
¿Quién tiene derecho a ir a la justicia por el sable de San Martín? ¿Quién puede alegar que si la familia lo donó al Estado no fue para estar en otro lado que en el Museo Histórico Nacional? Hace unos días, un grupo dio un paso al frente y presentó una medida cautelar para que el arma se quedara allí y no fuera al Regimiento de Granaderos a Caballo. La demanda fue rechazada en principio por la jueza Macarena Marra Giménez y el sable fue trasladado el sábado pasado. Pero la causa de fondo sigue.
¿Ese grupo lo hace porque sus miembros son herederos de Rosas? No: lo hacen porque descienden de la persona a quien Rosas le dejó, en su testamento, el arma de San Martín. Es decir, como explicaron en la medida cautelar presentada, “de Juan Nepomuceno Jose Miguel Buenaventura Terrero y Villarino -herederos del sable corvo de San Martín”.
Ellos son Mercedes, María Rosa y Sebastián Terrero, Candelaria Domínguez Cossio y Malena Terrero. Los tres primeros son trastataranietos de Juan Nepomuceno Jose Miguel Buenaventura Terrero y Villarino, quien era amigo de Juan Manuel de Rosas. Juan Nepomuceno Terrero heredó el sable de mano de Rosas, quien se lo dejó en el art. 18 de su testamento.

Terrero era, también, el consuegro de Rosas, porque su hijo Máximo estaba casado con Manuelita. En la práctica, cuando murió Rosas quienes recibieron el sable fueron Máximo Terrero y su esposa Manuelita Rosas, la hija de Juan Manuel.
El recorrido del sable
Las palabras de San Martín no pudieron ser más claras: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud le será entregado al General de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción, que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.
Así dice el testamento y así se hizo. La espada, ese sable corvo que el Libertador compró usado cuando decidió pasar del ejército español al americano, tuvo el destino que le marcó su dueño. Cuando San Martín murió, Mariano Balcarce, que era su yerno, se lo mandó a Rosas desde Francia. Pero El sable no tardó mucho en volver a cruzar el mar: en 1852 Rosas pierde el poder en la batalla de Caseros y se embarca hacia Inglaterra, donde vivirá hasta su muerte.

¿Cómo sigue la vida de ese símbolo de la Independencia argentina? Rosas previó el destino que el sable tendría tras su muerte: “A mi primer amigo el Señor Dn. Juán Nepomucéno Terréro, se entregará la espada que me dejó el Excelentísimo Señor Capitan General Dn. José de San Martín (“y que lo acompañó en toda la guerra de la Independencia”) “por la firmeza con que sostuvo los derechos de mi Pátria”. Muerto mi dicho amigo, pasará a su Esposa la Señora Da. Juanita Rábago de Terréro, y por su muerte a cada uno de sus hijos, e hija, por escala de mayor edád“.
Efectivamente, cuando muere Rosas, en 1877, en Southampton, Reino Unido, su amigo Juan Nepomuceno ya había dejado este mundo. Por eso el sable de San Martín quedó en manos de su Máximo, que era su hijo pero no su único hijo.
La carta de donación
Veinte años después dela muerte de Rosas, el director del Museo Histórico Nacional, Adolfo Carranza, le pide a Máximo Terrero la espada y Terrero, junto con Manuelita, deciden donarla.
Terrero le responde el 17 de febrero:
“Oportunamente he recibido la comunicación fina y cortés que ha tenido vd. a bien dirigirme oficialmente solicitando de mí que destine al Museo Histórico Nacional el renombrado sable que acompañó al ilustre capitán general don José de San Martin en toda la guerra de la independencia sud-americana, el cual es hoy de propiedad mía por disposición testamentaria de mi padre político el general don Juan Manuel de Rozas, a quien el arma fue legada por el héroe libertador.
Mi contestación es el envío de la prenda a Buenos Aires acompañada de una nota dirigida al señor Presidente de la República suplicando a S. E. se sirva aceptarla en calidad de una donación hecha a la nación argentina en nombre mío y de mi esposa y de nuestros hijos, y al mismo tiempo manifestando el deseo de que sea depositada en el Museo Histórico Nacional.»

Ese mes Terrero también escribe una carta al entonces presidente del país, José Evaristo Uriburu, que está recopilada en una publicación de 1898 llamada El museo histórico y que es de acceso público. Ahí le ofrece la espada y le dice dónde quiere que se ubique.
En febrero de 1897 escribeTerrero:
“Últimamente he recibido una comunicación oficial del señor director del Museo Histórico Nacional D. Adolfo P. Carranza solicitando de mí que se destine a dicho Museo el sable que durante toda la guerra de la independencia de la América del Sur acompañó al ilustre capitán general don José de San Martín quien lo legó a mi padre político el general don Juan Manuel de Rosas pasando luego el arma a ser propiedad mía según lo dispuso este señor por testamento.

En virtud de esta solicitud la presente tiene por objeto ofrecer a V.E. en su carácter de jefe supremo de la república este monumento de gloria para nuestro país siendo mi deseo donar a la nación argentina para siempre este recuerdo quizás el más interesante que existe de su valiente libertador.
Suplico pues vd. se digne aceptar la ofrenda que hago a la patria en nombre mío de mi esposa doña Manuela Rozas de Terrero y de nuestros hijos y si bien en caso de ser aceptada la donación me fuera permitido expresar nuestro deseo en cuanto al destino que se le diera al sable sería el que fuese depositado en el Museo Histórico Nacional con su vaina y caja tal cual fue recibido el legado del general San Martín».
El director del Museo
Adolfo Carranza, mientra tanto, escribe un informe sobre su gestión donde aparece mencionado el sable. Dice que hizo gestiones para llevarlo a la institución y que la prueba de su éxito es que ahí está. Gobierna el país José Evaristo Uriburu y Carranza dice que ya se saben: “las gestiones é instancias que he puesto en juego para obtener de sus poseedores, el sable que llevó en sus campañas de la Independencia, el ilustre general Libertador José de San Martín”.

Las cosas han terminado bien y el sable llegó al Museo. Para Carranza, misión cumplida. Por eso, dice, excusa “cualquier otra explicación que no sea la constancia de haberlo recibido en el «Museo Histórico» el día 4 de este mes, levantándose una acta que fué firmada por la comisión que el Superior Gobierno se sirvió nombrar al efecto (…)“.
Y reconoce a la familia: ”Cabe aquí hacer mención del generoso patriotismo que ha impulsado al señor don Máximo Terreno y ásu esposa a desprenderse de la valiosa herencia (…)»
No son los descendientes de Máximo quienes se presentan ahora sino de su padre, quien recibió el sable directamente de Rosas, y de algunos de sus hermanos.
Pero más allá de eso, la voluntad de los donantes parece clara. ¿Era una condición? ¿Es obligatorio cumplirla más de 120 años después? ¿Las circunstancias políticas siempre atraviesan la Historia? Esas son otras cuestiones.