apoyo a emprendedores de alto impacto que tiene 65 oficinas alrededor del mundo y que nació en Argentina, a fines de los ‘90, con una donación de Eduardo Elsztain, el presidente de IRSA.
Son emprendedores de esa red todos los fundadores de los unicornios argentinos y de buena parte de las startups tecnológicas más conocidas y exitosas. En el board de Endeavor, sus “jefes”, están Marcos Galperin (Mercado Libre), el mencionado Elstzain, Martín Migoya (Globant), Carlos Miguens (Grupo Miguens) y Federico Braun (La Anónima, Grupo Galicia), entre otros.
“Hubo justicia, verdad y memoria, pero no esclarecimiento. No sé dónde están los restos de mi mamá ni dónde está mi hermano. Siempre falta algo”
— Desde Endeavor trabajás por el crecimiento de los emprendedores argentinos. ¿Es incómodo hablar de estos temas en algunos ámbitos laborales?
— A veces puede resultar incómodo. Pero el liderazgo no es solo hablar de resultados, inversión o crecimiento. También es sostener valores. No busqué que mi historia me definiera, pero tampoco la oculté. Es parte de mí. Soy todo esto. Aprendí que lo que te toca no te determina, incluso puede impulsarte. Y mi decisión fue por ahí, que esta historia sea motor de construcción, no de resentimiento. Desde mi rol en Endeavor trabajo todos los días por el desarrollo de la Argentina, acompañando a emprendedores que crean empleo, innovación y futuro. Y estoy convencida de algo: no hay desarrollo sostenible sin instituciones fuertes, y no hay instituciones fuertes sin respeto por los derechos humanos.
— ¿Cómo conviven en vos el liderazgo empresarial y la memoria?
— La seguridad jurídica, la confianza y la inversión que son centrales para cualquier ecosistema emprendedor nacen en sociedades que valoran la vida, la libertad, la verdad y la memoria. Para mí no son agendas separadas. La memoria no es un tema del pasado; es la base ética sobre la que se construye el futuro. Y el desarrollo económico que soñamos solo es posible en una sociedad que aprendió de sus heridas y decidió no repetirlas.
— ¿Qué te genera ver que hoy muchos discuten o relativizan lo ocurrido durante la dictadura?
— Me genera preocupación. No desde el enojo, sino desde la responsabilidad. Podemos debatir muchas cosas en democracia. Pero los hechos históricos probados judicialmente no son opinables. Hubo un plan sistemático de desaparición de personas. Hubo apropiación de bebés y terrorismo de Estado. Eso no es relato: son verdades judiciales. La memoria no es patrimonio de un sector político. Es un compromiso ético con la dignidad humana.
— Algunos sostienen que seguir hablando del pasado profundiza la grieta.
— Creo exactamente lo contrario. Lo que divide no es recordar; lo que divide es negar. Hablar del pasado con verdad y con justicia no es abrir heridas, es evitar que se infecten. Una sociedad madura no teme revisar su historia. La enfrenta, la entiende y aprende de ella. Hablar del 24 de marzo no es una discusión del pasado, es una conversación sobre el futuro. Conocer lo que pasó no es ideología, es responsabilidad cívica. No soy militante, pero tengo un respeto enorme por el trabajo de los organismos de derechos humanos. Hubo un montón de gente que, desde el dolor, decidió construir algo para toda la sociedad. No hay una escisión entre el respeto por la memoria y el respeto por los derechos humanos.

— No son pocos los que ahora hablan de revisión histórica y cuestionan la cifra de desaparecidos. ¿Qué te pasa con eso?
— Discutir cifras no puede hacernos perder de vista lo esencial: hubo un plan sistemático de represión ilegal probado en la justicia argentina, un plan para hacer desaparecer personas y hubo un plan sistemático de apropiación de bebés. Cuando el foco se pone solo en el número, se corre el riesgo de diluir la gravedad del crimen. No estamos hablando de estadísticas; estamos hablando de personas, de vidas, de familias, de identidades robadas. La revisión histórica es válida cuando busca más verdad, no cuando intenta relativizar responsabilidades ya juzgadas.
— ¿Cómo evitás que tu historia quede atrapada en el dolor?
— Eligiendo construir. Aprendí que lo que te toca no te define. Que siempre existe un margen de libertad para decidir qué hacer con eso. Yo elegí que mi historia fuera motor de vida, de familia, de trabajo y de compromiso. No niego el dolor, pero tampoco dejo que sea lo único que me nombre.
“Aprendí que lo que te toca no te determina, incluso puede impulsarte. Y mi decisión fue por ahí, que esta historia sea motor de construcción, no de resentimiento”
— Si tuvieras que resumir en una frase lo que te dejó tu historia, ¿cuál sería?
— Que incluso en contextos de enorme oscuridad, siempre existe la posibilidad de elegir construir algo mejor.
— ¿Tenés esperanzas de encontrar a tu hermano?
— No pierdo las esperanzas. Hay tantas historias que terminan más o menos bien… ¿por qué la mía no?