Ese es el titular y ese es el sentido de los ataques coordinados de Israel y Estados Unidos que este 28 de febrero se han producido contra Irán: no buscan objetivos concretos, como la finalización de la carrera nuclear, o la destrucción de los centros de ensamblaje de los misíles balísticos, sino la caída completa del régimen.
La operación ‘Furia épica’, y su homólogo israelí ‘Rugido del León’ no son una reedición de las operaciones bélicas de junio pasado: el ‘León Creciente’ y su par americano, el ‘Martillo de medianoche”. En aquella ocasión se buscaba amedentrar al régimen, herir sus estructuras bélicas y, sobretodo, atacar las instalaciones nucleares de Natanz, Isafhan y la impenetrable Fordow, después de la constatación del nivel de enriquecimiento crítico del uranio que había conseguido Irán. Fue una operación quirúrgica y, por ende, limitada. Pero esta vez, en palabras del propio Trump, la intención es integral: destruir la industria de mísiles iraní, aniquilar su potencial armado, aniquilar toda opción nuclear, destruir la capacidad de desestabilización de sus aliados terroristas y, en definitiva, eliminar completamente la amenaza que supone el régimen de los ayatolas. Es por ello que Trump ha acabado su vídeo de ocho minutos en Truth Social asegurando al pueblo iraní que “la hora de su libertad está a su alcance” y animándolo a tomar las riendas de su destino. Por si hubiera alguna duda, el primer objetivo del ataque ha sido matar al líder supremo Alí Khamenei, cuya situación al momento de escribir el articulo, aún es confusa.
Si esa es la premisa, la caída del régimen de los ayatolás que aterroriza a su población y desestabiliza a toda la región desde 1978, cabe preguntarse si realmente es un objetivo viable y a qué plazo. Sobretodo porque Irán no es Venezuela: tiene capacidad militar poderosa; su guardia revolucionaria y el resto de cuerpos militares y policiales son compactos y están muy bien entrenados; está situado en un zona de enorme valor geoestratégico, capaz de crear grandes sacudidas económicas; tiene objetivos americanos y al propio Israel al alcance de sus misiles, y sus proxies, pueden atacar a sus enemigos desde muchas posiciones. Con todo ello, no parece que pueda tratarse de una guerra corta (de momento, fuentes de seguridad israelí hablan de más de una semana de ataques), aunque la voluntad americana sea acortarla al máximo y centrarla en los ataques aéreos. Pero si el objetivo es la caída del régimen, ¿será suficiente la batalla aérea? Sin duda a nadie le interesa una guerra con infantería, y menos a Trump, que podría encharcar a Estados Unidos en un nuevo Afganistán. No hay que olvidar que Irán tiene 650.000 efectivos activos, una de las infanterías más grandes del mundo. Pero, si imaginar una guerra con infantería es un pésimo propósito, descartarla es imprudente.
Con todo, la superioridad militar de americanos e israelíes en mar y aire está fuera de toda duda y por tanto es imaginable que consigan colapsar el régimen destruyendo todos sus centros estratégicos, tanto militares, como políticos. Lo cual no significa que Irán no pueda ser letal en las próximas horas y días. El éxito militar de USA e Israel se da por seguro. El cuándo se produce y qué consecuencias políticas tiene, es más difuso.
En este sentido, ¿es el momento de atacar Irán? Sin ninguna duda. Primero, porque es el punto final de la guerra que empezó el 7 de octubre de 2023, con la masacre de Hamás en Israel, auspiciada por los ayatollahas. A partir de aquel punto de inflexión, Irán pasó, de ser el enemigo a vigilar, a ser el enemigo a abatir, no solo para Israel, sinó para otros países preocupados por la carrera nuclear y por el potencial que Irán había aconseguido a través de sus proxies: chiitas iraquíes, la Siria de los Asad, el Hezbollah en el Líbano, los huties del Yemen, y los grupos terroristas que actuaban en Gaza. Y ello sin contar con la penetración iraní en América Latina. No había opción para la negociación. Pero la guerra con Irán solo podía producirse si se ocurrían tres grandes sacudidas: si Israel ganaba su propia guerra en el Líbano contra Hezbollah y en Gaza contra Hamás; si caía el régimen sirio; y si llegaba Trump a la Casa Blanca. Todo pasó, y ahora està ocurriendo lo que entonces ya estaba predestinado.
Pero hay más motivos que han desencadenado la decisión final. Por un lado, la constatación de que China y Rusia no tienen ninguna intención de intervenir. Al contrario, necesitan una situación de estabilidad en la región. Por otro lado, la mayoría de países de la región quieren pasar del momento Irán al momento Acuerdos de Abraham, y al consecuente potencial económico que puede generar. Finalmente, la grave crisis económica del país sumada a la extraordinaria y heroica revuelta de los iraníes, cuya valentía han pagado con miles de muertos, han mostrado la extrema debilidad de un régimen enloquecido y delirante que se aguanta por el terror, con la mayoría de la población en su contra. Con un añadido final: la aparición de Reza Pahlavi, cuya popularidad lo convierte en posible referente para el proceso democrático. Estados Unidos no tiene una Delcy en Irán, pero con Pahlavi tiene un puente de transición.
Conclusiones finales, aunque precarias, dada la volatilidad de la situación: la guerra es total y tiene como objetivo el final del regiment de lo ayatollas; Estados Unidos e Israel han desencadenado una fuerza militar colosal, que Irán no puede vencer; la guerra puede durar más de lo que quisiera Trump, porque el régimen la vivirá como una “guerra existencial” e intentará morir matando; es el gran momento de la oposición al régimen, que siempre consideró necesaria la intervención para poder derrocarlo. Finalmente, lo más importante: si cae el régimen, además de liberar al pueblo persa, habrá ganado la causa de la mujer, la causa de los derechos humanos y la siempre eterna y frágil causa de la libertad.
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