¿Es cierto que para el islam tradicional no existe una separación entre la autoridad civil y la religiosa?
Los estados modernos, organizados según el modelo occidental del estado-nación, suelen basarse en el principio de laicidad, uno de los pilares de la Revolución Francesa. Este valor implica que los asuntos religiosos pertenecen al ámbito privado del individuo, y no deben intervenir en la legislación ni en el funcionamiento de las instituciones del Estado. En Mateo 22:21, Marcos 12:17 y Lucas 20:25 leemos: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
La laicidad es posible en sociedades que han atravesado un proceso de secularización. En cambio, donde ese proceso no ha ocurrido, la aplicación forzada de ese modelo puede generar un fuerte rechazo. Esta tensión también se manifiesta en ciertos sectores del judaísmo ortodoxo en Israel, y es aún más marcada en el islam tradicional, que no distingue entre religión y política. En este marco, se considera que “religión y Estado son gemelos”.
Para el islam clásico, la sharía islámica es el sistema legal supremo, superior a cualquier normativa creada por seres humanos. En esta visión, una ley estatal es apenas el producto circunstancial de mayorías parlamentarias transitorias, sujetas a cambios de composición y opinión. En cambio, la sharía, al derivar de una fuente divina, es inmutable y está por encima de cualquier otra legislación.
Otra diferencia fundamental es la separación de poderes, base del sistema democrático occidental. En el islam clásico, tal división no existe: el profeta Mahoma y los califas que lo sucedieron eran simultáneamente legisladores, jueces y ejecutores. De este modo, el ideal político islámico no concibe un poder civil autónomo, sino un gobierno subordinado al islam, en el cual toda autoridad debe estar alineada con las prescripciones de la sharía.
Esta concepción pone en tensión la compatibilidad entre la democracia liberal occidentales y el pensamiento político islámico tradicional.
¿Qué significa la Taqiyya, tan desarrollada en el chiismo?
Taqiyya es un término árabe que significa “precaución” o “disimulo”. Se refiere a la doctrina que permite a un creyente ocultar su fe o incumplir ciertos preceptos religiosos en contextos de amenaza, persecución o peligro extremo.
La Taqiyya permite, por ejemplo, que un chiíta en peligro de muerte niegue externamente su fe mientras la conserva interiormente, recuperando su práctica cuando cesa la amenaza. Teológicamente, se considera un acto de sabiduría que protege la fe sin sacrificar la integridad espiritual. No se trata de una licencia general para mentir, sino de una estrategia de supervivencia autorizada en situaciones extremas.
Algunos ejemplos tradicionales ilustran la aplicación de esta norma, como la conocida costumbre entre ciertos chiítas de no pronunciar expresiones de respeto hacia figuras sunitas que consideran usurpadores del califato, pero que, por temor a represalias, se ven obligados a exteriorizar respeto o, simplemente, guardar silencio.
El concepto también ha sido adoptado por otros grupos religiosos minoritarios de origen islámico, como los drusos y los bahaíes.
Existen varias referencias coránicas que fundamentan esta práctica. Por ejemplo: “Quien, después de haber creído, reniegue de su fe… salvo quien haya sido forzado, pero cuyo corazón permanezca firme en la fe…” (Corán 16:106), o “Dios no os tomará en cuenta vuestras palabras sin intención, sino lo que dicte vuestro corazón” (Corán 2:225).
En algunas interpretaciones más radicalizadas y polémicas —fuera del pensamiento chiíta ortodoxo— se ha tergiversado la Taqiyya como permiso para mentir por conveniencia religiosa o política. Sin embargo, estas lecturas no representan la visión mayoritaria del islam ni del chiismo formal.
La mentira puede considerarse aceptable solo en circunstancias muy limitadas, se puede mentir para proteger la vida, para lograr la reconciliación entre personas, en el contexto del matrimonio, para preservar la armonía (según algunas escuelas) y durante conflictos bélicos, como recurso estratégico.
¿De qué forma penetra el islam chiita en América Latina?
La penetración iraní en América Latina se manifiesta principalmente mediante seis mecanismos. En primer lugar, para expandir su revolución y captar nuevos seguidores, Irán sostiene una red de propaganda y asistencia religiosa conocida (Dawa). Junto a Hezbollah, Irán ha operado en la región desde la década de 1980, tomando control de mezquitas, escuelas e instituciones culturales. Mientras que en 2012 existían 32 centros culturales iraníes en Latinoamérica, hoy superan el centenar.
Segundo, Irán emplea medios de comunicación como Hispan TV, canal que transmite en español para toda América Latina y que divulga una agenda ideológica cercana al islam político, frecuentemente con contenido antisemita.
Tercero, Irán ha entendido que no necesita convencer a grandes sectores de opinión pública para penetrar en los países latinoamericanos; es más efectivo establecer relaciones con políticos influyentes que promuevan directamente sus intereses. Sus aliados políticos “naturales” suelen encontrarse en la extrema izquierda. Un caso emblemático es el del partido Podemos en España, liderado en su momento por Pablo Iglesias. Según Javier Negre del periódico El Mundo, el empresario iraní Mahmoud Alizadeh financió con aproximadamente dos millones de euros a Podemos a través de la producción del programa televisivo Fort Apache, conducido por Iglesias en Hispan TV. Entre 2013-2015, Alizadeh habría pagado 93.000 euros netos a Iglesias por dirigir dicho programa. En Argentina, el juez federal Daniel Rafecas señaló pagos de Irán al activista Luis D’Elía.
En cuarto lugar, la alianza Irán-Hezbollah se ha asociado con movimientos nacionalistas y étnicos radicalizados, como el etnocacerismo en Perú o sectores mapuches radicales en la Araucanía chilena. Quinto, Irán también apoya a académicos y proyectos universitarios en la región, difundiendo su visión ideológica. Finalmente, existe evidencia de que Irán y Hezbollah están involucrados en actividades relacionadas con el narcotráfico y el lavado de dinero en distintos puntos de América Latina.
¿Por qué al progresismo de izquierda le cuesta tanto comprender el radicalismo islámico?
El radicalismo islámico se basa en una interpretación particular, y a menudo extrema, del islam. Comprender esta ideología requiere un conocimiento profundo de la religión, la cultura y la historia islámicas. Sin embargo, ciertos sectores del progresismo de izquierda suelen considerar que las teologías son irrelevantes a la hora de explicar conflictos o formular políticas. Al analizar el fenómeno desde su propio marco conceptual, sin atender a los códigos culturales autóctonos, terminan traduciendo la realidad a categorías que les resultan más cómodas, aunque imprecisas.
Un segundo factor es la centralidad del materialismo histórico en muchas corrientes de izquierda. Desde esta visión, los conflictos sociales, políticos y económicos se entienden como producto de tensiones estructurales derivadas de las relaciones de clase y la distribución desigual de recursos. Así, se tiende a explicar el surgimiento del radicalismo islámico como reacción al imperialismo occidental, sin atender al contenido doctrinal previo que da forma a sus fundamentos ideológicos y espirituales. Bajo esta lógica, atentados como los del 11-S o el ascenso de grupos como Boko Haram se interpretan como consecuencia directa de la opresión global, evitando analizar los elementos internos de la teología y jurisprudencia islámicas que también los alimentan.
Finalmente, existe una confianza excesiva en la capacidad del individuo para reinterpretar las religiones. Algunas corrientes postmodernas sostienen que la religión, como cualquier otro texto, depende de la interpretación del sujeto. Esta idea se deriva en parte de la filosofía de la deconstrucción, que alcanzó su auge en los años 60 y que postula que un texto no tiene un significado fijo, sino que su sentido depende del lector. Sin embargo, muchas religiones —y en particular el islam— siguen ancladas en las enseñanzas originales de sus fundadores, que son consideradas por sus creyentes como normativas, reveladas e inalterables, independientemente del contexto cultural o histórico.
¿Cómo podemos explicar – brevemente – la evolución de la religión hacia una versión radical?
La esencia teológica del islam se gestó en el siglo VII. El radicalismo islámico no se expandió con la Primera Guerra Mundial, sino que se aceleró con la penetración de la modernidad en Medio Oriente, fenómeno que puede fecharse en el ataque de Napoleón a Egipto en 1798. Este desafío arrojó a los musulmanes en direcciones contrapuestas durante dos siglos: occidentalización o islamización.
Algunos, impresionados por los avances occidentales, propusieron minimizar la ley islámica y reemplazarla por costumbres occidentales, promoviendo derechos para las mujeres e igualdad entre creyentes y no musulmanes. El ejemplo más notable es la fundación de la Turquía moderna por Kemal Atatürk. Hoy, sin embargo, vemos cómo esa misma Turquía retrocede hacia una implementación formal de la sharía bajo el gobierno de Erdogan.
La irrupción de la modernidad fue traumática y se expresó en la caída del último gran imperio musulmán, el otomano, al finalizar la Primera Guerra Mundial. De repente, algunos musulmanes observaban atónitos cómo aquellos que se consideraban inferiores al islam —los cristianos dhimmíes de Francia o Inglaterra— imponían sus tecnologías superiores y sus costumbres ajenas, frente a un islam que parecía estancado desde el siglo XII. Una civilización que había conquistado medio mundo y liderado avances científicos y filosóficos, ahora se presentaba como una caricatura de sí misma.
Uno de los primeros en reaccionar ante la humillación posterior a la guerra fue un inspector escolar, Hassan al-Banna, quien en 1928 fundó la Hermandad Musulmana. Su consigna era bastante simple: mediante acciones sociales y propaganda (dawa), se podía llevar a los musulmanes a volver a los orígenes —en árabe, salaf— e imitar a los rashidún, los cuatro primeros califas y sus seguidores. La violencia (yihad) siempre estuvo presente como una opción, pero solo cuando existía una alta probabilidad de éxito o cuando se consideraba imprescindible.
Para los radicales… ¿cuáles son las tres principales “agresiones” de Occidente al islam?
Las raíces del islamismo están vinculadas a una estructura teológica. Según esta visión, las religiones judeocristianas fueron anuladas (Din al-Batil, “religión anulada”) con la llegada del islam, y los monoteístas no musulmanes son considerados dhimmíes (protegidos pero subordinados). Sobre estas premisas doctrinales se cree que las agresiones de estos dhimmíes —reales o imaginadas— actúan como factores de su mística fundacional.
Para un yihadista, Occidente ha “ofendido” la autonomía y valores del islam en tres eventos fundamentales:
Las Cruzadas: En The Crusades Through Arab Eyes, el periodista Amin Maalouf describe el saqueo de Jerusalén en 1099 como “el comienzo de una hostilidad milenaria entre el islam y Occidente”. Sin embargo, esta visión omite pasajes coránicos anteriores que promueven el combate contra quienes no siguen la fe islámica. Por ejemplo, en la sura 9:29 se lee: “Combatid a quienes no crean en Alá ni en el Último Día, ni consideren ilícito lo que Alá y su Enviado han prohibido, ni sigan la verdadera religión, entre quienes han recibido la Escritura, hasta que, sometidos, paguen el tributo directamente”.
De hecho, fueron los primeros califas quienes lanzaron ofensivas militares contra territorios cristianos del Imperio Bizantino en el siglo VII.
La disolución del Imperio Otomano y la colonización posterior: La conquista tras la Primera Guerra Mundial se percibe como una agresión directa. La presencia y la imposición cultural de Francia e Inglaterra provocaron una crisis de identidad en sectores musulmanes que se preguntaban: ¿Cómo podemos estar gobernados por dhimmíes? La reacción fue profundamente conservadora y, en algunos casos, radical.
La creación del Estado de Israel: Para los islamistas —Hamás, la Yihad Islámica Palestina o sectores de la Autoridad Palestina—, el conflicto con Israel no es solo territorial. Para ellos, la existencia de un Estado judío en “tierra santa islámica” viola las premisas doctrinales básicas.
¿Qué porcentaje de los musulmanes en el mundo se acercan a ideas radicales?
La población musulmana supera los 1.600 millones. Aunque la mayoría practica su fe pacíficamente, algunos estudios estiman que entre el 10-20% podrían simpatizar con visiones extremas, según cómo se defina “radicalismo”. Incluso un 0,5% del total de creyentes, implicaría 8 o 9 millones de personas.
El Índice Global de Terrorismo 2025 señala que, pese a una baja general en muertes por terrorismo respecto a años anteriores, regiones como el Sahel han visto un fuerte aumento. Burkina Faso, por ejemplo, fue uno de los países más afectados, con casi 2.000 muertes en 2024. El Estado Islámico y sus filiales siguen siendo de los grupos más activos y letales, operando en Oriente Medio, África, Asia y Europa.
En Europa, el terrorismo yihadista sigue siendo una amenaza significativa. En 2023, se registraron 120 atentados terroristas en la Unión Europea, de los cuales cinco fueron atribuidos a grupos yihadistas, resultando en seis muertes y doce heridos. Además, se detuvo a 426 personas por delitos relacionados con el terrorismo en 22 países de la UE, siendo la mayoría de las detenciones relacionadas con el terrorismo yihadista.

Según una encuesta de Pew Research Center de 2013, los porcentajes de musulmanes que justificaban el uso de atentados suicidas en defensa del islam eran los siguientes: Afganistán 39%, Territorios Palestinos 40%, Egipto 29%, Bangladés 26%, Malasia 18%, Turquía 15%, Pakistán 13% e Irak 7%.
Aunque los radicales son una minoría en el islam, su impacto puede ser desproporcionado por la naturaleza de sus acciones. En Medio Oriente, algunos han influido en agendas políticas y sociales, con apoyo de ciertos estados.
Dentro del sunismo, las escuelas malikí y hanbalí (30%) son consideradas por algunos expertos como más propensas a posturas estrictas. El chiismo (15%), con actores como Irán y Hezbollah, ha sido asociado a posturas radicales en ciertos contextos.
¿El odio hacia los valores occidentales forma parte de la concepción radical del islam?
Entre los principales pensadores del islamismo radical, como Sayyid Qutb, el concepto de Yahiliyya (ignorancia preislámica) designa toda cultura ajena al islam auténtico, percibida como corruptora tanto de los creyentes como de los gobiernos musulmanes. Esta Yahiliyya moderna se asocia particularmente con valores occidentales como la democracia, la igualdad de género, la libertad individual, la cultura y los derechos humanos.
Los líderes yihadistas rechazan estos principios “engañosos” por debilitar a la Ummah y desviar su misión de yihad y restauración islámica. Este rechazo se expresa simbólicamente: ISIS o los talibanes destruyeron museos y sitios arqueológicos considerados emblemas culturales de Occidente o religiones antiguas.
El concepto ganó popularidad a través del libro de Abul Hasan Ali Nadwi ¿Qué perdió el mundo con la decadencia del islam? (1950), influido por el pensamiento de Abul A’la Maududi. Luego, Sayyid Qutb desarrolló y radicalizó aún más la idea en su influyente obra Maalim fi al-Tariq (Hitos), donde escribió:
“El principal deber del islam en este mundo es destituir a la Yahiliyya del liderazgo de la humanidad, asumir ese liderazgo y establecer la forma de vida islámica como norma universal.”
Esto explica por qué los radicales atacan símbolos de Occidente: Francia, por ser la cuna de la Revolución Francesa; Inglaterra, por su tradición parlamentaria; y Estados Unidos, por su rol como principal exportador cultural de la Yahiliyya moderna.
Sin embargo, los islamistas radicales no rechazan todo lo que proviene de Occidente. Cuando las fuerzas especiales estadounidenses abatieron a Osama bin Laden (2/5/2011), hallaron en su escondite múltiples teléfonos móviles, computadoras, discos duros y dispositivos USB. Esto demuestra que valoran la tecnología moderna como herramienta útil para difundir su doctrina. En su lógica, no hay contradicción: consideran legítimo utilizar los avances del siglo XXI para imponer una visión del mundo inspirada en valores del siglo VII.
¿La visión dicotómica del mundo —entre lo que es islam y lo que será islam— forma parte del pensamiento radical islámico?
Para el islamismo radical, el mundo se divide de manera tajante entre dos esferas: Dar al-Islam (la Casa del Islam) y Dar al-Harb (la Casa de la Guerra). Esta división no aparece de forma explícita en el Corán ni en los hadices, sino que fue sistematizada por juristas clásicos, especialmente dentro de la escuela Hanafí fundada por Abu Hanifah.
Dar al-Islam comprende los territorios históricamente gobernados por musulmanes, especialmente durante tres periodos idealizados: las conquistas realizadas por Mahoma (hasta 632), las de los califas ortodoxos (Rashidún), en particular el califa Omar, y las del califato omeya (hasta 750). En esta región gobernaba una sola persona (el califa, líder religioso y político de la Ummah), se aplicaba la sharía como ley por lo que se considera el modelo idealizado a restaurar. Desde esta visión, un buen musulmán no puede renunciar al objetivo de recuperar esa gloria pasada, y se espera que todo el mundo, en el futuro, pase a formar parte de Dar al-Islam. En este marco, la existencia de Israel es rechazada, pues se considera que ocupa tierras que pertenecieron al islam.
En contraposición, Dar al-Harb representa los territorios no musulmanes, donde predomina la “ignorancia” (Yahiliyya) y que, según esta interpretación, deben ser convertidos o sometidos al islam. La confrontación con estas tierras puede justificarse si “agreden” al islam, ya sea mediante acciones militares o por la exportación de valores occidentales percibidos como corruptores.
Existe también un concepto intermedio, menos popular, Dar al-Hudna (la Casa de la Tregua), que designa territorios con los que se ha firmado una paz temporal o un pacto de no agresión.
Esta visión dicotómica proviene del islam clásico, pero es reinterpretada de forma agresiva por el islamismo radical contemporáneo con fines político-religiosos, promoviendo una agenda expansionista basada en la supremacía ideológica y jurídica del islam.

¿Qué importancia tiene la Dawa?
Dawa puede traducirse como “invitación” al islam, y se refiere al deber de promover la fe, tanto hacia los no musulmanes como dentro de la propia comunidad. Para ciertos grupos, como los salafistas, la Dawa no es solo un acto religioso, sino también una herramienta política de transformación social.
En el Corán, el término adquiere diversos significados. En la Sura 30:25 se refiere al llamado divino que resucitará a los muertos en el Día del Juicio. En un sentido más general, se interpreta como la invitación de Alá a seguir sus principios. La Enciclopedia del Islam la define también como el deber de “alentar activamente a los musulmanes a una mayor piedad en todos los aspectos de sus vidas”.
La Dawa, como actividad misionera organizada, apareció entre los siglos IX y XIII entre los ismaelíes, quienes fueron pioneros en institucionalizar estas acciones, considerándolas incluso una prioridad de Estado.
En contextos contemporáneos, especialmente en países de mayoría musulmana, grupos islamistas radicales aprovechan el vacío estatal para brindar servicios sociales —educación, salud, alimentación— como forma de ganar legitimidad y expandir su influencia ideológica.
En sociedades occidentales, la Dawa puede tomar la forma de redes de apoyo comunitario, ofreciendo desde centros de oración hasta bibliotecas, guarderías, comedores y talleres para jóvenes.
Cuando estos centros reciben financiamiento de actores vinculados al islam político radical, como algunas fundaciones de Irán o Qatar, pueden difundir doctrinas más extremas o incluso justificar formas de violencia religiosa.
Movimientos como los Hermanos Musulmanes no separan del todo la Dawa de la yihad. Ambas son concebidas como estrategias complementarias para imponer lo que consideran la verdad islámica. El debate interno en estos movimientos no es sobre su conexión, sino sobre el momento estratégico: si la Dawa ha generado suficiente apoyo social para que la acción política (o violenta) tenga éxito.