La noche en que Mario Pergolini intentó sumar a Sandro a una apertura de Caiga Quien Caiga revela, en un solo relato, la distancia entre el mundo de la televisión y el universo de los músicos consagrados en la Argentina de fines del siglo XX. La anécdota, contada recientemente en el ciclo Paren la mano, traza el recorrido desde la idea inicial hasta el encuentro fugaz entre uno de los conductores más conocidos del país y el legendario artista.
Pergolini, recordando el proceso creativo detrás de las aperturas de CQC, explicó que solía escribir los guiones completos durante el verano. “Uno de los papeles que quería era para Sandro”, reveló entre risas ante sus interlocutores. El plan era que el cantante interpretara un policía en una secuencias, una de esas introducciones extensas que marcaban el inicio de la temporada del programa.
Para lograrlo, contactó al representante y le propuso que el cantante leyera el guion. Recibió una respuesta directa: “Dice Sandro que lo vayas a ver al teatro”. En ese momento, Sandro encabezaba una racha de funciones en el Gran Rex, con récris de presentaciones consecutivas. El pedido lo ubicaba en el contexto de un artista en plena vigencia, rodeado de una mística particular y de un público fiel.

Pergolini acudió al teatro acompañado de su mujer, llevando consigo el guion, fiel a su costumbre de preparar cada detalle. Al llegar, se encontró con una audiencia compuesta mayoritariamente por mujeres mayores, “todas como mi madre y mi abuela”, según describió. El clima del teatro se impregnaba de la expectativa de quienes aguardaban el momento en que el cantante seleccionaría a una asistente para subirla al escenario.
La función de Sandro en el Gran Rex era mucho más que un concierto habitual. Había desarrollado una dinámica única con su público. En medio del espectáculo, anunciaba: “Vamos a ver a quién subo y le canto un tema”. El proceso de selección era casi un ritual: dividía la sala en sectores, utilizaba una ruleta para elegir entre “arriba y abajo”, luego entre “izquierda o derecha”, hasta que finalmente una mujer –“con pelo de peluquería, tu abuela, ni siquiera tu madre”, remarcó Pergolini– subía al escenario.
Sandro desplegaba entonces su “oficio”, como lo definió el conductor. Abrazaba con confianza a la elegida, mientras el resto de la sala presenciaba la escena cargada de emoción. Pergolini agregó detalles pintorescos, como el característico perfume que formaba parte del imaginario de esas noches en el teatro.

El cantante se entregaba por completo, sin importar la reacción de la persona elegida: “No importaba quién ganaba, el tipo dejaba todo”, relató Pergolini. Este vínculo con el público, construido a lo largo de décadas, reforzaba la imagen del Gitano como artista inalcanzable y, al mismo tiempo, cercano a sus seguidoras más fieles.
La anécdota alcanzó su punto culminante cuando, hacia las tres cuartas partes del espectáculo, Sandro sorprendió a la audiencia: “Quiero saludar a un amigo de toda la vida”, anunció. Un reflector iluminó a Mario, que se encontraba en el público, mientras sentía cómo su mujer le soltaba la mano ante la avalancha de “cuatrocientas ancianas” que se acercaban para ver de cerca al homenajeado.
Finalizado el show, llegó la invitación: “Sandro te va a recibir en el camarín”. No se trataba del habitual del Gran Rex, sino uno especial, reservado para la estrella. Al ingresar, Pergolini y su acompañante recibieron una copa de champán. El ambiente era de celebración, con flashes de cámaras encendiendo la escena. Sandro se acercó y Pergolini le presentó el guion, directo al punto.
La respuesta de Sandro fue tajante: “Tú no tienes plata para pagarme”. Acto seguido, arrojó el guion y despidió a los visitantes. Toda la gestión, la expectativa y la preparación se toparon con la contundencia de una negativa sin rodeos, marcada por la distancia que imponía la figura del cantante.
En la charla, Pergolini reflexionó sobre la inaccesibilidad de Sandro. Comparó la situación con su experiencia en el mundo de la música, donde había compartido espacios y charlas con artistas como Charly García y Luis Alberto Spinetta, pero nunca había tenido trato directo con Sandro antes de esa noche. El conductor destacó la singularidad de la ocasión, subrayando el carácter intocable del Gitano.
El desenlace dejó en claro que, a pesar de los esfuerzos, la figura de Sandro se mantenía en una esfera separada, incluso para quienes, como Pergolini, formaban parte de la elite cultural y mediática del país. La anécdota ilustra las barreras que separaban a ciertos artistas de las lógicas televisivas y, a la vez, el peso de la mística que rodeaba a Sandro en cada una de sus presentaciones y en su trato con quienes intentaban acercarse desde otros ámbitos.