El marco de los abuelos encontró nueva vida y trajo las huellas de lo que fue

No dejé que nadie se llevara el marco que habia quedado de aquel cuadro en la casa de mi abuelos que casi no podía recordar. ¿Era este, dorado y con una madera terciada detrás, el que alguna vez había tenido una pintura de algo así como unos pajes de una corte de, no sé, el siglo XVIII? ¿El que nos habíamos llevado y convertido en un espejo que le dio un toque de formalidad al comedor hasta que se rompió y ahí quedó?

Sí, creo que sí. No dejé que nadie lo tirara, pero primero casi lo tiro yo. Traté. En plena mudanza, la mudanza en que dejábamos una casa donde habíamos vivido 30 años, dije “esto ya fue” y lo llevé al container. No lo tiré adentro: lo puse suavemente a un costado. Por si alguien apreciaba el trabajo del marco e, incluso, la madera de atrás con su formita.

Lo dejé, entré, caminé todo el largo pasillo, agarré otra caja. Y mmm… no. Salí, fui al container, me alivié porque nadie había descubierto esa joya todavía, lo tomé y me fui para adentro, de lo más satisfecha. Ahí estaba mi vida, la casa de mis abuelos, aquel cumpleaños del que todavía tengo fotos, en el que bailábmos “lento” con los brazos estirados con varones que eran más petisos que nosotras. ¿Te acordás?

La casa vieja en medio de la mudanza

No sé si le pasa a todos, pero yo extraño. A medida que corren -vuelan- los años, a medida que la gente que formó el paisaje de nuestra vida va desapareciendo, cuando la abuela que no se iba a morir nunca -tenía 97- un día se fue, cuando tantos amigos se enfermaron y se murieron, cuando todo el mundo alrededor es joven, extraño. ME extraño, me siento extraña. Crecí en la convicción de que todo se podía solucionar: la muerte no estaba en el menú y no sé bien con qué se traga. La muerte, que sea tan definitiva, me da como una desesperación seca. Uno sabe que es así pero algo en el pecho oprime. Se rebela.

Sin embargo, creo que le encontré la vuelta. Bah, creo que la vida me trajo una vuelta sin que yo hubiera hecho nada en especial: mérito de ella.

Nietos abajo, padres arriba

Y para contar qué pasó me remito a algo que me dijo una amiga hace unos años. Hablábamos de una mujer muy querida, que parecía no poder desprenderse de su mamá. En los últimos años, la mamá había vivido con ella y su marido, en el cuarto de al lado. Cuando la mamá murió, la hija no logró desarmar el cuarto. Se habían ido a vivir muy lejos, y los hijos de la hija estaban cada uno en otro país: nietos de temporada, con muchísima suerte dos veces por año, mucha videollamda y regalitos por Internet.

Yo señalaba eso: “No puede soltar a la madre”. Le ofrecí mil maneras de regalar la cama, las mesitas de luz “de estilo”, el dressoir. Pero nada, ella siempre tenía una excusa para no moverlos de ahí.

Mi amiga, entonces, entendió algo: “Es que en otra situación ese cuarto hubiera sido reemplazado por uno para los nenes, con juguetes, otros muebles, pero con nietos lejos…”

Sin nietos “abajo” ella seguía pegada a su mamá, “arriba”. Pegada a lo que fue, pegada al pasado. No está bien ni mal, pero no ayuda a que se pase la nostalgia.

El buzo rojo de mi papá ahora lo usa mi nieto (le queda bárbaro)

Esto que cuento estaba como background, como algo escuchado y olvidado. Pasaron los años: siete, ocho. Murió mi papá, de repente, sin aviso. Sin entender que tenía algo que ver con lo que había dicho mi amiga, me llevé sus remeras para mi nieto, que es grande como era mi papá. Y me llevé para él un buzo rojo que decía “Estambul” que mi papá se había comprado, como una ironía, çuando, a fin de pandemia, se quedó varado en Turquía y la pasó muy mal: estaba solo, tenía 78 años, hablaba un inglés precario y no sabía cuándo ni para dónde iba a poder arrancar. El día que vi aparecer a mi nieto, hermoso y alegre, con ese buzo, algo se acomodó. Pero no lo supe hasta ahora.

La mudanza

Entonces vino la mudanza, ese juez cruel que te pone a decidir qué sigue con vos y qué se queda. Me traje el marco a la casa nueva, ya lo dije.

¿Dónde lo iba a meter? Di unas vueltas por el patio.. colgué el marco solo detrás de una planta, dándole a la planta, en ese acto, el carácter de obra de arte… ¿o no?

Eso ya mejoró las cosas. El marco de mis abuelos era completamente otra cosa y, a la vez, seguía ahí: uno tiene historia, no cae de un árbol, y esas pequeñas marcas de alguna manera lo sostienen.

Otra vida para el viejo marco

Pero lo mejor vino después. A mi nieta de 7 le gusta pintar. Así que un día le mostré la madera terciada y le pregunté si le parecía un buen soporte para sus cuadros. Desplegó sus acrílicos, sus colores. Lo vio de otra manera y lo colocó al revés: yo hubiera dicho que estaba patas para arriba pero me callé la boca, la que pintaba, la que miraba, era ella. Que nunca había visto a los pajes.

Mi nieta hizo de la madera una mariposa de colores. Le llevó un rato, no terminó, dijo “sigo después” y por ahora no siguió, pero ya le da alegría a mi escritorio. Lo veo y veo sus manos, su gesto a la vez concentrado y feliz cuando agarra el pincel y va sobre el tarrito de pintura. Y, a la vez, esa casa, ese living, los gorditos que nos abrazaban de lejos en los lentos, gotitas de una vida que se fue haciendo hasta llegar hasta acá… y sigue.

La mariposa que pintó mi nieta sobre la madera que sostuvo el cuadro de mis abuelos.

Ese es mi remedio contra la nostalgia: el futuro. El amor, claro, y ese futuro que no empuja a lo que fue, a lo que fui, a los que amé, ni queda aplastado bajo su peso, sino que se toma de todo eso para cambiar, para seguir, para hacerse.

Porque no nos hacemos desde la nada. Puede ser que, como decía el Flaco Spinetta, mañana es mejor, pero mañana está hecho de mucho ayer y mucho hoy. Y así sigo extrañando, pero es más dulce.