Thomas Greifenberger se graduó en la Universidad de Delaware la primavera pasada. Aunque cursó una doble licenciatura en finanzas y mercadotecnia y una especialización en economía, solo tardó tres años en obtener el título. Esperaba que sus buenas calificaciones y su empuje demostrado le ayudaran a conseguir un puesto en el sector de los servicios financieros. Pero cuando Greifenberger empezó a buscar trabajo, enseguida se dio cuenta de que estaba enviando currículos a un vacío. Consiguió algunos bocados: varias empresas lo invitaron a hacer entrevistas asíncronas por video.
Sin embargo, nada más surgió de esas oportunidades y, después de un tiempo, llegó a la conclusión de que estaba en una búsqueda inútil. “Fue muy desalentador”, dijo.
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Volvió a casa, a Long Island, donde ahora trabaja en el negocio de su familia dedicado al servicio de árboles. A Greifenberger le gusta el trabajo —a menudo es él quien está arriba en la cesta, podando las ramas— y los resultados tangibles que este produce. Pero admite que no es el futuro que había imaginado para sí mismo. “Sigo entrando en LinkedIn de vez en cuando, pero creo que ese barco ha zarpado para mí”, dijo.
Hace solo unos años, Greifenberger podría haber conseguido un puesto de nivel inicial en un banco o en una empresa de gestión de activos. Pero el mercado laboral de cuello blanco se ha enfriado de manera brusca. Aunque la tasa de desempleo sigue siendo relativamente baja, del 4,3 por ciento, de repente es mucho más difícil encontrar trabajo de oficina, tanto para los recién graduados como para los profesionales con experiencia.
Muchas empresas se lanzaron a una ola de contrataciones después de la pandemia, y la ralentización quizá no sea más que el ajuste inevitable. Pero esto se está produciendo en el contexto de la revolución de la inteligencia artificial generativa y del temor a que un gran número de trabajadores del conocimiento sean desalojados pronto de sus cubículos y sustituidos por máquinas, temor amplificado por un ejército de Casandras en línea. En una secuencia de acontecimientos que recuerda a la adaptación radiofónica de 1938 de La guerra de los mundos de Orson Welles, famosa por convencer a los aterrorizados oyentes de que los extraterrestres habían invadido realmente el planeta, una reciente publicación de Substack que imaginaba el infierno económico que podría resultar de un baño de sangre inducido por la IA en los trabajadores de cuello blanco contribuyó a que el Promedio Industrial Dow Jones se desplomara 800 puntos. Tiempos angustiosos.
Sin duda es posible que estemos en otro momento de histeria colectiva, incluso de alucinación colectiva, y que la IA no provoque un desempleo generalizado permanente, ya sea porque sus capacidades resulten ser más limitadas de lo que los observadores pensaron en un principio, o bien porque nuestra especie, altamente adaptable, responda al cambio tecnológico como siempre lo ha hecho, encontrando nuevas fuentes de empleo remunerado. Sin embargo, es notable que las personas que venden la inteligencia artificial se encuentren entre las que lanzan las advertencias más ominosas sobre sus posibles consecuencias. Algunos de ellos son propensos a hacer afirmaciones grandilocuentes, pero es difícil ver cómo asustar al público sirve a sus intereses. Sería prudente tomar sus predicciones al pie de la letra y asumir que la IA va a devorar muchos empleos de oficinistas.
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Aunque es de esperar que surjan otros nuevos, la transición no será indolora, y si las grietas que estamos viendo en el mercado laboral se convierten en socavones, el efecto no solo en nuestra economía sino también en nuestra política podría ser profundo. Si millones de votantes con estudios universitarios ven sus vidas trastornadas por la inteligencia artificial, sin duda darán a conocer su furia. Esa perspectiva debería causar alarma en Washington y estimular los esfuerzos para intentar suavizar el golpe que la IA podría pronto asestarles a los estadounidenses, considerando seriamente, por ejemplo, algo como la renta básica universal. Pero es año electoral, el Congreso apenas funciona, y en esta cuestión, como en tantas otras, es muy probable que prevalezca la inercia.
Entonces, ¿esas grietas son los primeros signos de un apocalipsis laboral causado por la IA? Es demasiado pronto para decirlo, pero el panorama del empleo se ha ensombrecido. La economía solo añadió 181.000 puestos de trabajo en 2025, una cifra escandalosamente baja en un año en el que el producto interno bruto creció un modesto pero respetable 2,2%. Según Lawrence Katz, catedrático de economía de la Universidad de Harvard, lo que estamos viviendo ahora —un periodo sostenido de “lento crecimiento del empleo y aumento gradual del desempleo sin una verdadera recesión”— prácticamente no tiene precedentes.
Otra anomalía: los trabajadores de oficina se han visto afectados de forma desproporcionada. Los obreros y los trabajadores de los servicios suelen ser los más afectados cuando el mercado laboral cambia, mientras que las profesiones de cuello blanco gozan de cierto aislamiento porque se concentran en “sectores más seguros y menos sensibles al ciclo”, dice Katz. Ahora, sin embargo, los trabajadores del conocimiento son los que están pasando apuros.
Sin duda, no es la primera vez que se pone en duda el futuro del empleo de cuello blanco. En la década de 2000, algunos economistas predijeron que la globalización acabaría con el trabajo de oficina, al igual que había hecho con la industria manufacturera. Pero aunque muchos puestos de trabajo se enviaron al extranjero, otros simplemente se trasladaron a zonas menos caras del país, y el colapso previsto de este tipo de empleo nunca se materializó. Es muy posible que la desaceleración actual no sea más que una corrección necesaria tras un periodo de sobrecontratación.
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Pero en otra publicación reciente de Substack, el economista Gad Levanon, del Instituto Burning Glass, ofreció una hipótesis alternativa. Señaló que la contratación se ha paralizado de manera práctica en los sectores de las finanzas, los seguros, la contabilidad, la consultoría y la tecnología, pilares de la economía del “conocimiento”. Levanon señaló que, por lo general, las empresas de estos sectores han obtenido buenos resultados en los últimos años mientras reducían sus plantillas o las mantenían casi sin cambios, lo que le sugería que han encontrado nuevas formas de aumentar la productividad sin añadir trabajadores. No está claro si la IA contribuye a esta tendencia, pero todos los sectores que citó incluyen funciones que parecen especialmente maduras para la automatización.

Este es, por supuesto, el fantasma que acecha a millones de estadounidenses que ocupan puestos de cuello blanco. En un pasado no tan lejano —es decir, antes del debut de ChatGPT en noviembre de 2022—, las personas con trabajos de oficina temían ser despedidas; ahora, también deben preocuparse por si los puestos que ocupan existirán dentro de un año y si las habilidades que han desarrollado a lo largo de una carrera están a punto de quedarse obsoletas. El año pasado, Microsoft publicó un estudio en el que identificaba 40 empleos que, según decía, podrían ser los más vulnerables a la IA. La lista incluía desde historiadores a especialistas en relaciones públicas, y pasaba por científicos de datos y —glup— escritores. Más recientemente, el director ejecutivo de IA de Microsoft, Mustafa Suleyman, declaró que la mayoría de las tareas profesionales estarán totalmente automatizadas en los próximos 12 a 18 meses.
Parece casi seguro que la IA transformará el trabajo del conocimiento; la cuestión es hasta qué punto. El resultado óptimo, dice Katz, de Harvard, es que la IA se convierta en una especie de “copiloto” que ayude a las personas a mejorar sus capacidades y eficacia, y que nuevos tipos de empleos sustituyan a los que se pierdan. La noticia de que IBM tiene previsto triplicar el número de empleados principiantes que contrata este año ha provocado un montón de charlas de alivio entre los gruñones de oficina que sudan con el despliegue de la IA.
El escenario catastrófico es que las empresas adopten a los agentes de IA como sustitutos de los humanos quejumbrosos. La empresa de tecnología financiera Block anunció el mes pasado que iba a despedir al 40 por ciento de su plantilla, unas 4000 personas, debido a los avances que afirma estar experimentando con la IA. En una publicación en las redes sociales, Jack Dorsey, su director ejecutivo, dijo que “las herramientas de inteligencia que estamos creando y utilizando, junto con equipos más pequeños y más planos, están permitiendo una nueva forma de trabajar que cambia fundamentalmente lo que significa construir y dirigir una empresa”.

Algunos antiguos empleados han cuestionado su explicación: sostienen que una mala gestión dejó a Block con una nómina abultada y que la IA no es más que una excusa conveniente para los despidos. Sea cual sea la verdad, los inversores han reaccionado con alegría a la noticia: las acciones de Block han subido más de un 20 por ciento, lo que quizá sea indicativo de la postura de Wall Street ante la cuestión del aumento de puestos de trabajo frente a su eliminación.
Algunas de las personas despedidas pueden encontrar un trabajo similar. Otras, sin embargo, podrían quedarse en el desempleo durante un tiempo —es un mercado difícil— y, al quedarse sin opciones y sin ahorros, quizá tengan que seguir el ejemplo de Greifenberger y plantearse funciones que no sean de oficina. Eso no es necesariamente malo. Sin duda, cuando oyes a los oligarcas de la tecnología que no han atornillado una bombilla ni arreglado un inodoro en años ensalzar las virtudes de ser electricista o fontanero, es difícil reprimir una carcajada, y también es complicado no verlo como una cínica estratagema para persuadir a los estadounidenses de que reduzcan sus expectativas a medida que la IA ocupa sus puestos de trabajo y una mayor parte de la riqueza de la nación se canaliza hacia arriba.
Pero parece que un número cada vez mayor de trabajadores de oficina están considerando los oficios cualificados como un posible repliegue, y si el auge de la IA provoca una modesta fuga de cerebros de esas profesiones a campos como la construcción y la carpintería, también podría hacernos reevaluar el prestigio que asignamos a ciertos tipos de trabajo pero no a otros. Definitivamente acelerará el desarrollo de los llamados empleos de cuello nuevo, que difuminan la distinción entre blanco y azul.
Pude vislumbrar esta tendencia durante una visita reciente a una empresa llamada Hadrian, una empresa emergente manufacturera que se apoya en gran medida en la automatización y la IA para producir piezas para aviones, cohetes y satélites. Un empleado de la fábrica había trabajado para una agencia inmobiliaria comercial. Cambió un trabajo de cuello blanco por uno nominalmente de cuello azul, pero en un entorno de alta tecnología, y como todos los empleados de la empresa, se le compensa en parte con acciones, una participación que podría ser lucrativa si Hadrian sale a bolsa.
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Aun así, solo se trata de una persona que ha hecho el cambio, y no hay muchos Hadrian. Si la IA resulta ser una asesina de empleos y varios millones de personas son eliminadas de la fuerza de trabajo de cuello blanco, es lógico que un porcentaje significativo de ellas tenga problemas para mantenerse económicamente. Durante décadas, los empleos de cuello blanco han sido el principal motor de la movilidad social en Estados Unidos. Incluso ahora, los trabajadores con estudios universitarios tienen una enorme prima salarial —más del 70 por ciento, según la mayoría de los cálculos— sobre los que solo tienen el título de bachillerato.
Muchos estadounidenses ya ven con malos ojos la inteligencia artificial y se sienten como si les estuvieran llevando a un futuro que ni pidieron ni querían. Si la IA priva a algunos de ellos de sus medios de vida, los saca de la clase media y frustra las aspiraciones de sus hijos, la desconfianza dará paso de manera acelerada a la rabia.
En una entrevista reciente, Martin Wolf, comentarista económico jefe de The Financial Times, sugirió que si muchas “actividades de pensamiento cualificadas y formadas” son desplazadas por las máquinas, podría provocarse una furiosa reacción. “Podríamos tener una crisis social y política que hiciera que la desindustrialización pareciera trivial”, dijo. “La desindustrialización, aunque es una de las mayores fuerzas que dan forma a nuestro mundo, sacudió a la clase trabajadora, en particular a la clase trabajadora masculina, de arriba abajo. Sacudir las perspectivas de la clase media educada es socialmente mucho más peligroso y explosivo porque les afecta a ellos y a sus padres, que son quienes dirigen nuestras sociedades en casi todos los sentidos posibles”.
Wolf no es propenso a la hipérbole, y cuando alguien tan fiablemente sensato como él habla así, es un buen indicio de que el riesgo es real. Dada la agitación a la que pronto podríamos enfrentarnos, estaría bien que tuviéramos un presidente capaz de dirigir una conversación nacional reflexiva sobre adónde nos lleva la IA. Basta con decir que Donald Trump no es ese tipo de presidente.
Algunos en el Capitolio están tratando la amenaza laboral con seriedad. El otoño pasado, los senadores Mark Warner y Josh Hawley presentaron una ley que obligaría a las empresas a facilitar información al Departamento de Trabajo sobre el número de puestos de trabajo que han suprimido o creado debido a la IA y sobre cómo están ayudando a los empleados a desenvolverse con la nueva tecnología. Pero el proyecto de ley no haría nada para mejorar las circunstancias de quien pierda su empleo a causa de la IA. En ese frente, parece que solo vamos a esperar lo mejor, sin planificar realmente lo peor y confiando en que la destrucción creativa nos ayude de alguna manera a superarlo todo.