
El escenario de la primera fundación de Buenos Aires. Un mercado dedicado al tráfico de esclavos. La cuadra en la que flameaba una bandera británica para celebrar la derrota y el exilio de Juan Manuel de Rosas. Un jardín lujoso pero sobre todo exótico. Todo eso cabe sobre las espaldas del Parque Lezama, uno de los pulmones verdes más grandes y bellos de la Ciudad y el que por estos días asoma en pantallas de todo el mundo.
Es que el parque es el escenario conmovedor e ininterrumpido de la película homónima que Juan José Campanella acaba de estrenar en Netflix. Está basada en la obra teatral que, con ese mismo nombre, ya había dirigido con éxito y con los mismos protagonistas: Luis Brandoni y Eduardo Blanco.
Ni el de la obra ni el de la película son guiones originales: se trata de una adaptación que Campanella hizo de la comedia I’m not Rappaport, de Herb Gardner. Pero para la versión argentina, el Parque Lezama no sólo se convirtió en el escenario de la acción, sino también en el nombre de la producción. Así de importante es ese rincón porteño para el imaginario colectivo. Alcanza con nombrarlo para situarse en esos casi 46.000 metros cuadrados de verde que le hacen de frontera a San Telmo, La Boca y Barracas.
¿El nacimiento de Buenos Aires?
Durante varias décadas, se consideró al Parque Lezama como el punto exacto en el que Pedro de Mendoza había fundado el primer asentamiento de la que sería la primera versión de Buenos Aires, hacia 1536. “Puntas de Buenos Aires” se llamaba por ese entonces a esa zona, que era bañada por la orilla del Río de la Plata.

La teoría de que allí se había fundado Buenos Aires por primera vez fue aceptada por la Academia Nacional de la Historia en 1936, cuando se cumplían nada menos que cuatrocientos años desde esa primera fundación. Eso impulsó la construcción de un gran monumento a Pedro de Mendoza que se inauguró en el parque apenas un año después, en 1937.
Pero los avances científicos y tecnológicos de la arqueología pusieron en duda esa hipótesis hacia fines del siglo pasado. Entre 1988 y 1990, un equipo de arqueólogos encabezado por Daniel Schávelzon realizó una excavación sistemática y exhaustiva en la zona alta del parque y no encontró ni un solo fragmento metálico o cerámico de la primera parte del siglo XVI.
Las hipótesis más actuales apuntan a que el primer asentamiento de la ciudad pudo ubicarse en la parte menos elevada de la barranca, bien cerca de la orilla del Riachuelo, o en la zona de lo que hoy conocemos como Parque Patricios.
Esclavos y comerciantes
La segunda fundación de Buenos Aires fue en 1580 y estuvo encabezada por Juan de Garay. Él fue quien, en persona, entregó el terreno de lo que hoy es el Parque Lezama a Alonso de Vera, un capitán de tropas españolas involucrado en la Conquista que llegó a la zona desde el Alto Perú. En ese entonces, ese territorio quedaba fuera del casco urbano del flamante asentamiento y funcionaba como una enorme quinta.

En el siglo XVIII esos terrenos cobraron mayor centralidad porque se instaló allí una sede de la “Compañía de Filipinas”. En concreto, en ese espacio se traficaban esclavos: eran los años de la Colonia y esa mercantilización de personas que eran explotadas para trabajar se extendió durante décadas.
Pero ya durante el siglo XIX el destino de lo que hoy es el Parque Lezama cambió. Volvió a ser una residencia, como en los tiempos de Alonso de Vera, pero en vez de españoles se instalaron allí dos familias británicas encabezadas por Daniel Mackinlay y Charles Ridgley Horne, ambos comerciantes. Mackinlay fue el primero de los ocupantes de esa parte de la ciudad que dedicó especial atención y entusiasmo a la forestación de esas hectáreas.
En 1852, cuando Juan Manuel de Rosas fue derrotado en la Batalla de Caseros, esas familias hicieron ondear la bandera del Reino Unido sobre sus casonas de la calle Defensa para celebrar el exilio de quien había gobernado la Provincia de Buenos Aires por casi veinte años. Rosas se exiliaba, justamente, a territorio británico.
Un jardín exótico
Apenas cinco años después de la caída de Rosas en Caseros, el terrateniente salteño José Gregorio de Lezama, que poseía grandes extensiones de tierras en distintas zonas del país, compró esas hectáreas al sur del casco urbano. Lezama era aficionado a la botánica y decidió que convertiría ese predio en uno de los jardines más lujosos de la Argentina. Contrató a Charles Vereecke, un paisajista belga que importó y plantó especies exóticas de árboles de todo el mundo.

Lezama disfrutó de su jardín durante varias décadas hasta que murió en 1889. Hacia 1894, su viuda, Ángela Álzaga, vendió esas hectáreas a la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires por una suma simbólica. Había una sola condición: ese jardín debía convertirse en un jardín público y debía llevar el apellido de su marido.
La mano de Carlos Thays
En 1896, el talentoso paisajista francés Carlos Thays puso manos a la obra en ese parque que la Ciudad acababa de sumar a su patrimonio. Se había ocupado de muchos otros espacios verdes de una Buenos Aires que, por suerte, todavía disfruta de sus diseños paisajísticos y sus decisiones botánicas.
La Municipalidad demolió casas linderas al terreno donado y utilizó los escombros de esas demoliciones para elevar el nivel del suelo sobre la calle Brasil. A eso se sumó la barranca natural que esa parte de la ciudad ya tenía desde el principio. Esa barranca, de las elevaciones más pronunciadas del territorio porteño, es tal vez la característica más distintiva del Parque Lezama.
Thays decidió que usaría las variaciones de relieve para que el parque tuviera miradores, escalinatas y terrazas. En ese entonces el Río de la Plata todavía llegaba a lo que hoy es la Avenida Paseo Colón, así que esos miradores y terrazas estaban especialmente pensados para contemplar ese paisaje. Aunque el río se alejó, los rincones elevados del Lezama siguen regalando postales imperdibles, empezando por aprovechar uno de los rincones de Buenos Aires en los que se puede mirar verde y nada más que verde.
El arbolado del parque, que supera los trescientos ejemplares, combina tipas, jacarandás, palos borrachos, lapachos rosados, plátanos, talas, ceibos, casuarinas, palmeras, olmos, magnolias, cedros y olivos, entre muchas otras especies. A esa intención de jardín exótico que tuvo Lezama se le sumó luego la mirada urbanista de Thays, y el resultado es un parque que es un muestrario maravilloso de la vegetación nativa e importada que habita Buenos Aires.

Además de atraer por su vegetación, el parque es un paseo escultórico a cielo abierto. No sólo está el Monumento a Pedro de Mendoza, que llevó a cabo el artista Juan Carlos Oliva Navarro, sino que también se suma una placa de mármol con la figura de un indígena y un bajorrelieve que ilustra la llegada de la nave Magdalena, en la que De Mendoza arribó a estas costas.
Cuando se cumplían los cuatrocientos años de la primera fundación de Buenos Aires, en 1936, se instaló el Monumento a la Cordialidad Internacional, donado por la ciudad de Montevideo. Es una columna de unos 15 metros de altura hecha de bronce rescatado de una vieja embarcación. La columna muestra la posición de las constelaciones el día de esa primera fundación.
Además, en el parque hay una escultura de la Loba Romana amamantando a Rómulo y Remo: es un regalo que la capital italiana le hizo al país al cumplirse el primer centenario de la Revolución de Mayo, y evoca la mítica fundación de Roma. Y no falta una estatua que representa a Ceres, la diosa de la fertilidad según la mitología romana. Esa estatua sirve de punto de encuentro para Martín y Alejandra, protagonistas de la novela Sobre héroes y tumbas.
El Lezama es parte de la trama de esa obra literaria publicada por Ernesto Sabato en 1961 y, más de medio siglo después, es el escenario perfecto para que se encuentren los personajes interpretados por Brandoni y Blanco en la película de Campanella.
Fue la bajada ideal para los chicos que, cuando eso era una costumbre porteña, se tiraban desde la cima de la barranca en sus carritos con rulemanes y sigue siendo una aventura única en bicicleta.
El parque ya no aloja el sable curvo de San Martín, custodiado hasta hace algo más de un mes por el Museo Histórico Nacional, cuyo edificio está en el predio. Pero sigue alojando la feria de artesanos de cada fin de semana y una calesita desde los años sesenta. Es vecino de dos bares históricos de la Ciudad: el Bar Británico y El Hipopótamo. Desde sus mesas se ve perfecto ese pedacito porteño que alguna vez fue considerado la génesis de la gran metrópoli que creció a su alrededor y que hoy es uno de sus mejores remansos.