
Nayla Coronel tiene 21 años, vive en Berazategui y estudia Bioingeniería. Proviene de una familia humilde y trabajadora, vive con dos hermanos y sus padres. Antes de acceder a su primer empleo formal, trabajaba en una panadería de barrio bajo condiciones que hoy define como “agotadoras”. “Tenía que hacer de todo. Era franquera, me llamaban cuando faltaba alguien y salía corriendo. Pedía hacer doble turno, así me permitía tener más ingresos. Arrancaba a las siete de la mañana y nos quedábamos hasta las diez de la noche”, recuerda.
La jornada extensa y la informalidad no solo implicaban inestabilidad económica. También afectaban su vida personal y académica. En una ocasión sufrió una quemadura en la pierna, pero decidió seguir trabajando por miedo a perder los ingresos. Al mismo tiempo, intentaba sostener sus estudios en la Universidad Nacional Arturo Jauretche, donde actualmente cursa el tercer año.
Para Nayla, la historia parecía repetirse dentro de su propia casa. La informalidad no era una excepción, sino parte del paisaje cotidiano. “En mi casa mi mamá toma changas de cuidados de adultos mayores, además de hacer las tareas del hogar. Mi hermano más grande sigue en búsqueda de una oportunidad laboral. Mi hermana más chica está en la escuela secundaria”, cuenta.

Durante años, el ingreso principal del hogar fue el sueldo de su padre, empleado municipal. “Vivíamos los cinco con ese ingreso, pero el año pasado se enfermó y ahí todo cambió”, explica. La necesidad económica se volvió urgente y la panadería apareció como una salida inmediata. “No era lo que soñaba, pero había que trabajar. Había que ayudar en casa”.
La decisión no fue solo laboral, sino familiar. En un contexto donde el trabajo informal suele ser la opción más accesible, especialmente para mujeres jóvenes sin experiencia previa, aceptar jornadas extensas y sin registro se convirtió en una respuesta a la urgencia.
Sin embargo, Nayla tenía claro que no quería que su trayectoria siguiera el mismo camino. “Yo veía lo difícil que era para mi mamá depender de changas. Quería algo distinto, algo que me diera estabilidad”, señala.
Su experiencia refleja una situación más amplia. En Argentina, la inserción laboral de las mujeres jóvenes continúa atravesada por mayores niveles de informalidad y menor participación en el mercado de trabajo. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), existe una diferencia de más de veinte puntos porcentuales en la tasa de actividad entre varones (75%) y mujeres (53%). Además, las mujeres tienden a concentrarse en sectores de menor remuneración y enfrentan mayores obstáculos para acceder a empleos formales y con posibilidades de desarrollo.

En los estudios sobre empleo y género, estas dinámicas suelen describirse bajo el concepto de “pisos pegajosos”: condiciones que mantienen a muchas mujeres en trabajos informales o de baja calidad desde el inicio de su vida laboral, limitando su movilidad posterior. Especialistas en empleo señalan que el primer trabajo suele ser determinante en la trayectoria posterior. Cuando el ingreso al mercado laboral se produce en condiciones precarias o sin protección social, las posibilidades de desarrollo tienden a verse limitadas desde el inicio.
El punto de inflexión para Nayla llegó en marzo de 2025, cuando conoció a la Fundación EMPUJAR —Empresas Unidas para Jóvenes de Argentina—, una organización sin fines de lucro que desde 2013 articula con más de 600 empresas para facilitar la inserción laboral formal de jóvenes de entre 18 y 24 años provenientes de contextos vulnerables.
Tras completar la capacitación del programa “Tu Empleo”, Nayla obtuvo a través de la Fundación, una beca de formación para realizar en la empresa KPMG y luego accedió a una entrevista en KelSoft, donde consiguió su primer empleo formal. Hoy trabaja como analista de e-commerce bajo modalidad home office. La estabilidad laboral le permitió reorganizar su rutina, continuar sus estudios y contar con cobertura de salud. “Ahora tengo obra social y eso me da seguridad. Me dan el espacio para estudiar, para ir al médico si lo necesitás. Me siento valorada”, cuenta.

Además, su trabajo es bajo modalidad home office, lo que le permite estar cerca de su familia y transformar el tiempo que antes destinaba a traslados en horas de estudio. Esa organización flexible de la jornada resulta clave para sostener su carrera universitaria y acompañar la dinámica de su hogar.
En el marco del Día Internacional de la Mujer, historias como la de Nayla vuelven a poner en agenda las condiciones de acceso al primer empleo formal y su impacto en las trayectorias laborales de las mujeres jóvenes en el país.
Para quienes logran acceder a un empleo registrado en etapas tempranas, el escenario es alentador: aumenta la posibilidad de continuidad laboral, ya que la construcción de experiencia formal se vuelve un requisito frecuente en búsquedas posteriores. En ese punto se enfocan iniciativas como las que desarrolla la Fundación EMPUJAR, que trabajan en la transición hacia el empleo registrado mediante la articulación con el sector privado y el acompañamiento durante las primeras inserciones.
Mientras el debate sobre igualdad de género atraviesa distintos niveles del mercado laboral, el inicio de la trayectoria profesional aparece como un momento determinante. Experiencias como la de Nayla reflejan cómo el acceso a un empleo formal puede incidir en las oportunidades de desarrollo y en la estabilidad laboral a mediano plazo.