Los glaciares cumplen un papel crucial en la regulación del equilibrio ambiental y el sostenimiento de la vida en la Tierra. Estas enormes masas de hielo, que en Argentina se extienden a lo largo de la cordillera de los Andes, son mucho más que paisajes imponentes.
Actúan como reservorios naturales de agua dulce, alimentando ríos, lagos y humedales que permiten el desarrollo de ecosistemas complejos y la continuidad de actividades humanas fundamentales como la agricultura, la ganadería y el abastecimiento de agua potable.
Su deshielo gradual garantiza el caudal de los cursos de agua durante todo el año, especialmente en épocas de sequía, y sustenta la biodiversidad en regiones montañosas y planicies distantes.
En el Día Mundial de los Glaciares, su influencia se extiende incluso más allá de las fronteras de los ecosistemas de alta montaña. El agua que liberan estas formaciones sostiene bosques, pastizales, humedales y especies animales y vegetales únicas, muchas de ellas en peligro de extinción.

Además, su papel como reguladores del clima y como indicadores sensibles del cambio climático los convierte en piezas clave para comprender la salud ambiental del planeta. La protección de los glaciares no solo asegura la provisión de agua y la resiliencia de los ecosistemas; también preserva el patrimonio natural y cultural de las comunidades que dependen de ellos.
La función de los glaciares va mucho más allá del turismo o la belleza paisajística. Fundación Vida Silvestre Argentina, Aves Argentinas, Fundación Humedales/Wetlands International y WCS Argentina publicaron un reciente informe que define a estos sistemas como “tanques de agua” naturales, esenciales para sostener una biodiversidad altamente especializada y sensible. El documento advierte que los glaciares y el ambiente periglaciar almacenan agua en forma de hielo, nieve y suelos congelados, regulando el caudal de ríos y humedales a lo largo del año y amortiguando el impacto de las sequías.
Distribución de los glaciares en Argentina
Los glaciares de Argentina se distribuyen a lo largo de unos 3.500 kilómetros en la cordillera de los Andes, presentes en 12 provincias y 39 cuencas hídricas. Su aporte al caudal de los ríos andinos resulta decisivo, ya que suministran agua de deshielo durante los meses secos y ayudan a minimizar el impacto de las sequías en las actividades socioeconómicas.

En Argentina, cerca del 36% del territorio continental depende de cuencas alimentadas por deshielo glaciar, lo que resulta clave tanto para ecosistemas como para actividades productivas y comunidades humanas aguas abajo.
El impacto ecológico de los glaciares no se limita a las zonas cordilleranas. Los humedales altoandinos, vegas, bofedales, turberas patagónicas, bosques andino-patagónicos y ríos de montaña dependen del aporte hídrico del deshielo. Estos ambientes albergan especies endémicas y amenazadas de flora y fauna, como el huemul, la chinchilla de cola corta, el macá tobiano o el chorlito de vincha.
El informe de las organizaciones ambientales indica que “más de la mitad de las especies de vertebrados del país habitan en regiones cuya dinámica ecológica está ligada al agua proveniente de glaciares”, y una proporción aún mayor de las especies amenazadas depende de estos sistemas.
El geólogo Lucas Ruiz, experto en glaciología, geología glaciar y geocriología en el Conicet, explicó a Infobae que en términos generales, para el planeta los glaciares cumplen un rol como regulador del clima.
“Los glaciares funcionan como cajas de ahorro de agua para miles de millones de personas. A escala global son reguladores del clima del planeta y a su vez son reservas de agua, además de influir en zonas áridas como los Andes de Mendoza o de Cuyo, que permiten mitigar de forma natural los efectos de la sequía”, precisó Ruiz.
Y agregó: “Los glaciares generan agua de calidad, sobre todo al final del verano. Un ejemplo es cómo el caudal principal de los ríos de montaña, como el río Mendoza o el río San Juan, se nutren de la nieve estacional. Pero cuando esa nieve ya se acaba, que es a finales del verano, son los glaciares los que aportar agua de muy buena calidad, lo que ayuda a mitigar las sequías».

Según su mirada, la pérdida de glaciares o el derretimiento de los glaciares está afectando al clima del planeta y a la disponibilidad de agua. “También se incrementa el riesgo de aluviones, producto de que muchas veces cuando retroceden los glaciares, se forma un lago. Esos lagos son como muy inestables y pueden generar aluviones. Eso pasó hace algunos años en Bariloche, con el glaciar Ventisquero Negro en 2009. Y hay riesgos, por ejemplo de que suceda algo similar en la zona de Chaltén con el lago del Torre”, agregó.
Su colega, Juan Pablo Milana, doctor en Ciencias Geológicas e investigador del Conicet, indicó a Infobae que la importancia de los glaciares es muy trascendental para el planeta y particularmente para nuestro país. “Por ejemplo, en San Juan es fundamental como reserva hídrica, ya que genera caudal de base de nuestros ríos, evitando que caiga a cero. Y también conforma cuencas que son las más productivas del río San Juan”.
Glaciares y una mirada que pone el foco fuera del hombre
Adrián Silva Busso, doctor en Ciencias Geológicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA), explicó a Infobae que es importante observar a los glaciares con una mirada a escala planetaria.
“Los glaciares son grandes masas de hielo que tienen movilidad. Si no tienen movilidad, no son glaciares. Estas zonas extensas se encuentran normalmente en la Antártida, el Ártico y la parte norte de Canadá. Involucran el 97% del agua dulce del planeta y su presencia es fundamental para el equilibrio y el balance del clima”, precisó.
“Hoy el planeta es más frío que en tiempos geológicos anteriores, en gran medida por la existencia de masas continentales de hielo en ubicaciones polares. Todo esto está dicho desde una escala, desde el concepto de variabilidad climática. En zonas como los Andes, el Himalaya, los Alpes, o las grandes cadenas orográficas, que son zonas donde habitan los seres humanos, solo 0,18% de agua en estado sólido son glaciares del planeta”, precisó el también especialista en Hidrogeología por la Universidad Complutense de Madrid.

El experto glaciólogo describe entonces una realidad: “En los ambientes continentales donde nosotros vivimos hay glaciares que localmente pueden ser importantes, pero que vistos en una escala planetaria no lo son. La importancia o el juego que tienen los glaciares es de tipo local y la clave es tratar de determinar en cada lugar su importancia. No es lo mismo que al hacer un balance hídrico en una cuenca el 30% del agua la proporcione el glaciar, a que lo haga el 0,3 %. Por eso, no siempre un glaciar constituye una reserva estratégica de agua”.
Señaló además que mucha gente desconoce que, en numerosas ocasiones, se produce una pérdida de masa en el glaciar por sublimación, un proceso en el que el hielo pasa directamente a la fase vapor sin formar una red de drenaje frente a la masa de hielo. Este fenómeno ocurre con frecuencia en la Cordillera de los Andes y no puede detenerse. Los glaciares han retrocedido desde el Pleistoceno hasta la actualidad, aunque este retroceso no es gradual ni constante. No retroceden un poco cada día, sino que lo hacen en pulsos. Existen periodos de retroceso importantes que se alternan con otros de avance, de manera similar a un electrocardiograma, con momentos en que el glaciar avanza y otros en que retrocede.
Para Silva Busso cuando uno habla de calentamiento global intenta encontrar una dimensión antrópica a todo esto. “Yo no he leído hasta ahora ningún artículo científico que contundentemente me demuestre que este fenómeno se deba exclusivamente a la acción antrópica, es decir del hombre. Y que la variabilidad climática no juega absolutamente ningún papel en eso”.
Y completó: “Después, si el retroceso es alarmante o no es alarmante, es una cuestión subjetiva de los seres humanos. Es alarmante para quién y para qué en función de cambios generados para qué y para quién. Eso es una cuestión totalmente subjetiva para el planeta Tierra, y solo se da simplemente la evolución normal de un sistema dinámico a través del tiempo. Hace 9.000 años, vos tenías temperaturas más cálidas que las actuales. A lo mejor si uno lo observa desde el Pleistoceno hasta ahora, que son 2 millones de años, vas a terminar diciendo: ‘No, sí, hay un retroceso glaciario’, pero ese retroceso glaciario obedece fundamentalmente a causas geológicas. Y eso es lo que llamamos variabilidad climática”.

“Yo no digo con esto de que uno no tenga a lo mejor que preocuparse. Tampoco estoy diciendo de que hagamos lo que querramos, que total los glaciares no importan. No, estoy diciendo eso. O sea, yo quiero evitar las miradas o los conceptos maniqueístas, sobre todo estos ámbitos que requieren de capacidad técnico-científica para podernos entender y tomar decisiones”, concluyó el especialista en geología.
En la otra vereda, decenas de asociaciones y ONGs climáticas, afirman que el retroceso de los glaciares fue documentado como una de las señales más claras del cambio climático. Desde la Revolución Industrial, el aumento de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono y el metano impulsó el calentamiento global, acelerando el derretimiento del hielo.
Las burbujas atrapadas en el hielo glaciar permitieron a los científicos reconstruir la composición de la atmósfera en el pasado y comprobar que los niveles de CO₂ superaron en 2013 las 400 partes por millón (ppm), un récord en la historia registrada.
En marzo de 2023, el Laboratorio de Monitoreo Global de la NOAA informó un nivel de CO₂ de 421 ppm. Estos gases absorben el calor que irradia la superficie terrestre, elevando la temperatura del aire y de los océanos y acelerando la pérdida de masa glaciar.
El polvo y el hollín provenientes del pastoreo, la agricultura y la quema de combustibles fósiles y bosques también inciden en el fenómeno. Estos materiales se depositan sobre los glaciares y forman una capa oscura que absorbe más energía solar, intensificando el deshielo.

A esto se suma el movimiento natural de los glaciares, que depende del balance entre la acumulación de nieve y la pérdida de hielo por fusión, escorrentía o desprendimiento de icebergs. El balance de masa negativo, predominante en la mayoría de los glaciares del mundo, explica su reducción y retroceso en las últimas décadas.
La relación entre las fluctuaciones glaciares y la temperatura global fue el punto de partida para la actividad científica desde el siglo XIX y llevó a la creación de organismos internacionales dedicados al monitoreo de la nieve y el hielo.
El descubrimiento de restos humanos y animales conservados en glaciares retrocedidos, como el hombre de hielo de los Alpes, ilustra la rapidez y la magnitud del fenómeno en el último siglo.
Muchos glaciares podrían desaparecer en cuestión de décadas si persiste la tendencia, con consecuencias directas para el acceso al agua, la biodiversidad y el funcionamiento de los ecosistemas.
Las Naciones Unidas impulsaron el Año Internacional de la Conservación de los Glaciares para 2025, con la intención de proteger la seguridad hídrica, los ecosistemas y las culturas que dependen de estos sistemas. El lanzamiento del Día Mundial de los Glaciares cada 21 de marzo busca crear conciencia y promover acciones concretas para frenar el retroceso glaciar.